Antón Louro, el político de la concordia que Galicia pierde
La muerte de Antón Louro, a los 73 años en Pontevedra, cierra una trayectoria política que recorre buena parte de la historia reciente de Galicia. Su figura pertenece a una generación formada en los años de la transición democrática, cuando la política todavía estaba marcada por la voluntad de construir consensos y por una cierta idea de servicio público que hoy parece diluirse entre el ruido de la confrontación permanente.
Louro no fue un dirigente que buscara protagonismo ni una figura asociada al estruendo del debate partidista. Más bien representó una manera de ejercer la política basada en la serenidad, la escucha y el respeto institucional. Durante décadas ocupó responsabilidades relevantes dentro del PSOE gallego y en las instituciones, desde la tenencia de alcaldía de Pontevedra hasta el Congreso de los Diputados o la Delegación del Gobierno en Galicia durante el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, quienes lo conocieron coinciden en que su influencia fue mucho más profunda que la que dejan los cargos.
Nacido en 1952 en Lira, en el municipio coruñés de Carnota, Louro mantuvo siempre un vínculo íntimo con ese origen rural que marcó su carácter. Aunque desarrolló su vida política y personal en Pontevedra, nunca dejó de reivindicar la cultura y los valores de la Galicia de aldea. Esa procedencia moldeó un temperamento tranquilo, poco dado a la estridencia y muy atento a las personas que tenía delante.
Antes de dedicarse plenamente a la política fue profesor de instituto, tras estudiar Química en la Universidad de Santiago. Esa vocación docente se reflejaría después en su forma de intervenir en la vida pública: paciente, didáctica y reflexiva. Su compromiso político comenzó en los últimos años del franquismo y pronto se integró en el socialismo gallego, donde desempeñó múltiples responsabilidades orgánicas y se convirtió en una figura clave en la estructura interna del partido.
Antón Louro perteneció a una generación que entendía la política como diálogo y servicio público
Durante años ejerció como uno de esos dirigentes que trabajan lejos de los focos pero sostienen la arquitectura de una organización. En el PSdeG-PSOE fue secretario de organización y desempeñó un papel importante en la etapa que condujo a la presidencia de la Xunta de Emilio Pérez Touriño. En ese tiempo consolidó una reputación de interlocutor fiable, capaz de mediar en los conflictos internos y de mantener abiertas las vías de diálogo incluso en los momentos más tensos.
Su trayectoria institucional se desarrolló también en Madrid y en Galicia. Fue diputado en el Congreso y posteriormente delegado del Gobierno en la comunidad autónoma, un cargo en el que proyectó esa misma imagen de discreción y prudencia. No era un político de titulares ni de grandes gestos, sino de trabajo constante y de presencia institucional sobria.
Pontevedra fue, en cualquier caso, la ciudad donde dejó una huella más visible. Allí desarrolló buena parte de su vida pública y personal, participando en la política municipal en una etapa de cooperación entre el PSOE y el BNG que marcó el rumbo de la ciudad. No alcanzó algunas de las metas que se había propuesto, como la alcaldía o la presidencia de la Diputación, pero su papel en la política local fue relevante durante décadas.
En la vida cotidiana Louro era conocido por su afición a la lectura, especialmente a la poesía, y por su facilidad para la conversación. Tenía fama de interlocutor paciente y de hombre culto, capaz de hablar durante horas de política, literatura o de cualquier asunto que surgiera en la charla. Esa dimensión personal contribuyó a consolidar una red de afectos que trascendía las fronteras partidistas.
El legado de Antón Louro no está tanto en los cargos como en el buen estilo con el que los ejerció
En 2015 se retiró de la primera línea política. Desde entonces su presencia en la vida pública fue más discreta, aunque siguió siendo una referencia moral para muchos militantes socialistas gallegos. Quienes lo encontraban en sus paseos por Pontevedra percibían el paso del tiempo y la enfermedad, pero también reconocían al mismo hombre reflexivo y cordial que había acompañado la política gallega durante décadas.
Con su muerte desaparece una figura que simboliza una etapa concreta de la democracia española. Aquella en la que la política, aun siendo intensa y competitiva, se apoyaba todavía en ciertas formas de cortesía institucional y en la convicción de que el acuerdo era parte imprescindible del funcionamiento democrático.
El legado de Antón Louro no se mide únicamente por los puestos que ocupó, sino por el estilo con el que los desempeñó. En una época en la que la crispación domina el debate público, su trayectoria recuerda que también hubo —y quizá aún pueda haber— otra forma de hacer política: más pausada, más dialogante y más consciente de que las instituciones están al servicio de la convivencia. @mundiario