Abanca y los incendios: entre la solidaridad urgente y la responsabilidad compartida
La oleada de incendios que arrasa cada verano los montes de Galicia y de otras comunidades españolas deja tras de sí un paisaje devastado y una sociedad herida. Frente a esta tragedia, el gesto de Abanca donando un millón de euros para atender a los damnificados merece un reconocimiento expreso. No se trata de una acción aislada: la entidad financiera que preside Juan Carlos Escotet ha acreditado en otras catástrofes, dentro y fuera de nuestras fronteras, una política de implicación solidaria. Desde el terremoto de Nepal en 2015 hasta la reciente dana en Valencia, su historial habla de una estrategia continuada que combina filantropía y reputación corporativa.
La habilitación de una cuenta solidaria para canalizar nuevas donaciones refuerza ese compromiso. En un momento en que muchas familias y sectores económicos, especialmente el agrícola y ganadero, sufren pérdidas irreparables, la agilidad en la gestión de los fondos resulta esencial. Que estos recursos cuenten con el asesoramiento de expertos en crisis humanitarias es una garantía añadida de transparencia.
Ahora bien, el debate no debe agotarse en la aplaudida iniciativa privada. La solidaridad empresarial, por generosa que sea, nunca puede suplir la obligación del Estado de garantizar la seguridad, la prevención y la recuperación de las zonas arrasadas por el fuego. Los incendios no son fenómenos meteorológicos inevitables: tienen causas estructurales que remiten a la despoblación rural, a la falta de ordenación del monte, a la insuficiencia de recursos públicos y al cambio climático.
En este contexto, la acción de Abanca puede entenderse como un complemento necesario, pero nunca como un sustituto. La filantropía financiera ayuda a aliviar los efectos inmediatos, pero la solución de fondo requiere políticas sostenidas, inversión en prevención, educación ambiental y coordinación institucional. Si no se afronta esa raíz, los millones invertidos en apagar fuegos o en reparar daños seguirán siendo parches en un problema creciente.
El gesto de la principal entidad bancaria gallega también plantea una reflexión sobre la corresponsabilidad social. Cuando una institución privada moviliza recursos tan significativos, envía un mensaje implícito: la reconstrucción tras la catástrofe es un reto común que exige la implicación de todos, desde ciudadanos y empresas hasta administraciones.
En definitiva, aplaudir la solidaridad de Abanca es compatible con reclamar más responsabilidad a quienes gobiernan. Los damnificados necesitan respuestas inmediatas, pero la sociedad en su conjunto precisa soluciones duraderas. No se trata solo de apagar el fuego después de que arrase todo, sino de impedir que cada verano se convierta en un ritual de devastación. @mundiario