Si no cuidamos a nuestros empresarios, saldremos mal parados de la crisis

Ejecutivos en una empresa.
Ejecutivos en una empresa.

La prioridad número uno es la salud, mucho antes de la recuperación del Estado de bienestar y de los derechos y las libertades políticas, así como la recuperación de la economía. Pero preocupa la decepción del empresariado por demasiados desplantes y pocas palabras de aliento hacia un protagonista básico para la salida de la crisis.

Si no cuidamos a nuestros empresarios, saldremos mal parados de la crisis

Leo que renombrados expertos pronostican para varios países europeos caídas del PIB de hasta un 10% para 2020. Escucho a un dirigente empresarial, buen conocedor del sector turístico, prever para este año una caída del número de visitantes extranjero a 20 millones, cuando en 2019 llegaron a España más de 80 millones. Hablo con ejecutivos de pequeñas, medianas y grandes empresas que me trasladan una visión muy negra de la situación. Esperan una recuperación recién para el último trimestre del año, calculan pérdidas anuales del más de 50% en la facturación y transmiten sus dudas sobre la supervivencia de su negocio. Critican la inefectividad de muchas de las ayudas financieras que se han puesto en marcha.

Además, les preocupa que la política los margine en la discusión de medidas transcendentales a tomar para salir de la crisis económica, motivada por el coronavirus. Me comentan que solo si los agentes sociales tienen voz y voto en los programas gubernamentales, tanto nacionales como a nivel de la Unión Europea, se sentirán corresponsables para llevarlos a la práctica. Critican la comunicación gubernamental de muchos países. Se anuncian a bombo y platillo grandes planes de acción, sin que hayan tenido lugar las deliberaciones necesarias para pactar consensos entre las partes protagonistas. No les vale la excusa de la falta de tiempo por razones de urgencia. Perder unos días dialogando les parece un planteamiento más adecuado que promulgar decretos-ley con prisas y mal redactados. 

Por eso, la propuesta de poner en marcha un nuevo Pacto de la Moncloa es en la opinión de muchos empresarios oportuna. No porque las situaciones de la economía española en 1977 y 2020 sean comparables, pero sí porque acuerdos para salir con éxito de esta debacle económica entre varios partidos políticos, con involucración activa de los agentes sociales, serían un gran aliciente. Hay encuestas que les dan a los gobiernos en Alemania, Portugal e Italia un aprobado alto, porque sus ciudadanos consideran que están actuando sin sacar pecho todo el rato, asumiendo errores, con un claro espíritu de consensos, prudencia, y al mismo tiempo firmeza, además de practicar una política de comunicación que trasmite responsabilidad y confianza. Los últimos datos dese Berlín: un 88% de los alemanes están satisfechos con la gestión de Angela Merkel y su gabinete en estos tiempos de una crisis pandémica sin precedentes.

En la Unión Europea, los fallos comunicativos se multiplican. Echo en falta que la presidenta de la Comisión Ursula von der Leyen alce más la voz y de más pistas sobre el camino adecuado, según ella. La excusa que lleva poco tiempo en Bruselas no vale: dadas sus posiciones europeístas, debería predicarlas decidida y continuadamente, aunque pise por el camino algún que otro pie de algún que otro líder nacional. No estaría tampoco de más que el Parlamento Europeo se posicionara con firmeza en temas espinosos, como, por ejemplo, los eurobonos. 

Como editorializaba Der Spiegel esta semana, en una crisis como ésta no existe alternativa a los eurobonos o coronabonos, da lo mismo cómo se les quieran llamar. Veremos si esta vez el Consejo Europeo está a la altura de las circunstancias y muestra sensibilidad en este tema vital para el futuro de Europa. No lo hizo en la eurozona durante la crisis financiera del 2008, por discrepancias entre el Norte y el Sur. Ni en la crisis migratoria, por conflictos entre el Oeste y el Este. En esta tercera crisis hay una buena y una mala noticia. La buena: el compromiso de última hora, alcanzado ayer por los ministros de Economía y Finanzas de la eurozona, de inyectar medio billón de euros para vencer la parálisis económica a corto plazo. La mala: falta todavía mucha mediación, presión y persuasión para que instrumentos de endeudamiento mancomunado vean la luz. Si los títulos de deuda europea se dilatan demasiado, me temo que crecerá la decepción entre la ciudadanía que todavía cree en Europa - no como problema, sí como solución a los problemas.

Raymundo Torres, director de Funcas, explicaba hace poco en El País el enorme coste macroeconómico de la insolidaridad. La deuda siendo el talón de Aquiles del sur de Europa, el modelo exportador, el del norte.  Si se analizan las posiciones opuestas, por ejemplo entre España y los Países Bajos, queda patente que sin un acuerdo los dos pierden: España, porque si quiere recuperar su empuje económico anterior al coronavirus, necesita aumentar exponencialmente su déficit público, que rozaba ya el año pasado el 100% del PIB; y los Países Bajos, porque si quiere seguir exportando a la eurozona casi el 50% de su PIB, necesitan que también España se recupere rápidamente de la crisis y siga importando como antes sus productos y servicios. Deber de los políticos es en mi opinión la búsqueda de fórmulas consensuadas en las que se puedan encontrar posiciones divergentes. En el menor tiempo posible y con discreción. Sin vencedores ni vencidos entre las partes implicadas.

En mi opinión, la política nacional y europea comete un error al dar muestras de, si no desprecio, sí incomprensión sobre la importancia del empresariado. Vale la pena recordar que la economía social de mercado nos ha dado más de siete décadas de prosperidad continuada. Es verdad, no todas las empresas han sido siempre modélicas. Pero la gran mayoría sí. Tanto en las democracias europeas como en las asiáticas, americanas del norte y del sur… Sin ellas, empleo, riqueza e ingresos fiscales no existirían a los niveles actuales. El incremento de la desigualdad social es mucho más achacable a otras instituciones que a las empresas. Lo mismo es cierto para los fallos en el Estado de bienestar, como ha quedado patente en algún que otro país durante la pandemia, con sectores muy afectados como la sanidad, educación, investigación y ciencia, etc. O para los sistemas fiscales, anticuados e injustos. O para las incongruencias en el mercado laboral. O para la falta de coordinación política, económica y social a nivel nacional, europeo y mundial. Por lo tanto, respetemos a los empresarios, animémoslos a seguir luchando por triunfar, a pesar de todas las dificultades actuales, escuchemos sus propuestas y quejas, démosles el protagonismo que se merecen, alentémosles. Porque sin ellos, estamos perdidos.

Hace algunos días, varios diarios publicaban un anuncio con una cita para mi desconocida del primer ministro británico Winston Churchill, que resume perfectamente mi preocupación: “Muchos miran al empresario como el lobo al que hay que abatir, otros lo miran como la vaca a la que hay que ordeñar, pero muy pocos lo miran como el caballo que tira del carro”. ¡Que lo recuerden los políticos europeos, por favor! 

  

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