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MUNDIARIO

Venezuela se ‘neoliberaliza’ y elimina el subsidio a la gasolina en pleno auge de la crisis

El combustible se venderá en las estaciones a $0,50 el litro de 91 octanos y $0,60 el de 95 octanos. El recurso que mueve a todo un país podría generar una nueva ola de hiperinflación y crisis económica.
Venezuela se ‘neoliberaliza’ y elimina el subsidio a la gasolina en pleno auge de la crisis
Un efectivo de la Guardia Nacional venezolana organizando el tráfico de vehículos en una estación de servicio en una ciudad del oriente del país / El Nacional.
Un efectivo de la Guardia Nacional venezolana organizando el tráfico de vehículos en una estación de servicio en una ciudad del oriente del país / El Nacional.

La crisis económica y social en el país más convulso e inestable de América no da tregua. Los factores de un proceso de involución sin precedentes y las extrañas distorsiones que hacen de su economía un esquema de estructuras paralelas, dinámicas y opacas para generar rentas en el sistema de dolarización al que tiene acceso y movilidad solo el 20% de la población, se combinan con las consecuencias de una crisis global que ha acelerado la historia y modificado el sistema de vida de la humanidad para siempre: la pandemia de coronavirus.

En un país que solo produce y exporta petróleo, recurso clave que captaba y generaba el 96% de las divisas que entraban a Venezuela, ahora ese caudal de dólares ya no proviene de la actividad petrolera en su totalidad, sino de los enormes envíos de oro de la arcas del Banco Central que el régimen neocomunista de Nicolás Maduro extrae de sus bóvedas para exportarlo y venderlo a sus aliados Rusia y Turquía a cambio de millones de euros en efectivo enviados en amplios cargamentos por vía aérea desde Oriente hasta territorio venezolano.

De producir más de 3 millones de barriles diarios de petróleo y generar un flujo de 1 billón de dólares (USD 1.000.000.000.000) en 20 años, así como una voluminosa renta de 300.000 millones de dólares entre 2012 y 2019 con un barril de crudo que entre 2007 y 2012 alcanzó su pico histórico de 100 dólares, la puerta de entrada a América del Sur (Venezuela) hoy solo produce 630.000 barriles diarios, de los cuales 200.000 b/d son enviados en regalías políticas a la cúpula-régimen comunista de Cuba y apenas 430.000 alcanzan para abastecer un mercado interno donde el recurso que mueve al país y al mundo, es ahora más escaso y valioso que el mismo petróleo: la gasolina.

El monopolio de la gasolina

En Venezuela se ha creado una sub-economía oscura, subrepticia y paralela al sistema convencional, legal y mayoritario del país, en el cual el 80% de la población trata de subsistir con actividades que captan ingresos en una moneda devaluada y pulverizada por la hiperinflación que el régimen de Maduro creó mediante la inyección de dinero artificial sin inversión, oferta y producción en una economía que dejó de ser financiada por el Gobierno tras la caída de los precios del petróleo en 2014, que comenzó a cerrar el grifo de dólares que el chavismo solía recibir.

Y cuatro años más tarde, en 2018, las sanciones de Estados Unidos a las importaciones y exportaciones de petróleo de Venezuela, su congelamiento de activos en territorio estadounidense, la confiscación de la compañía Citgo, el bloqueo de sus rutas de transporte de crudo y la suspensión, desactivación y extracción de sus fondos en cuentas bancarias en el sistema financiero internacional, que es controlado por EE UU, terminaron de asestarle el golpe de gracia al gobierno de facto de Maduro, que hoy solo percibe ingresos y sostiene financieramente su estructura de monopolios en la élite militar que lo mantiene en el poder gracias a la exportación ilícita de oro y los préstamos que Rusia y China le han concedido (les debe 20.000 millones de dólares al primero y $63.000 millones al segundo).

La nueva ‘para-economía’ que tiene lugar en Venezuela ha creado un mercado negro donde la reventa de alimentos de consumo masivo, la reventa de dólares y bolívares en efectivo y la reventa de gasolina a falta de contrabando por el cierre de la frontera con Colombia a causa de la pandemia, se han convertido en la nueva economía informal alejada del comercio tradicional que un 60% de la población venezolana emplea como dinámica de subsistencia.

Pero en un país donde el comercio es el motor que mueve al segmento de la población que no hace vida económica en el mercado profesional, laboral y empresarial, sino que depende de su actividad diaria en la comercialización de rubros alimenticios, industriales o bienes de alto valor, la gasolina es un elemento vital. Sin embargo, al ser el primer país que puso a sus habitantes en cuarentena por la llegada de la pandemia a América Latina y a su territorio en marzo, la movilización y el transporte en Venezuela se encuentra restringido casi en su totalidad.

Hoy por hoy, el histórico monopolio de la gasolina en el país se ha instalado con mayor fuerza. Y es que tras más de 15 años de subsidios al precio del combustible que les costaban entre 16.000 y 100.000 millones de dólares al año a la estatal Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) –otrora una de las más grandes e importantes compañías petroleras del mundo– y al Gobierno de Hugo Chávez, primero, y luego, de Nicolás Maduro, la dolarización de facto que ha arropado desde 2018 toda la estructura de precios, costos, inversiones, comercio, empresas y servicios del país por el efecto de la inflación que destruyó el valor de la moneda nacional –el bolívar– hasta dejarla actualmente casi en desuso, también ha pintado de verde los precios del combustible.

El colapso energético de Venezuela

Para entender por qué y cómo la dolarización y liberación de los precios de la gasolina en Venezuela afectarán su ya deteriorada economía, que se ha agravado aún más con el shock de la pandemia de la Covid-19, es necesario enumerar los puntos clave que originaron el actual escenario: subsidios, Citgo y las sanciones de EE UU.

Con un barril de petróleo a 100 dólares, el Gobierno venezolano pudo darse el lujo de subsidiar al extremo la gasolina y convertir a Venezuela en el país con el combustible más barato del mundo. Durante 15 años, y con mayor énfasis desde un ajuste leve en 2018, la gasolina de mayor octanaje costaba en Venezuela una cantidad tan mínima y con tantos ceros decimales en bolívares, que equivalía a la ínfima cantidad de 0,000001 dólares, es decir, la millonésima parte de un dólar; un precio prácticamente inexistente e irrisorio.

Esa política facilitó durante mucho tiempo la movilización del transporte de pasajeros y mercancías en un país acostumbrado a calcular un buen porcentaje de los precios de sus rubros con base en los costos de traslado. Era tan barato el combustible venezolano, que los usuarios les pagaban a los trabajadores de las estaciones de servicio con billetes de 500 bolívares (0,002 dólares) o alguno que otro caramelo, chocolate o café.

No obstante, los problemas empezaron a llegar en agosto de 2019 cuando la Administración de Donald Trump congeló todos los activos del Estado venezolano en Estados Unidos y confiscó la principal compañía refinadora y productora de petróleo y gasolina de PDSVA en Texas, Citgo Petroleum Corporation, que posee un valor de mercado estimado en 15.000 millones de dólares.

Venezuela importaba 80.000 barriles diarios de gasolina desde EE UU, pues su principal tecnología de refinación y los aditivos necesarios para refinar su crudo extrapesado y producir combustible para importarlo al país se los compraba al gigante de América del Norte, pero eso se acabó.

La gasolina dejó de entrar a Venezuela desde EE UU y comenzaron a abarrotarse las estaciones de servicio en todo el occidente y oriente del país debido a la escasez y pérdida de 80.000 barriles diarios de combustible que quedaron bloqueados por las sanciones de Washington como medida de presión política para generar un estado de implosión interno que socave la estabilidad de Maduro en el poder a partir de la ingobernabilidad y el control territorial-logístico de un país sumido en una crisis extrema.

Sin otras opciones claras a la vista y un mercado que se le cerró a Venezuela por las amenazas de la Casa Blanca de sancionar a toda empresa y gobierno que ejecute transacciones para comprar petróleo venezolano, el régimen de Maduro optó por importar gasolina desde Rusia e Irán.

Sin embargo, las recientes sanciones de EE UU a la petrolera rusa Rosneft por ayudar a Venezuela a transportar su petróleo para venderlo a China mediante el trasvase de crudo en el Océano Atlántico, que representa un negocio de 5.000 millones de dólares para Maduro con las respectivas comisiones que cobra Vladimir Putin (presidente de Rusia), dejaron al régimen de Caracas con una sola carta sobre la mesa: Irán, el mayor enemigo de EE UU en la peligrosa y bélica región del Medio Oriente.

Según un reporte de la agencia Bloomberg publicado la semana pasada, dos tanqueros con 700.000 barriles de gasolina llegaron el pasado 12 de abril a Venezuela, presuntamente provenientes de Irán.

Un inventario de apenas 700.000 barriles es la reserva de Venezuela para surtir de combustible a un parque automotor de más de 2 millones de vehículos. Pero el monopolio de la gasolina tiene su origen en la cadena de rangos militares que se abastecen de él para revenderlo a precios de hasta 2, 3 y 4 dólares por litro (más cara que en el país con la gasolina más costosa del mundo; Hong Kong, a 2 dólares por litro) a los ciudadanos que necesitan con urgencia llenar los tanques de sus vehículos para salir a buscar ingresos, alimentos o alguna forma de subsistencia en medio de esta doble crisis combinada que ahora existe en Venezuela: la económica causada por el régimen y el impacto social, económico y sanitario de la pandemia del coronavirus.

Entre 35 y 50 dólares en efectivo por 20 litros de gasolina (menos de la capacidad de un tanque de un auto pequeño que solo dura para uno o dos días), cobran los militares, policías o sus contactos a los usuarios comunes y corrientes que dependen de sus vehículos para trabajar y resolver los problemas del día a día en sus hogares.

Los grandes flujos de moneda estadounidense en físico que circulan en Venezuela de una masa monetaria existente en el país por el orden de los 2.500 millones de dólares, se han dirigido en un 30% a las manos de los vendedores ilícitos de gasolina en el mercado negro, cuya cadena empieza por los altos generales de la Guardia Nacional y los comisarios de las Policías locales, y termina en los golpeados bolsillos de los ciudadanos que, por la vía oficial, perciben un salario mínimo equivalente a solo 4 dólares al mes tras el más reciente aumento salarial (artificial e irrisorio) decretado por el presidente (de facto) Nicolás Maduro).

¿Nuevos precios, nueva crisis?

Aunque, como la historia siempre cambia y nunca es estática, la fuerza de la dolarización desordenada e interna que ha distorsionado completamente las condiciones de vida en Venezuela, el Gobierno busca desesperadamente captar ingresos en divisa estadounidense tras el bloqueo financiero del Gobierno de Donald Trump y el colapso de los precios del petróleo a causa de la pandemia, que podrían costarle al país una pérdida de entre 10.000 y 15.000 millones de dólares en medio de una economía que, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), se contraerá un 18% al final de 2020, el desplome más grande del mundo en el valor e ingresos de un país.

Es por ello que los precios de la gasolina en Venezuela serán liberados y así acabarán años de subsidios que le han generado pérdidas milmillonarias al país con capitales que hubiese podido invertir en la creación de un fondo de ahorro nacional para enfrentar los períodos de crisis y turbulencia causados por la caída del petróleo y la inflación.

Según el economista José Toro Hardy, ex miembro de la junta directiva de PDVSA de 1996 a 1999, y quien también es un profundo conocedor de la industria petrolera venezolana, la gasolina se venderá a $0,50 el litro de 91 octanos y $0,60 la de 95 octanos. El gobierno de Maduro no ha anunciado nada oficial al respecto, pero se prevé que ese ajuste de precios entre en vigor en el transcurso de los próximos meses.

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De hecho, la compañía petrolera, a pesar de su extrema crisis por las sanciones de EE UU, la corrupción interna (300.000 millones de dólares desfalcados) y el colapso mundial del petróleo, ha estado instalando progresivamente en los expendedores (como se observa en la imagen de arriba) de las estaciones de servicio de todo el país unos dispositivos de pago electrónico para cobrar el suministro de gasolina con esos nuevos eventuales precios a la tasa de cambio oficial del dólar establecida por el Banco Central de Venezuela (Bs. 169.363 / US$).

Es decir, a un venezolano le costaría aproximadamente 20 dólares llenar el tanque de su vehículo cada dos o tres días (40 a 60 dólares de gasto semanal en combustible con un salario mínimo de $4 y promedio mensual de entre $50 y $100 si realiza actividades económicas complementarias). En moneda nacional, esos $20 equivalen a 3 millones 437 mil 480 bolívares (Bs. 3.437.480).

La progresiva liberación de los precios del combustible en el país tendrá un alto impacto en el sistema de precios y en la inflación por la modificación en las estructuras de costos logístico y de traslado de los comerciantes, productores y distribuidores de alimentos y otros bienes de consumo masivo, lo que podría generar una nueva escalada de la hiperinflación hasta niveles superiores al actual de 20.000% con un peligroso escenario de 30.000%, cuyo efecto sería de absoluto y definitivo desgaste económico y social para la población venezolana. @mundiario