La presión sobre la deuda de EE UU afloja y las bolsas se recuperan tras recular Trump
Donald Trump, fiel a su estilo grandilocuente y provocador, ha reactivado la tensión comercial global con una nueva medida que combina amenaza, exhibición de poder y una dosis calculada de improvisación. El anuncio de una subida inmediata de los aranceles a las importaciones chinas al 125% ha sido presentado como una suerte de castigo ejemplar, mientras que al resto del mundo se le ofrece una “pausa” de 90 días para negociar en mejores términos. El mensaje, más performático que técnico, ha sido lanzado desde su red social Truth, con una mezcla de tono patriótico y arrogancia personalista.
Lejos de ofrecer claridad, la decisión se mueve entre la propaganda electoral y la presión de los mercados. Con Wall Street registrando subidas de hasta el 8% tras el anuncio, es evidente que Trump sigue teniendo un pulso fino para agitar las emociones del capital financiero. En su mensaje, llegó a sugerir que era “un gran momento para comprar”, dejando entrever que no solo busca imponer su agenda comercial, sino también influir directamente en el comportamiento de los inversores. En buena lógica, la presión sobre la deuda de EE UU afloja y las bolsas se recuperan tras recular Trump.
Pero más allá del impacto inmediato en los mercados, el movimiento deja tras de sí un panorama incierto. La exclusión de China de la tregua comercial no solo intensifica la rivalidad entre ambas potencias, sino que refuerza la idea de que Trump concibe el comercio internacional como un campo de batalla más que como un espacio de cooperación. Su discurso, que acusa a Pekín de “estafar” a Estados Unidos durante años, refleja una visión simplista y agresiva de las relaciones económicas globales, más propia de un púlpito electoral que de una estrategia de Estado.
La Unión Europea, Japón, Corea del Sur y otros aliados tradicionales de Estados Unidos se enfrentan ahora a un dilema incómodo. Por un lado, reciben un respiro temporal en forma de moratoria arancelaria. Por otro, deben aceptar unas condiciones asimétricas impuestas unilateralmente, bajo la amenaza de represalias si osan responder. El arancel universal del 10%, que sigue en vigor, junto con los impuestos específicos sobre automóviles, acero y aluminio, constituye una estructura proteccionista que no se veía desde los años más oscuros del siglo XX.
Lo más llamativo, sin embargo, no es la medida en sí, sino el método. Trump no ha articulado una estrategia comercial sólida ni ha contado con el respaldo técnico de sus asesores; más bien se ha presentado como el artífice único de toda la maniobra. Su secretario del Tesoro, Scott Bessent, lo dejó claro al atribuirle todo el mérito —o la responsabilidad— de la medida. Esta centralización del poder decisorio en la figura presidencial refuerza una visión cesarista del liderazgo político que inquieta a las instituciones y al sistema internacional.
Las formas tampoco ayudan. En una misma jornada, Trump alternó entre declaraciones institucionales y frases ofensivas, burlándose abiertamente de los países que, según él, “suplican” por cerrar acuerdos con Estados Unidos. En un acto privado con congresistas republicanos, llegó a jactarse de que los líderes extranjeros le “besaban el culo”, una expresión que resume a la perfección el estilo diplomático de quien concibe la política exterior como una extensión de su ego.
Este comportamiento errático, que mezcla insultos, improvisación y desplantes, no es nuevo en Trump, pero sí plantea serias dudas sobre la viabilidad de su política comercial a largo plazo. Aunque se presenta como un defensor del trabajador estadounidense y un azote de los abusos comerciales, sus decisiones han generado incertidumbre en las cadenas de suministro globales y han deteriorado las relaciones con socios estratégicos. A esto se suma el riesgo de alimentar una escalada de represalias que podría desestabilizar aún más una economía mundial que no ha terminado de recuperarse de las crisis recientes.
El último movimiento de Trump no es tanto una estrategia comercial como una operación de imagen. Responde más a sus necesidades electorales que a un análisis riguroso de los equilibrios globales. La guerra comercial que promueve es, en realidad, un espectáculo de afirmación personal, diseñado para proyectar fuerza y dominio ante una audiencia interna que valora los gestos contundentes. Pero, como ha sucedido en el pasado, lo que empieza como una demostración de poder puede terminar en una crisis de confianza internacional. Porque si algo ha quedado claro es que, con Trump, cada arancel es también una declaración política. @mundiario