Trabajar 36 años y medio: el nuevo horizonte laboral en España
La esperanza de vida laboral en España ha alcanzado los 36 años y medio, según los últimos datos de Eurostat. Eso significa que un joven que hoy entra al mercado laboral estará activo durante casi cuatro décadas antes de poder acceder a su jubilación. Aunque el dato puede interpretarse como un signo de recuperación o estabilidad, lo cierto es que esconde un panorama social y económico mucho más complejo: alargar la vida laboral no siempre es una elección, muchas veces es una obligación.
La cifra ha subido seis años respecto al año 2000. En parte, este crecimiento es producto de reformas legales que han elevado progresivamente la edad de jubilación —hasta llegar a los 67 años en 2027 para quienes no hayan cotizado lo suficiente— y, por otro lado, refleja una realidad laboral en la que los trabajos precarios, los sueldos bajos y la incertidumbre crónica empujan a los trabajadores a prolongar su actividad más allá de lo que quisieran o podrían permitirse.
Frente a este nuevo paradigma, los datos invitan a una lectura incómoda: el alargamiento de la vida laboral no equivale necesariamente a una mejor calidad de vida ni a una mayor equidad. En muchas ocasiones, significa simplemente que se retrasa el derecho al descanso, al tiempo libre y a un final digno tras décadas de esfuerzo.
Más allá del optimismo técnico del Ministerio de Seguridad Social, que subraya que un 11,4% de las nuevas jubilaciones ya son demoradas (frente al 5% anterior a la reforma), la realidad es que la mayoría de trabajadores no decide libremente cuándo retirarse. Las condiciones del mercado, la presión económica y la falta de alternativas convierten esa supuesta "flexibilidad" en una coacción blanda, una que disfraza la imposibilidad de parar como opción.
El norte trabaja más, pero también mejor
Según señala El País, mientras España llega a los 36,5 años de carrera laboral, Países Bajos alcanza los 43,8. Suecia, Dinamarca, Estonia y Noruega también superan los 40. ¿Por qué? No es que los neerlandeses o suecos amen trabajar más. Es que pueden hacerlo en mejores condiciones. La diferencia no está solo en el número de años, sino en cómo se vive y se trabaja en ellos.
En el norte de Europa, los mayores de 60 siguen participando en el mercado laboral en parte porque sus entornos laborales son inclusivos, las políticas de conciliación son reales y la salud laboral es una prioridad. En España, en cambio, solo uno de cada 20 recién jubilados continúa trabajando. La tasa es menos de la mitad que la media europea. ¿Es por falta de voluntad o por falta de condiciones?
La brecha que no se cierra: ellas trabajan menos
Uno de los datos más dolorosos del informe es la diferencia de género. En España, los hombres tienen una esperanza de vida laboral de 38,3 años; las mujeres, de solo 34,6. La causa no es biológica ni casual: es estructural. Las mujeres siguen cargando con el peso mayoritario de los cuidados familiares, tienen carreras más intermitentes y acceden con más dificultad a empleos estables y bien remunerados. Italia, con una diferencia de nueve años entre hombres y mujeres, o Grecia, con siete, son ejemplos extremos de una desigualdad persistente.
Este sesgo de género no solo las empuja a trabajar menos años: también significa que cotizan menos, ahorran menos y llegan peor preparadas al momento de la jubilación. En un país que presume de avances sociales, estos datos deberían ser un toque de atención.
El incremento de la esperanza de vida laboral no debería celebrarse en sí mismo. Si no va acompañado de empleos dignos, sanos, sostenibles y compatibles con la vida personal, solo será una forma más sofisticada de explotación. Aumentar los años de trabajo sin corregir las desigualdades que atraviesan el mercado laboral es poner una venda optimista sobre una fractura que sigue creciendo. @mundiario