El Reino Unido y el desafío de reducir su dependencia industrial de China
El reciente rescate de la planta siderúrgica British Steel en Scunthorpe, que había sido adquirida por el grupo chino Jingye, no solo ha marcado un hito en la política industrial de Londres, sino que también refleja el creciente deseo del Gobierno británico de replantear su relación económica con China. Este país ha logrado insertarse profundamente en sectores clave de la infraestructura, la energía y la tecnología del Reino Unido.
En una sesión extraordinaria, el Parlamento británico aprobó el sábado pasado un proyecto de ley de emergencia con el objetivo de evitar el cierre de esta emblemática planta, que emplea a 3.500 personas y tiene un impacto significativo en la cadena de suministro del país.
La situación de British Steel es alarmante. Desde que la corporación Jingye adquirió la planta en 2020, la empresa ha enfrentado condiciones de mercado "muy difíciles", lo que ha llevado a pérdidas diarias de 700.000 libras (814.000 euros). La decisión de cerrar los dos altos hornos, los últimos en Inglaterra, y de reducir la capacidad de producción en su laminador de acero, anunciada a finales de marzo, ha encendido las alarmas sobre el futuro de la industria siderúrgica en el Reino Unido.
Aunque desde Downing Street se ha insistido en que este movimiento es una excepción, lo cierto es que muchos analistas y políticos lo interpretan como el primer paso hacia una “desconexión estratégica” de Pekín. Jaya Pathak, miembro de la Alianza Interparlamentaria sobre China, lo calificó como un momento crucial para comenzar a desvincular sectores críticos británicos del control o influencia china, en línea con una nueva realidad geopolítica que redefine la seguridad nacional y la soberanía económica.
Uno de los terrenos donde esta dependencia se hace más evidente es en la energía verde. El Reino Unido ha puesto el cambio climático como una de sus prioridades, con la promesa de descarbonizar su sistema energético para 2030. Sin embargo, lograrlo implica apoyarse en materiales y componentes que, en gran medida, produce China. El país asiático controla entre el 70 % y el 80 % de los componentes utilizados en turbinas eólicas, y más del 80 % del mercado global de paneles solares. Esta supremacía convierte al Reino Unido en un cliente cautivo de la cadena de suministro china, lo que genera preocupación entre expertos en seguridad energética y actores políticos.
La situación se complica aún más con la participación china en el sector nuclear británico. El megaproyecto de Hinkley Point C todavía tiene participación de la estatal China General Nuclear Power (CGN), a pesar de la tensión diplomática y de seguridad. Aunque CGN ya no invierte activamente, su presencia técnica y accionaria en una infraestructura crítica refuerza la narrativa de que la independencia energética del Reino Unido está condicionada a intereses extranjeros.
El sector tecnológico no se queda atrás. El Reino Unido ha pasado por decisiones controvertidas, como la venta del mayor fabricante nacional de semiconductores a una firma china en 2021, una operación que fue revertida solo tras una fuerte presión política y mediática. Del mismo modo, Huawei, el gigante tecnológico chino, fue excluido de las redes 5G británicas por temores de espionaje. Estas medidas demuestran una creciente vigilancia sobre la influencia tecnológica de China, pero también revelan la dificultad de reemplazar rápidamente estas capacidades con alternativas occidentales.
La inversión extranjera es otra área delicada. A medida que el Gobierno laborista de Keir Starmer busca atraer capital para reactivar una economía estancada, se enfrenta a la realidad de que China sigue siendo una de las fuentes más importantes de inversión internacional. Esto ha generado un conflicto entre los objetivos de crecimiento económico y los intereses de seguridad nacional. Casos de espionaje, como el reciente arresto de un investigador parlamentario acusado de colaborar con Pekín, han puesto en evidencia los riesgos asociados con la apertura indiscriminada a capitales chinos en sectores estratégicos, incluidas universidades y centros de innovación.
El Gobierno británico aún no ha definido una postura definitiva. Aunque se espera la publicación de una “auditoría de relaciones con China” antes del verano, múltiples fuentes citadas por los medios británicos aseguran que su enfoque será más técnico que político, sin señalar cambios profundos en la estrategia de fondo. Además, la inclusión de Pekín en el registro de influencia extranjera (FIRS), en el mismo nivel de amenaza que Rusia o Irán, sigue siendo motivo de intensas discusiones internas.
En este contexto, la política británica parece caminar por una cuerda floja. Por un lado, la seguridad nacional y la autonomía tecnológica exigen una revisión del vínculo con China. Por otro, el peso económico del gigante asiático, sumado a su control sobre materias primas clave y su potencial como inversor, hacen que un distanciamiento completo resulte, por ahora, inviable.
El caso de British Steel puede ser el símbolo de un nuevo enfoque. Pero, como advierten algunos legisladores británicos, sin una estrategia integral y transparente, el Reino Unido corre el riesgo de seguir atrapado en una relación de dependencia que limita su capacidad de acción y refuerza su vulnerabilidad estructural. @mundiario