De récord en PIB a brechas históricas: la paradoja de España
España presume de ser el motor económico de la zona euro, la economía avanzada que más crece en el mundo. Sin embargo, bajo esa imagen de éxito macroeconómico late una realidad incómoda: las brechas territoriales no solo no se han cerrado, sino que permanecen enquistadas. Madrid y Andalucía son el espejo de un país que avanza en cifras, pero se detiene en cohesión. La primera ostenta un PIB per cápita de casi 45.000 euros; la segunda apenas roza los 24.500. La distancia supera ya los 20.000 euros, un abismo que contradice la narrativa de un país en convergencia.
La historia es tan vieja como la estadística y tan vigente como el último informe Contabilidad Regional de España, publicados este martes por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Durante más de dos décadas, la convergencia regional apenas ha avanzado cinco puntos. En la práctica, España ha sido incapaz de corregir sus desequilibrios estructurales: la riqueza se concentra en unos pocos territorios y los demás avanzan con paso lento, sin lograr romper la brecha que los separa. Mientras tanto, el discurso político celebra el crecimiento del PIB nacional como si fuese un bálsamo universal.
La paradoja es que la propia teoría económica anticipa que, cuando existen grandes diferencias entre regiones, debería producirse un proceso natural de acercamiento: el capital debería fluir hacia las zonas más pobres y la población hacia los polos de mayor desarrollo. Pero ese mecanismo parece haberse gripado. El capital, en lugar de redistribuirse, se acumula donde ya existe. Y la movilidad poblacional, antaño motor de convergencia, hoy está frenada por el envejecimiento, el arraigo inmobiliario y unas prestaciones que reducen los incentivos para migrar.
El resultado es un país fracturado, donde el dinamismo de unas comunidades no logra arrastrar al resto. Galicia y Extremadura han escalado posiciones, sí, pero Baleares, Canarias o la Comunidad Valenciana han retrocedido respecto a su punto de partida. Navarra, pese a perder empuje, sigue en la élite. Andalucía, por el contrario, ha caído al último puesto sin que su crecimiento logre cerrar distancias. Y Madrid, el eterno líder, se consolida como la locomotora inalcanzable.
El espejismo de las cifras nacionales
España lidera el crecimiento de la zona euro, pero ese dato, en términos de cohesión territorial, es apenas un espejismo. El 40% de la riqueza se concentra en dos comunidades: Madrid y Cataluña. Murcia crece al 4,5%, Canarias al 4,4% y Baleares al 4,2%, pero su punto de partida es bajo y la dependencia del turismo perpetúa un modelo intensivo en mano de obra y de baja productividad. La desigualdad regional se enmascara tras la estadística nacional, pero persiste con fuerza.
Productividad frente a dependencia
Lo que está en juego no es solo cuánto crece cada región, sino cómo lo hace. Madrid, País Vasco o Navarra avanzan con un modelo más productivo, intensivo en servicios avanzados y en capital humano. Canarias, Baleares o Andalucía dependen del turismo y de sectores de baja rentabilidad. Y en ese choque de modelos se esconde la explicación del bloqueo: quienes pueden atraer capital humano cualificado amplían la distancia; quienes no, se resignan a crecer con un techo bajo.
En el mapa español conviven al menos tres Españas: la de las comunidades que superan el promedio europeo en PIB per cápita, la de aquellas que rondan la media nacional y la de las que siguen ancladas en el vagón de cola. El Estado del bienestar suaviza los contrastes en términos de calidad de vida, pero no logra alterar la estructura de la riqueza. El resultado es un país que viaja a distintas velocidades, condenado a la desigualdad territorial como normalidad asumida.
La gran pregunta no es si España puede crecer, porque ya lo hace, sino si puede hacerlo de manera justa. El relato de una economía que brilla en el mundo pierde fuerza cuando se observa el territorio con lupa. Las brechas se han hecho resistentes al tiempo, a las crisis y a los ciclos expansivos. Mientras no exista un cambio real en el modelo productivo y en los incentivos a la movilidad, la convergencia seguirá siendo más una aspiración retórica que una posibilidad tangible. @mundiario