Las razones detrás de la tregua arancelaria de Trump
La tregua arancelaria anunciada por Donald Trump no es fruto de una calculada estrategia ni de una hábil maniobra diplomática. Es, ante todo, una rectificación forzada por el vértigo de los mercados. En menos de una semana, el presidente de Estados Unidos pasó de presumir de su cruzada comercial global a reconocer implícitamente que el caos desatado por su ofensiva estaba a punto de desencadenar una crisis de gran calado.
El punto de inflexión no fue tanto el desplome de las Bolsas —aunque fue histórico— como el inesperado castigo al mercado de deuda pública. Los títulos del Tesoro estadounidense, considerados el refugio por excelencia en tiempos de incertidumbre, comenzaron a ser abandonados por los inversores, exigiendo rentabilidades inusualmente elevadas para compensar el riesgo percibido. Este fenómeno, inédito en estas magnitudes, alarmó a la Casa Blanca y a su círculo económico más cercano. Con una deuda nacional que supera los 33 billones de dólares, ver cómo se tambalea la confianza en los bonos del Estado era sencillamente insostenible.
El propio Trump admitió, con ese tono a medio camino entre la fanfarronería y la ingenuidad que le caracteriza, que la decisión de suspender los aranceles se fraguó "temprano por la mañana". Y lo hizo mientras se dejaba fotografiar con pilotos de NASCAR en los jardines de la Casa Blanca. Lejos de cualquier argumentación técnica o económica, la explicación fue tan improvisada como inquietante: “La gente se estaba poniendo nerviosa. Me pareció que todo estaba demasiado sombrío”.
En paralelo, las críticas se multiplicaban. Grandes empresarios, banqueros y ejecutivos de multinacionales advertían públicamente del riesgo de recesión. La comunidad inversora temía que la combinación de precios al alza, caída de beneficios y encarecimiento de la financiación condujera a una contracción económica. Incluso desde las filas republicanas empezaban a oírse voces que pedían mesura. Ni siquiera sus más fervientes defensores pudieron maquillar la evidente contradicción entre la bravata arancelaria y la posterior marcha atrás.
El resultado de este viraje no es menor: Trump ha abierto una ventana de 90 días para negociar, pero lo ha hecho debilitado. Ha retirado gran parte de sus amenazas sin obtener nada concreto a cambio, y ha dejado fuera de la tregua precisamente a China, su principal objetivo. Los aranceles contra Pekín no solo se mantienen, sino que se han endurecido, hasta el 125% en algunos casos. Es una huida hacia adelante que no compensa el retroceso anterior.
La contradicción es flagrante. Mientras sus portavoces insisten en que todo formaba parte de una estrategia “maestra”, el propio presidente habla de "instinto". Consultado sobre posibles exenciones a empresas especialmente golpeadas, respondió que no hay fórmulas claras: "Es más una cuestión de instinto que de otra cosa". Una afirmación que, en boca de quien lidera la mayor economía del planeta, resulta más preocupante que tranquilizadora.
Más allá del alivio momentáneo en los mercados, esta corrección forzada no borra los efectos ya causados. La volatilidad inducida por la incertidumbre regulatoria sigue ahuyentando inversiones y entorpeciendo decisiones empresariales. La credibilidad de Estados Unidos como socio comercial queda mermada, no por el contenido de sus políticas, sino por la forma en que se anuncian, se imponen y se corrigen con una facilidad pasmosa.
A falta de una visión estructurada y de una hoja de ruta coherente, Trump sigue jugando al aprendiz de brujo con la economía global. Y aunque de momento haya logrado contener la hemorragia financiera con un torniquete temporal, el daño reputacional —y económico— está hecho. El mensaje que ha enviado al mundo es claro: en Estados Unidos, las decisiones comerciales se toman desde el corazón… o, peor aún, desde el capricho. @mundiario