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¿Se puede gestionar la Cooperación al Desarrollo sin profesionales de la cooperación?

La Cooperación Oficial al Desarrollo no debe prescindir, en los puestos operativos de la AECID, en Madrid, de las personas profesionales de la Cooperación al Desarrollo y la Ayuda Humanitaria, muchas de ellas poseedoras de títulos universitarios de tercer grado (maestrías e, incluso, doctorados) y con experiencia probada en el terreno.

¿Se puede gestionar la Cooperación al Desarrollo sin profesionales de la cooperación?
Cultivo experimental de variedades seleccionadas de papa nativa en Bolivia. / Mundiario
Cultivo experimental de variedades seleccionadas de papa nativa en Bolivia. / Mundiario

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José Luis Muñiz

José Luis Muñiz

El autor, JOSÉ LUIS MUÑIZ, es director del Centro de Estudios para Desarrollo Humano Centroamericano, en Nicaragua. Con dos maestrías en economía y Administración Pública, es miembro fundador de la Asociación Profesional de Cooperantes (APC) y tiene más de 30 años de experiencia en el ámbito de la Cooperación al Desarrollo y la Ayuda Humanitaria con entes públicos y organizaciones no gubernamentales de varios países de América Latina y África, y organismos donantes como el ICI, la AECI, el PNUD, la Agencia Luxemburguesa de Cooperación (LuxDev) o la Unión Europea, de la que es consultor. @mundiario

En ciertos ámbitos de pensamiento y discusión, se ha instalado un interesante debate, por desgracia minoritario, que afecta a la Cooperación Internacional para el Desarrollo y, sobre todo, al papel que nuestro país debe jugar en este tema, en el concierto internacional. Sin duda, todas las aportaciones son necesarias y enriquecen ese debate porque la Cooperación Internacional para el Desarrollo tiene muchos ángulos y aristas sobre los que discutir. El problema se produce cuando un actor, de los varios involucrados en el sector, ha alcanzado tal grado de predominancia que anula otras visiones al creer que sólo su paradigma es el que sirve para ver y analizar la realidad.

Estamos donde estamos, como país que tiene una política oficial al desarrollo, y estamos mal. El pesimismo que nos invade es un sentimiento compartido desde muchos ámbitos, incluso, por colegas extranjeros. Nuestra cooperación oficial está desfasada conceptualmente y tiene instrumentos obsoletos que no responden ya a las necesidades de un mundo globalizado, cada vez más complejo, que está evolucionando, más y más aceleradamente. La pobreza de hoy, en el siglo XXI, no tiene las mismas características que la pobreza de hace treinta años, en el siglo pasado. No podemos seguir haciendo, inercialmente, más de lo mismo, combatiendo la pobreza y la exclusión en países empobrecidos, dirigidos por profesionales que no saben, realmente, lo que significa el hambre o la pobreza actual y no han visto ni verán una persona pobre en su vida.

Tantas veces se ha repetido lo mismo que todo se vuelve ya un tópico, pero cada uno debe asumir su cuota de responsabilidad en este estado de cosas. Lo cierto es que en los últimos 20 años, cada vez con más profusión, el cuerpo de funcionarios diplomáticos ha ido copando más y más puestos relacionados con el diseño, dirección y operación de la política pública de cooperación al Desarrollo, desplazando e impidiendo, a través de las Comisiones Interministeriales de turno (y hubo alguna que otra en la que se discutió este tema), que hubiera empleados públicos funcionarios pertenecientes a un cuerpo especial dedicado a la cooperación al desarrollo, por lo menos, como operadores de esa política pública (es complicado acusar de tener visiones corporativistas al más débil).

Ahora, el sector profesional que siempre ha dirigido y gestionado esto, no puede sentirse ofendido porque alguien cuestione su presencia omnímoda en una cooperación oficial como la que tenemos. Máxime, cuando todavía hay funcionarios del ramo que siguen creyendo, fehacientemente, que la política de cooperación oficial al desarrollo es una rama secundaria, sin vida propia, de la política exterior de un país. Antes, tal vez, pero lejos han quedado aquellos diplomáticos pioneros en la cooperación al desarrollo, como Arias, Angulo, Valenzuela, Valderrama o Montobbio, entre otros muchos, que demostraron una mayor sensibilidad y respeto que lo que se aprecia en estos últimos tiempos.

Somos una buena cantidad de profesionales de la cooperación al desarrollo españoles los que hemos pasado por el antiguo Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI) y por la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), profesionales que seguimos trabajando en la actual AECID, sobre el terreno, o trabajamos en países receptores de ayuda, como funcionarios, en puestos de responsabilidad, en agencias de Naciones Unidas o en la Unión Europea, o como consultores senior para agencias de desarrollo como la luxemburguesa (LuxDev), para el BID o empresas internacionales contratistas de la Unión Europea, en muchos países y sectores, también en políticas públicas.

Muchos de nosotros y nosotras, porque también hay muchas mujeres, conocemos quién es, en esta profesión, PhD Manuel de la Iglesia Caruncho. Quizás el autor (o autores) del artículo “La contribución de los diplomáticos a la cooperación para el desarrollo española”, Sergio Colina (et al.), por su juventud, no lo conozca, pero es querido y respetado por su larga trayectoria y conocimientos especializados en la temática que nos ocupa. Lo más importante, muchos coincidimos con sus análisis y apreciaciones.

Es preocupante que alguien que se dice experto en cooperación no ubique a los profesionales de la cooperación y crea que sólo somos los que trabajamos en ONGD u organizaciones humanitarias o que sólo estamos en universidades, sindicatos, fundaciones o empresa privada (¿consultoras o fundaciones empresariales?). En todos estos lugares también estamos y también nos reconocemos como profesionales y cooperantes, y reivindicamos una cooperación oficial al desarrollo digna el día de las personas cooperantes. Nunca hemos festejado como propio ese día, que para nosotros es el día de la Cooperación al Desarrollo. Algo mucho más importante.

Curiosamente, donde no estamos es en la propia Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, en la que hubiera sido nuestra natural casa. En Reyes Católicos, 4, sólo estamos de invitados, invisibilizados, como personal laboral, en el mejor de los casos, fijo. Sólo se nos permite ser empleados secundarios, el niño o la niña de los recados, porque todos los puestos técnicos operativos de alguna relevancia ya los ocupan los diplomáticos, incluso, algún que otro funcionario de otro cuerpo. Sus razones parecen tener ya que todos sabemos que ahora estudian, en una dura oposición, temas relativos a las políticas de cooperación internacional, desarrollo sostenible y acción humanitaria, asuntos importantes, sin duda, pero también estudian temas relacionados con comercio exterior o seguridad internacional y no por ello ocupan puestos de funcionarios en el ICEX, o agregadurías militares del Ministerio de Defensa.

Resulta sorprendente que, desde 1982, cuando se abrió la Oficina Técnica de Cooperación con Guinea Ecuatorial, o desde 1984, cuando el ICI desarrolló el Plan de Cooperación Integral con Centroamérica, primera política pública de cooperación internacional, digamos que moderna, centralizada y medianamente homologable a los países de nuestro entorno, no se haya realizado, en estos más de 35 años, ningún concurso público u oposición para cubrir plazas de funcionarios que se dedicaran a esta temática que viene alcanzando, en la Administración Pública española, cotas cada vez más relevantes. ¿De quién fue/es la responsabilidad de que esto no se hiciera/haga? Mientras tanto (cosa que, al menos, es de agradecer), el temario diplomático ha ido engrosando su caudal de conocimiento hacia la cooperación para el desarrollo, la AOD o las políticas de cooperación de la UE, contribuyendo, en nuestro país, a la ceremonia de la confusión entre ser un profesional especializado en relaciones internacionales, con todas sus facetas y paradigma que le es propio, y ser un profesional especializado en cooperación al desarrollo y ayuda humanitaria, también con todas sus facetas y paradigma propio.

A nosotros, que sólo nos dedicamos desde hace muchos años a esto, a la cooperación al desarrollo y la ayuda humanitaria, se nos hace muy difícil comprender que una persona joven, recién salida de la carrera diplomática y con menos de 10 años de experiencia profesional y, lo que es más grave, sin aparentemente haber tenido experiencia práctica de desarrollo alguna en un país receptor de ayuda, pueda ocupar puestos, en sede o en Europa, de tanta relevancia para la Cooperación Oficial y en la propia AECID, como los de Consejero Técnico de Cooperación Regional con África Subsahariana, o como Vocal Asesor en el Gabinete Técnico de la AECID. Quizás estos puestos no sean muy relevantes o carezcan de mayor importancia en el mundo diplomático español, y sirvan para foguearse en lo que se espera una carrera brillante hasta ser embajador ante Naciones Unidas, en Washington o Pekín, o ser Secretario de Estado o Ministro. Para nosotros, que nos tomamos muy en serio nuestra profesión, explica mucho sobre la degradación de nuestra política oficial de cooperación.

No existe ningún problema para que los profesionales diplomáticos con experiencia y, sobre todo, probada capacidad de dirección y coordinación de equipos complejos puedan tener puestos directivos en la sede de la AECID, puestos que también pueden ocupar profesionales de otros ámbitos. El problema surge cuando empiezan a ocupar, y de ahí para abajo, puestos intermedios, ya netamente técnicos y operativos.

¿Tienen, realmente, la formación para ello? Y, sobre todo, ¿tienen la experiencia de campo (métodos, técnicas, herramientas…) de lo que sucede donde se produce la cooperación al desarrollo o la ayuda humanitaria? ¿Tienen el ánimo para seguir una carrera profesional dedicada a la cooperación o su paso por Madrid, en puestos técnicos y operativos, es una escala necesaria y, por ahora, inevitable en su carrera diplomática hacia la embajada de sus sueños?

Para terminar, realmente, lo más importante: ¿Cómo es posible que haya países, como Reino Unido, que tengan un ministerio de cooperación al desarrollo totalmente independiente y al mismo nivel que su ministerio de relaciones exteriores? ¿Por qué otros países tienen agencias de cooperación al desarrollo especializadas, con profesionales especializados en su sede, que no son diplomáticos, como Alemania o Luxemburgo? ¿Cómo son y por qué esas agencias?

De esto es de lo que tenemos que hablar: qué nuevo marco legal y modelo institucional debemos seguir y adaptar en España para ser iguales a otros países de nuestro entorno o qué instrumentos y enfoques debemos modernizar e innovar, en el marco de una política pública de cooperación al desarrollo donde, verdaderamente, estemos todo el mundo representado, sin exclusiones de ningún tipo, porque, lo que sí sabemos, es que una agencia, como la actual, copada por funcionarios diplomáticos y dirigida políticamente por el Ministro de turno de Asuntos Exteriores lleva sin funcionar, adecuadamente, como mínimo, más de una década, y no es sólo un problema de dinero. ¿Es el mundo diplomático español capaz de hacer algo de autocrítica al respecto? De momento, parece que no. @mundiario