El nuevo Gobierno deberá cambiar las cosas distinguiendo entre lo importante y lo accesorio

Palacio de la Moncloa. / Archivo
Palacio de la Moncloa.

Una de las prioridades del próximo Ejecutivo español estará en la Constitución que, a pesar de lo que algunos creen, no está esculpida en piedra, advierte esta autora.

El nuevo Gobierno deberá cambiar las cosas distinguiendo entre lo importante y lo accesorio

Los resultados de las próximas elecciones generales en España son inciertos, sin embargo, la expectación que ha despertado la campaña electoral revela que son muchas las esperanzas puestas en el 20-D. Fecha relevante no sólo porque dos días después se celebre el sorteo más esperado del año o estemos a menos de una semana de  los ansiados reencuentros familiares, el turrón, los polvorones, las guirnaldas…, todo eso también, pero muy probablemente porque vivamos la antesala de una nueva etapa política, ante los grandes desafíos de nuestro país. Aquellos a los que se les encomiende llevar a buen puerto el futuro de este país, no debieran olvidar el sabio consejo de Albert Einstein cuando decía que “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Así, pues, habrá que empezar por cambiar muchas cosas, sabiendo distinguir lo urgente e importante de lo accesorio.

Una de las  prioridades, está en la Constitución que, a pesar de lo que algunos creen, no está esculpida en piedra, de tal manera que no hay nada que impida su adecuación a la realidad del tiempo actual, y  permita regenerar a la vez que vertebrar los cambios necesarios para que la “locomotora económica” de España encuentre su encaje.

Pese a que los programas electorales de los principales partidos revelen visiones muy diferentes e incluso antitéticas, lo fundamental es que la mayoría se ponga de acuerdo sobre las respuestas a las preguntas básicas, respetando y tratando de atraer a las minorías. Casi cuarenta años después de la primera descentralización, debemos replantearnos el modelo territorial, explorar el camino de las reformas que traigan estabilidad duradera, para lo que hemos de responder a cuestiones tales como qué modelo de estado queremos, si debemos avanzar desde un estado cuasifederal a otro federal y qué tipo de federalismo buscamos, ¿simétrico o asimétrico? Tarea ardua, sin duda, en la que deberíamos afanarnos desde el primer momento, sin mucha dilación, porque el tiempo perdido ya juega en nuestra contra.

Sobre la lealtad institucional

Decía Jean Paul Sartre que “la democracia tiene responsabilidades profundas con aquellos que habitan en ella. Y su mayor responsabilidad es, por supuesto, la educación, la distribución del ingreso, que nadie pase hambre, que nadie sea un analfabeto, y posibilidades de trabajo para todos. Si la democracia no puede dar eso… algo está fallando”. Pues parece, entonces, que en nuestro sistema algo está fallando y habrá que ponerle remedio. Dado que la educación y la sanidad son la base de nuestro estado de bienestar y, funcionalmente, están en manos de las Comunidades Autónomas, comencemos por ver esta cuestión.

Después de que “algunas autonomías abrieran el baile” a finales de los setenta y de que el momento político hiciese conveniente el “café para todos”, ahora parece que el azúcar no llega para endulzarlas, y hay que actuar sobre el reparto funcional y financiero de los distintos niveles de gobierno.

A menudo se invoca el término de lealtad institucional, imprescindible en un estado descentralizado como el nuestro, pero válido sólo si se utiliza en sentido bidireccional. Echando la vista atrás, en la práctica, parece que este principio se ha incumplido, tanto por el lado central -ante la falta de revisión prevista en el sistema-, como por el lado autonómico - dado el incumplimiento de algunas Comunidades Autónomas a la hora de aplicar las medidas de ajuste impuestas por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento-. Podría ayudar a cumplir el criterio de lealtad, la claridad de un nuevo sistema y la consolidación de la autonomía tributaria, como pilares fundamentales.

Cabe estudiar la reducción de las desigualdades de financiación, mejorar la recaudación, las variables de reparto, ver la posibilidad de introducir nuevos impuestos, adaptar los actuales, ver qué se hace con el IVA o los Impuestos Especiales, de qué manera podemos evitar la ilusión fiscal autonómica generada a través de la recaudación del IRPF, etc.. Todo ello  haciendo una revisión general, evitando los parches y las reformas parciales que sólo nos han conducido al desequilibrio actual.

El foco, sobre Cataluña y las comunidades forales
Las tensiones territoriales a las que antes  aludíamos, tienen su foco principal en Cataluña, y la mirada puesta cada vez más en las comunidades forales, cuyos resultados y niveles de renta per cápita son demandados y ansiados por otras similares. Así, pues, el cierre del sistema vendría dado por un mecanismo de nivelación capaz de hacer efectivo el principio de solidaridad interterritorial. Y aquí está otro de los grandes retos, porque habrá que empezar a hablar de por qué las dos comunidades forales no participan de este reparto de renta y riqueza, ¿qué justifica esta situación?,  ¿por qué no se incorpora un sistema de reparto articulado, por ejemplo, a través del cupo?. Este tema, muy fácil de resolver técnicamente, será, sin duda, difícil de encajar políticamente, pero también ha llegado la hora de poner esta carta encima de la mesa.
Los retos mencionados no son los únicos, pero sí son importantes y urgentes, de tal modo que no pueden dilatarse a la espera de mejor momento, porque algunas de las cosas que sucedan en los próximos meses pueden volverse irreversibles y marcar para siempre el futuro de España.

 

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