El proteccionismo económico hunde el crecimiento mundial y amenaza a España

Donald Trump, presidente de EE UU. / White House.
El auge del proteccionismo arrastra a la baja las previsiones de crecimiento de la OCDE, también en España. ¿Volvemos al sálvese quien pueda?

La economía mundial empieza a dar señales de fatiga, y no es por falta de músculo interno, sino por el encierro progresivo de sus actores principales en trincheras comerciales. La OCDE acaba de revisar a la baja sus previsiones de crecimiento global por segunda vez en menos de tres meses. El nuevo dato para 2025 es revelador: del 3,1% proyectado en marzo pasamos al 2,9%, con una repetición de esa misma cifra para 2026. Puede parecer un matiz técnico, pero encierra una realidad inquietante.

El mundo está desacelerando, y lo hace no por causas cíclicas, sino por decisiones políticas que se retroalimentan. En ese contexto, España también sufre un pequeño tropezón, pero su resistencia —gracias al turismo y el consumo— no debería llevarnos al conformismo.

El mensaje de la OCDE es cristalino: el comercio internacional se está fragmentando peligrosamente. Las tensiones arancelarias entre Estados Unidos y China ya no son ruido de fondo, sino el motor de una desglobalización silenciosa que entorpece cadenas de valor, encarece importaciones y hunde la confianza empresarial. Lo que antes fue una herramienta de estímulo —la apertura comercial— ahora se convierte en un freno. Y no hablamos de una cuestión técnica, sino de un cambio de paradigma. La política comercial, convertida en discurso de campaña, está redibujando los mapas económicos con lógica bélica.

El regreso al proteccionismo es, además, profundamente anacrónico. Justo cuando el planeta enfrenta desafíos globales —clima, migraciones, inteligencia artificial, conflictos geopolíticos—, las grandes potencias deciden encerrarse en sus fortalezas nacionales. El resultado es una tormenta perfecta: inversión en pausa, consumo en alerta, inflación reavivada y una política monetaria maniatada entre el miedo al estancamiento y la obsesión por controlar los precios.

Estados Unidos, motor gripado de la economía mundial

El caso de Estados Unidos es especialmente significativo. Su previsión de crecimiento para 2025 se desploma del 2,2% al 1,6%. Y no por falta de innovación o capacidad productiva, sino porque su estrategia comercial castiga su propio aparato industrial. Los aranceles, pensados para proteger sectores locales, encarecen la maquinaria, reducen márgenes y ralentizan decisiones de inversión. Irónicamente, el país que más influyó en la globalización ahora desanda ese camino, arrastrando a sus socios (Canadá y México) hacia un escenario de estancamiento técnico.

En paralelo, China también acusa el golpe. La segunda economía del mundo muestra síntomas de fatiga estructural: menos inversión, más incertidumbre y un comercio exterior golpeado por la ofensiva estadounidense. Su crecimiento estimado cae al 4,7% en 2025. La OCDE no deja lugar a dudas: sin una distensión comercial y sin cooperación global, ni siquiera los gigantes económicos están a salvo.

España resiste, pero no es inmune

En este panorama turbio, España ofrece una nota relativamente positiva. Su crecimiento para 2025 se ajusta a la baja, sí, pero sigue siendo un sólido 2,4%. Por encima del conjunto de la eurozona, donde apenas se proyecta un 1%. El consumo privado, el dinamismo del turismo y una balanza de servicios favorable —con un superávit corriente del 2,8%— actúan como salvavidas. Pero ojo: la resiliencia no es blindaje. La OCDE ya advierte que sectores como la maquinaria o el agroalimentario podrían verse afectados si Washington endurece su postura. Y aunque su peso sea menor que en Alemania o Francia, el impacto indirecto vía encarecimiento de insumos y caída de demanda externa es inevitable.

Hacia una trampa inflacionaria con efectos fiscales

La paradoja de este escenario es que, en lugar de reducir tensiones inflacionarias, el proteccionismo podría reactivarlas. Importar bienes más caros encarece el coste de vida, especialmente en economías con alta dependencia exterior o mercados laborales tensionados. Estados Unidos es el ejemplo más claro: se espera un repunte de precios del 3,9% para finales de este año. Pero Europa no está a salvo. En contextos así, los bancos centrales quedan atrapados: si suben tipos, enfrían aún más la economía; si no lo hacen, permiten que la inflación erosione el poder adquisitivo.

La factura no es solo económica. Una recuperación más débil reduce los ingresos públicos. Y eso ocurre en el peor momento: cuando los gobiernos necesitan recursos para financiar defensa, digitalización o transición ecológica. La OCDE, pragmática, insiste en la necesidad de revisar prioridades de gasto y mejorar la eficiencia del sector público. Pero el margen de maniobra se estrecha.

El proteccionismo como enfermedad autoinmune

Lo más preocupante de este informe no es la cifra del 2,9%, sino lo que simboliza: un mundo que renuncia a cooperar justo cuando más lo necesita. El proteccionismo funciona como una enfermedad autoinmune: el sistema, en su intento de protegerse, se ataca a sí mismo. Las barreras que hoy parecen estratégicas serán los muros que impidan la recuperación global mañana.

Y sin embargo, hay alternativa. La OCDE es clara: si se revierte esta deriva, si se desactivan los aranceles y se recupera la lógica del multilateralismo, el mundo podría crecer medio punto más en los próximos años. No es una utopía, es una decisión política. Lo que está en juego no es solo el crecimiento económico, sino el modelo de futuro que queremos: uno de colaboración o de confrontación. @mundiario