La prospectiva o el precio de no hacer las cosas

Fernando González Laxe y Enrique Barón. / Mundiario
Fernando González Laxe y Enrique Barón en el II Foro de Prospectiva de Galicia. / Mundiario
Frente a la prospectiva, políticas de anticipación. / Análisis al hilo del II Foro de Prospectiva de Galicia  
La prospectiva o el precio de no hacer las cosas

Muchos científicos siguen interrogándose sobre el devenir de los acontecimientos actuales. Lo hacen escudriñando los efectos de la covid, las repercusiones económicas o las implicaciones medioambientales; y, sobre esos análisis, estiman cálculos y ponen cifras que, en algunos casos, asustan y preocupan. Es decir, sabemos, más o menos, el coste que tendrían las sucesivas transformaciones o los cambios de era en la que estamos. Jacques Delors respondió, cuando era presidente de la Comisión Europea a comienzos de la última década del pasado siglo, con un informe que resultó básico para el futuro: “El coste de la no-Europa”. Esto es, se calculó el coste de no hacer las cosas. Merced a dicha iniciativa, la UE ha ido dando pasos adelante en la construcción europea, se adoptó la moneda única, se reforzaron las políticas comunes, y se edificó la actual arquitectura institucional. Es decir, puso sobre la mesa que el no hacer nada, resultaba ser muy costoso y nos hacía más vulnerables a medio y largo plazo.

En la actualidad, pasa lo mismo. Días pasados en torno al seminario sobre prospectiva económica tuvimos ocasión de probarlo. Los ponentes se preguntaban por qué ante las consecuencias derivadas del cambio climático, la elevación de la temperatura o del nivel de mar, entre otras cuestiones de relieve, no estamos implementando medidas para mitigar los previsibles efectos; o el por qué no estamos actuando protegiendo los ecosistemas, o por qué no actuamos con normas y regulaciones rígidas que palien los efectos de los cambios inminentes.

También, entre los ponentes, cundía la inquietud sobre el por qué ante los retos generados por la transición digital, la modificación de las relaciones laborales, el empleo o sobre las repercusiones de la robotización y fragmentación de los procesos productivos, apenas hay respuestas proactivas, cuando se conocen las primeras constataciones. Asimismo, por qué la utilización masiva de las tecnologías, sobre todo por los jóvenes, nos lleva a comprobar la facilidad con la que permitimos la transferencia de nuestros datos, de manera gratuita, a las grandes empresas, cediendo y condicionando parte de nuestras vidas; y, sin embargo, no apostamos por un reforzamiento de nuestros derechos y garantías. La filósofa Carissa Veliz nos lo recuerda en su último libro, subrayando esta actitud y reclamando un cambio.

Por último, por qué aceptamos la denominada sociedad de los paliativos y, en ocasiones, reclamamos el concepto de Estado Niñera; esto es, la prevalencia de las políticas de protección  por parte del Estado, para que nos pague todo y nos diga lo que hay que hacer, cuando las respuestas deben ser propuestas desde la propia sociedad y basadas en sus abundantes conocimientos. 

Las conclusiones de los expertos sugieren planteamientos de reacción; es decir, pasar de un modelo fragmentado de saberes a uno integrado. Poseemos herramientas y financiación para hacerlo; disponemos de datos y experiencias para lograrlo. Falta definir reglas que permitan la gobernanza con visión compartida: esto es, no tapar los agujeros; sino apostar por la búsqueda de operatividad y de realismo.

La reciente experiencia de la pandemia nos aporta dos conclusiones explicitas. La primera, hay un elevado consenso sobre el diagnóstico; y, la segunda, tenemos claro que somos conscientes que no hacer nada, no es la mejor opción. Por tanto, frente a la prospectiva, políticas de anticipación. @mundiario

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