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MUNDIARIO

Las centrales térmicas del carbón en España se cerrarán antes o después

Las estimaciones sobre las fechas de cierre de las plantas de generación eléctrica a partir del carbón han hecho saltar las alarmas especialmente en las zonas potencialmente afectadas. Las comunidades con más centrales de este tipo son Andalucía, Asturias, Baleares y Galicia.

Las centrales térmicas del carbón en España se cerrarán antes o después
Central térmica de As Pontes.
Central de Endesa en As Pontes.

¿Quién puede dudar de la complejidad que supone el diseño de una estrategia energética óptima? En ello se deben contemplar, al menos, cuatro aspectos de gran calado: la garantía de suministro en el tiempo; las inversiones necesarias, tanto en I+D como las que requiere la construcción de instalaciones; el coste de producción que termina repercutiendo en el precio que pagan los consumidores; y el impacto en el medio ambiente y en la emisión de gases de efecto invernadero.

Tras repasar las variables anteriores, uno no debería sorprenderse por el anuncio de cierre de las térmicas del carbón en España. Siendo el carbón un combustible fósil, sus reservas tienen fecha de caducidad. Aunque la condena no viene directamente de esta circunstancia. El factor que castiga sin piedad las plantas de carbón procede de la inasumible emisión a la atmósfera de sustancias altamente contaminantes. El mundo está en guerra contra los gases de efecto invernadero porque son los principales causantes del cambio climático que tan perniciosos efectos causa sobre la vida en el planeta.

Los planes actuales del Ministerio de Transición Ecológica prevén el cierre en 2020 de nueve de las catorce centrales térmicas que hay en España y ello por no haber realizado las inversiones que exige la normativa europea en desnitrificación y desulfurización. Al mismo tiempo, prevé que las cinco plantas restantes concluyan su actividad no más tarde de 2030. Estas cinco centrales “amnistiadas” por el momento son las de As Pontes (A Coruña), Litoral (Almería), Los Barrios (Cádiz) y Aboño y Soto de Ribera (ambas en Asturias).

Las comunidades autónomas con más centrales afectadas son Andalucía, Asturias, Baleares y Galicia. Galicia cuenta con una planta de cierre previsto en 2020 (Meirama, de Naturgy, en el concello coruñés de Cerceda) y otra en 2030 (As Pontes, de Endesa, también en la provincia de A Coruña). Se estima que, entre empleos directos e indirectos, podría haber unos 700 trabajadores afectados. La amenaza de clausura de estas instalaciones se suma a la situación de la fábrica de Alcoa en A Coruña, que podría cesar su actividad en los próximos meses; uno de los motivos que se barajan es el alto coste de la energía cuando, paradójicamente, Galicia presenta una producción excedentaria de electricidad.

Ante un escenario tal como el descrito, caben dos posiciones: enrocarse e intentar bloquear las decisiones más drásticas; o realizar una planificación que tenga en cuenta la caducidad de las instalaciones agresivas frente al medio ambiente y emprender las estrategias necesarias para garantizar el suministro mediante el mix óptimo de fuentes de energía con el menor coste para la Administración y los ciudadanos. Todo ello en coordinación con la industria, como es natural. Un desafío de esta magnitud exige de políticos de altas miras. Por eso, la actitud de Feijoo resulta especialmente aterradora. Al más puro estilo de “presidente estatua”, ha realizado unas declaraciones calculadas para conseguir el mejor efecto a corto plazo en la opinión pública.

Debe recordarse que la llegada de Feijoo a la presidencia de Galicia se produjo tras una feroz campaña contra el plan eólico que, con luz y taquígrafos, había aprobado el gobierno bipartito de la Xunta entonces en el poder. El plan representaba un empuje decisivo a energías renovables en el mix gallego al tiempo que propiciaba la captación de relevantes proyectos industriales. Una vez recuperado el gobierno, Feijoo impidió la implantación del plan por intereses puramente partidistas aun cuando sabía –o debería saber– que la decisión representaba un gravísimo contratiempo para el sector energético e industrial –es decir, para la base económica– del país.

La energía eléctrica se basará en un futuro ya próximo en fuentes renovables: hidroeléctrica, fotovoltaica, eólica, biocarburantes, marina, geotérmica… Un gobierno responsable debería dedicar una parte sustancial de su presupuesto a explorar las posibilidades de aplicación en su territorio de cada una de dichas fuentes; a investigar los usos más económicos y respetuosos con el medioambiente; a calibrar el recurso suplementario previsible cuando las condiciones meteorológicas impidan a las renovables cubrir la demanda de electricidad en un día o momento determinados; y a poner en marcha los proyectos necesarios para que el país disponga de la energía que necesita desde 2019 hasta los próximos treinta o cuarenta años.

Hay otras variantes que incidirán en el diseño de la estrategia y que, indefectiblemente, matizarán su aplicación en el tiempo. Así, la sustitución gradual del carbón como complemento de la energía renovable vendrá probablemente del gas. España padece una descomunal sobredimensión de plantas de ciclo combinado y regasificadoras (Reganosa en Mugardos) fruto de una pésima planificación en el pasado; es decir, hay capacidad disponible de sobra. Otro factor destacable será el inmenso potencial energético que se esconde detrás del hidrógeno. Otro elemento, por supuesto, tiene que ver con la evolución del coste de generación y distribución de la electricidad en fuentes que hoy semejan demasiado gravosas. Sin duda, el resultado del proyecto de reactor de fusión nuclear ITER que se está construyendo en Cadarache, Francia, tendrá también una incidencia previsible de máxima relevancia.

La ecuación resulta extremadamente difícil y su resultado incidirá de manera crítica en el futuro de cada economía. Por eso demandamos de los gobiernos una asignación necesariamente generosa de recursos, un planteamiento inteligente a medio plazo y una voluntad de acuerdo transversal más allá de movimientos simplistas de corto alcance. @mundiario