Irán usa el estrecho de Ormuz como arma selectiva y mantiene en jaque al comercio mundial

Estrecho de Ormuz. / RR SS
Teherán no cierra completamente el paso clave del petróleo, pero controla quién puede cruzarlo, combinando presión geopolítica y cálculo económico en plena escalada con Estados Unidos e Israel.

El estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más importantes del planeta, se ha convertido en el principal instrumento de presión de Irán en el actual pulso con Estados Unidos e Israel. Lejos de bloquearlo por completo, Teherán ha optado por una estrategia más sofisticada: permitir el paso selectivo de buques mientras mantiene la amenaza constante sobre la navegación internacional.

En la práctica, esto se traduce en una especie de filtro geopolítico. Petroleros y cargueros vinculados a países que Irán no considera hostiles —especialmente China, India o Pakistán— han logrado atravesar el estrecho en los últimos días. Sin embargo, cualquier embarcación sospechosa de beneficiar a Washington o a sus aliados queda expuesta a vetos, inspecciones o incluso ataques.

Este control parcial permite a Irán enviar un mensaje claro sin asumir el coste total de un cierre absoluto. Por un lado, demuestra que tiene capacidad real para interrumpir el flujo energético global —por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial—. Por otro, evita aislarse completamente de mercados clave que siguen siendo esenciales para su economía, especialmente en Asia.

La tensión en la zona sigue siendo extrema. Desde el inicio de la ofensiva militar contra el régimen iraní, se han registrado múltiples ataques a buques en el golfo Pérsico y el golfo de Omán, así como movimientos militares que incluyen la colocación de minas y bombardeos sobre infraestructuras estratégicas. Este clima de inseguridad ha provocado una caída drástica del tráfico marítimo, con reducciones de hasta el 90%, y un fuerte encarecimiento de los seguros y del transporte.

Aun así, algunos barcos continúan cruzando bajo condiciones cada vez más complejas. En muchos casos, lo hacen tras someterse a controles de la Guardia Revolucionaria iraní o adoptando medidas de identificación específicas para evitar ser considerados objetivos. Incluso han surgido prácticas insólitas, como transmisiones por radio para declararse “amigos” de Irán y evitar ataques.

El impacto económico ya es evidente. La incertidumbre ha disparado los precios de los hidrocarburos y ha obligado a muchas navieras a suspender rutas o declarar fuerza mayor. Miles de buques permanecen a la espera de autorización para cruzar, mientras las cadenas logísticas globales se adaptan a marchas forzadas, recurriendo incluso a rutas terrestres más largas y costosas.

Pese a los bombardeos sufridos, Irán ha logrado mantener sus exportaciones de crudo, especialmente hacia Asia, lo que refuerza la idea de que su estrategia no busca un bloqueo total, sino una presión sostenida y selectiva. Esta táctica le permite castigar a sus adversarios sin romper completamente el equilibrio que sostiene su propia economía.

Mientras tanto, Estados Unidos intenta sin éxito articular una respuesta internacional que garantice la seguridad en la zona. La falta de consenso entre sus aliados evidencia la complejidad del escenario, donde muchos países prefieren mantener canales abiertos con Teherán antes que verse arrastrados a un conflicto mayor.

En este contexto, el estrecho de Ormuz deja de ser solo un punto geográfico para convertirse en el epicentro de una batalla estratégica global. Cada buque que lo cruza, o que queda bloqueado a sus puertas, refleja el delicado equilibrio entre guerra, energía y poder que define el actual orden internacional. @mundiario