La invasión en Ucrania trastocará la Agenda 2030 sobre el cambio climático

Cambio Climático. / Greenpeace.
Cambio Climático. / Greenpeace.
La invasión de Ucrania va a trastornar la Agenda 2030 en Europa sobre el cambio climático. Vamos camino de que se imponga la máxima de: “primero la guerra y luego el clima”.

 


 
La invasión en Ucrania trastocará la Agenda 2030 sobre el cambio climático

La invasión de Rusia en Ucrania va a trastocar la Agenda 2030 en Europa sobre el cambio climático y sostenibilidad. Las razones descansan al descartarse un conflicto militar corto en el tiempo en el país ucraniano, tener que desviar inversiones hacia energías fósiles a falta del suministro del gas ruso y al rearme  en los países de la  OTAN, que de otra manera esos fondos se destinarían a renovables y políticas verdes. Se impone así la máxima de: “primero la guerra y luego el clima ”.

Si en la Agenda 2030 nos hemos propuesto en Europa reducir un 55% los niveles de emisiones a la atmósfera y hasta neutralizar el consumo de combustibles derivados del petróleo hasta su prohibición total, es muy probable que con la invasión rusa en Ucrania, el cierre de gasoductos derive en un mayor consumo de carbón y petróleo, y cuyos desastres ambientales provocados repercuta en un desvío de las prioridades políticas, relegando las del cambio climático a un tercer rango. Además puede cuestionar la transición ecológica que aspiramos en la UE antes de entrar de lleno en la descarbonización de la economía.

Por eso en algún momento tendremos que plantearnos si incumpliremos la hoja de ruta marcada o si en el peor de los casos, tendremos que dar marcha atrás. Tampoco podremos esperar de Rusia que cumpla los acuerdos de París sobre el clima en medio de su agresión bélica. 

En la segunda guerra que conoce Europa tras 1945 y la explosión de la antigua Yugoslavia en los noventa, no es inverosímil pensar ahora que a consecuencia de la invasión rusa en Ucrania, los niveles de emisiones en la UE experimente un incremento notable por la amenaza de extenderse la agresión rusa a otros países y el impacto de alterar  las políticas económicas y medioambientales de los aliados comunitarios. 

Y no sólo por los secuelas ecológicas de la guerra, con los restos de la central nuclear de Chernóbil incluidos y cuyo uso por parte de las tropas asaltantes rusas desconocemos. Hay científicos que sostienen una relación empírica directa entre las guerras y el cambio climático. 


EL TERROR EN UCRANIA DISTRAERÁ LAS EMISIONES

No sabemos si el presidente ruso Vladímir Putin padece alguna dolencia psico-ambiental con Ucrania. Lo que sí sabemos es que su afán imperialista no impide que antes de la invasión, Ucrania albergara más de 5.000 empresas productoras del 44% de las emisiones del país. Con la destrucción de las infraestructuras ucranianas, los riesgos de degradación ambiental son cuantiosos, sin que por el momento podamos llegar a cuantificarlo. 

Sólo la región del Donbáss controlada ahora por Rusia tras la ofensiva militar, se calcula que padece la desolación de casi 800.00 hectáreas contaminadas correspondiente a espacios naturales. En no pocas centros siderúrgicos ucranianos como Mariúpol al sur de la región, ya se consideraba como una de las cien ciudades más contaminadas del planeta por librerar sustancias tóxicas a la atmósfera durante los bombardeos de los últimos años por parte de insurgentes pro-rusos.

Sobre la correlación entre la guerra y el cambio climático se pronunció la semana pasada, el ex secretario de Estado norteamericano en tiempos de Obama, John Kerry, cuando afirmó: "La crisis de Ucrania podría distraer al mundo de la crisis climática, al mismo tiempo que tiene consecuencias masivas en cuanto a emisiones".

No podemos descartar tampoco que la agresión se extienda a otros puntos geográficos como amenaza el presidente ruso Putin sobre países como Suecia, Finlandia, Moldavia, incluso Polonia y las repúblicas bálticas. En tiempos de guerra y en especial de confrontación mundial, lo último que pensaremos es en el cambio climático.

 A no ser, que a los partidos ecologistas, algunos de ellos en varios gobiernos europeos, les de por defender el empleo de armas verdes sin huella ecológica para compensar la dependencia energética de Rusia. Paradójicamente el “No a las centrales nucleares” de los ecologistas europeos va a  beneficiar a Rusia mientras sigue vendiendo gas a través de Nord Stream 1. 

Los cortes del gas y petróleo rusos están disparando los precios en general de Europa y hasta en España,  por mucho que nuestra dependencia  sea menor que el de nuestros socios comunitarios. Si antes de la guerra nos habíamos comprometido a reducir las emisiones drásticamente dentro de los objetivos de la Agenda 2030, la invasión abre la incertidumbre no sólo sobre sus metas sino también sobre todo sobre sus plazos y niveles de emisiones.

Tener que dedicar fondos y recursos económicos a compensar la crisis de abastecimiento de materias primas así como a la  falta de combustible ruso para las economías europeas pone además en la picota la decisión de Alemania de haber decidido acabar con la energía nuclear y térmica. 

El corte del suministro ruso de gas a través del gaseoducto Nord Stream 2 decidido por los aliados europeos, se va a tener  que compensar en Europa con una mayor producción de energía nuclear en países como Francia, Benelux y Polonia entre otros, así como de carbón y  petróleo con su impacto estos últimos sobre los gases de efectos invernadero.

La llegada del nuevo gobierno tripartito alemán, con el canciller Olaf Scholz (SPD) a la cabeza, había abierto las expectativas de que tanto la RFA como  la UE endurecerían los objetivos y adelantarían los plazos de la Agenda 2030 en la lucha contra el cambio climático, en vista a la emergencia ecológica cada vez más avanzada. 

Sin embargo, la invasión en Ucrania no sólo dará un parón sino que los aliados de la UE tendrán que dedicar importantes recursos financieros a compensar los efectos de la contienda sobre sus economías que de otra manera estaban destinados a acelerar las inversiones en energías verdes e infraestructuras afines.

Aunque la Comisión Europea declaró hace escasa semanas que la energía nuclear y el gas pasarán a considerarse “energías verdes” siguiendo el concepto de taxonomía  -muy a pesar de Alemania y el gobierno de España entre otros-, ha abierto ahora con el conflicto bélico la excusa perfecta en otros países para acelerar la puesta en marcha urgente de nuevos mini reactores nucleares que nivele la falta de suministro de gas ruso en la UE destinado a la industria y el consumidor europeos. Aunque el gas sea considerado “verde”, no deja de ser un derivado del petróleo y un combustible fósil con impacto ambiental. 


¿RECUPERARA ESPAÑA EL FRACKING?

Como hemos visto a pocas horas de la invasión militar rusa en Ucrania, los precios del petróleo, luz, gas y gasolina se han disparado en unos casos el 60%, mientras alimentarán aún más la espiral inflacionista, la deuda y el déficit públicos, la prima de riesgo y hasta una devaluación del euro y una cada vez más probable subida de los tipos de interés por parte del BCE, neutralizando la recuperación económica tras la pandemia y haciendo zozobrar posiblemente los fondos Next Generation.

El éxodo masivo de refugiados ucranianos hacia Europa compromete  la paz social postpandemia después de haber sufrido las tensiones con los millares de migrantes llegados de Siria, Irak, Afganistán y Libia anteriormente.  

El invierno cálido padecido este año en Europa, junto a la sequía prolongada, las malas cosechas, los altos precios de los alimentos, han hecho de la invasión rusa el factor desencadenante de incrementar los efectos perniciosos ya de por sí del cambio climático.

Mientras el mundo esté mirando a Ucrania y cómo reducir el expansionismo del presidente ruso Putin, no tendremos ojos ni el sosiego por el momento para ahondar en la Agenda 2030. Primero es la guerra y luego es el clima.

Dentro de este contexto, no se entiende que con los precios de los fósiles disparados como consecuencia de la incursión rusa, Europa no rescate del baúl de los recuerdos el fracking, es decir la extracción de gas y petróleo del subsuelo para calentar viviendas y fábricas. Aunque en su momento se haya descartado en Europa, no en los EEUU, que al igual que la energía nuclear son una fuente de abastecimiento e independencia energética válida de forma temporal para sortear la crisis y superar la transición energética.

Por otro lado, las prospecciones que España iba a emprender frente a las aguas en Canarias para la búsqueda de yacimientos de petróleo pero  paradas por las autoridades insuleñas en el 2015 tras varios años de estudios por parte de Repsol e infinitas protestas sociales, en el contexto actual añade leña al fuego al debate por la falta de una estrategia que acabe con la dependencia energética que sufre España. 

Apostar mayoritariamente por las renovables en tiempos de guerra parece improbable e insuficiente para contener el disparo de la inflación, el crecimiento de la deuda y del déficit históricos como primeros efectos colaterales de la invasión ucraniana.

Si para atajar el impacto social e inflacionista del incremento de los carburantes y la factura de la luz durante la pandemia y antes de la guerra, parecía razonable una rebaja de tasas e impuestos como el IVA como emularon varios países vecinos, ahora con el conflicto bélico que amenaza con extenderse internacionalmente, parece más que razonable. A no ser que nuestro gobierno vuelva a trasladar al consumidor final los efectos colaterales, en esta ocasión, de la agresión rusa  en el viejo continente por incapacidad política en la coalición. Y por empeñarse en mantener la recaudación fiscal a cambio del ahogo de familias, consumidores y empresas.

Sobre las posibles causas del cambio climático en la actual contienda ucraniana podemos especular. Pero en lo que sí parece que hay consenso internacional es que un aumento de los niveles de contaminación y desastres ecológicos provocarán en el futuro nuevos conflictos bélicos en distintos puntos del globo, con las consiguientes miserias, éxodo de refugiados y volatilidad económica, así como con una penalización de las inversiones en energías verdes. 

Hace apenas unos años informes de las Naciones Unidas advertían que el calentamiento global, junto a una metereología extrema, serían los causantes de acabar con los recursos del planeta, las hambrunas, conflictividad social y un incremento en más de un 25% de nuevas guerras. Hoy podemos afirmar que agresiones bélicas como las actuales en Ucrania agravarán el desinterés general por mitigar el cambio climático por sus efectos más inmediatos como muertes, devastaciones, refugiados y estallidos de nuevos conflictos multilaterales.

Tampoco  perdamos de vista que la actual invasión de Ucrania forma parte de un hito más dentro  de la denominada Tercera Confrontación Mundial, donde las guerras convencionales, híbridas (ciberataques y fake news), junto al terrorismo, pandemias y desastres naturales  están aflorando a la superficie diezmando millones de vidas humanas. @mundiario

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