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Empieza el camino hacia el futuro: es necesario frenar el cambio climático

La agenda post 2015 ha empezado. A partir de ahora comienza la evaluación de la efectividad de los acuerdos que se adoptaron en París para invertir el cambio climático.

Empieza el camino hacia el futuro: es necesario frenar el cambio climático
Los efectos del cambio climático son irreversibles y deslocalizados. / Mundiario
Los efectos del cambio climático son irreversibles y deslocalizados. / Mundiario

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Marta Millán

Marta Millán

Licenciada en Derecho y Periodismo. Colaboradora de MUNDIARIO.

Hace frío fuera, llueve en el norte de España y nieva en las montañas. El recurso de los telediarios tradicional de los cambios de estación por fin se normaliza. La mayoría de la gente, aliviada, responde a los reporteros que no les molesta el frío, que es el que corresponde al mes de enero. Pero no hace mucho la consciencia de los cambios de temperatura, de la frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos, o los desfases estacionales no se percibían como una tendencia, sino como una anomalía puntual. Ahora, más en broma o más en serio, ya es común escuchar en los ascensores eso del “cambio climático”.

El 2015 se despidió con, posiblemente, el acuerdo sobre la materia más importante a nivel internacional que la historia ha conocido. Antes, la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992 había marcado en la agenda internacional la importancia del medio ambiente. Por aquel entonces, hace ya más de dos décadas, que para el ser humano es bastante, pero para el planeta no es nada, no se reconocía de manera global la trascendencia de la acción de las personas sobre la Tierra. Después de Río, se celebraron más cumbres, se dijeron más discursos y se acordaron bastantes buenas intenciones. En muchos casos, se quedaron en eso. No resulta fácil poner de acuerdo a los casi 200 países que existen sobre un tema que parece tan abstracto, tan global, tan colectivo. Es difícil convencer a los países emergentes de que no pueden adoptar el mismo modelo de desarrollo que los Estados postmodernos, porque si depende su crecimiento de la misma manera en la energía basada en los recursos fósiles, el mundo no aguantará. ¿Es legítimo exigirles que desarrollen otro modelo económico, aunque no les haga crecer ni tanto ni tan rápido como a los que gobernaron el siglo XX? En el Protocolo de Kyoto de 1997 se acordó que 37 países industrializados redujeran sus emisiones una media del 5% respecto a los niveles de 1990 en el período de 2008 a 2012, mientras que para los países en desarrollo no se establecieron objetivos de reducción de emisiones. Además, Kyoto fijaba unas obligaciones relativas, maleables, sin posibilidad de exigir el cumplimiento de manera efectiva. Los mecanismos de flexibilidad permitían negociar con las emisiones agravando así más las diferencias internacionales.

¿Es legítimo exigirles que desarrollen otro modelo económico, aunque no les haga crecer ni tanto ni tan rápido como a los que gobernaron el siglo XX?

Pero los efectos devastadores de un cambio meteorológico no dan prórrogas ni entiende de negociaciones. Los límites los muestran los datos. Si bien las condiciones climatológicas siempre han sido una causa de migración, según la Organización Internacional de las Migraciones, en 2008 se desplazaron veinte millones de personas por culpa de fenómenos meteorológicos extremos, y las cifras estimadas para el año 2050 varían de veinticinco millones a mil millones de personas. Y ya estamos viendo la lenta capacidad de los países desarrollados para acoger a refugiados. Según la Organización Mundial de la Salud, el 11% de la población mundial no tiene acceso a agua potable. Hace tres millones de años, las temperaturas eran 3ºC (ó 5ºC, según las fuentes) más altas que en el siglo XIX preindustrial, y el nivel del mar era más de 20 metros más alto que ahora. Cuesta, o duele, imaginarlo. James Lovelock, que ha moderado su discurso desde que escribiera La venganza de la Tierra, advierte de que debemos adaptarnos. Harald Welzer, en su libro Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el S.XXI, advertía de la asimetría que existe entre países y que se profundiza a raíz del calentamiento global.

La Cumbre de París de diciembre de 2015 fue ambiciosa y quiso hacerse oír. Francia como la vieja sede de la nueva Revolución, como si la comunidad internacional entendiese por fin que no son problemas que puedan resolverse por medio de políticas cortoplacistas, como si oyese en parte a las ONGs que en Varsovia en 2013 decidieron abandonar la reunión para establecer la hoja de ruta por el medio ambiente, o se comprendiera que las contribuciones no son suficientes, que se necesita un compromiso.

Sin embargo, aunque el acuerdo es vinculante, los objetivos de reducciones de cada país, no.

China y los EEUU han asumido un papel principal, y eso, aunque algunos critiquen que fuera más para la foto que en la práctica, tiene una relevancia fundamental para que la agenda global no se olvide del problema. El compromiso de reducir el aumento de temperatura por debajo de 2ºC de los niveles preindustriales, preferiblemente de 1.5ºC es una declaración de intenciones hacia un objetivo más ambicioso que el original. No está mal apuntar a lo alto para, si se falla, seguir acertando, pero es necesario no fallar. Se acuerda revisar los objetivos cada cinco años, y, dado lo rápido que avanzan los efectos de nuestras acciones, es un punto positivo, igual que el establecimiento de inventarios para los países de tal forma que sea más fácil su seguimiento. Además Acuerdo de París se asumió por casi 200 países, que suponen casi el total de las emisiones contaminantes a la atmósfera. Sin embargo, aunque el acuerdo es vinculante, los objetivos de reducciones de cada país, no. Y si se analizan conjuntamente los niveles de emisiones de los países, parece que la temperatura aumentaría 3ºC a finales de este siglo. Muchos también echan de menos fórmulas concretas de financiación y de transformación de recursos energéticos hacia la sostenibilidad.

Tenemos los medios, los avances científicos y parece que la conciencia ecológica va calando en la sociedad.

Hablaba Kaplan de la Venganza de la geografía, pero parece que lo que se está vengando es el planeta. Justo cuando la sociedad estaba alcanzando el cenit del individualismo, cada uno ensimismándose en sus propias preocupaciones, aparecieron los problemas globales. Si el siglo XX ha sido el de la depravación humana, de conflictos bélicos sin piedad, el XXI puede ser el de la esperanza. Tenemos los medios, los avances científicos y parece que la conciencia ecológica va calando en la sociedad. Veremos, ahora, si tenemos la voluntad.