Economía de guerra

Una lámpara en medio de la oscuridad. / Pixabay
Una lámpara en medio de la oscuridad. / Pixabay
Los efectos económicos más relevantes en la pandemia se situaban del lado de la demanda, mientras que ahora están en la oferta, aunque la circularidad de los flujos económicos acaba siempre por conectar ambos lados.

Hay una similitud y una diferencia entre la covid-19 y la invasión de Ucrania por parte de Rusia a efectos económicos. En ambos casos la economía ha sido la víctima necesaria: en la pandemia, para evitar una más nutrida cosecha de muertes; en la guerra, porque hemos elegido luchar mediante un durísimo régimen de sanciones contra la agresión imperialista de Putin a una democracia (imperfecta) europea y las sociedades abiertas. La asunción implícita es que los daños causados sean más eficaces en debilitar su régimen (y su capacidad militar) que las consecuencias que vamos a experimentar en nuestras sociedades. Sin duda, una guerra abierta entre potencias nucleares es un escenario a evitar. Pero hemos decidido hacernos daño a sabiendas para impedir males mayores.

¿Cuál es la diferencia? Que los efectos económicos más relevantes en la pandemia se situaban del lado de la demanda, mientras que ahora están en la oferta, aunque la circularidad de los flujos económicos acaba siempre por conectar ambos lados.

El efecto más importante tiene que ver con los precios de petróleo y gas, que, por su ubicuidad en el funcionamiento de la maquinaria social, no sólo productiva, tienen una enorme capacidad para afectar a los índices de precios y distorsionar equilibrios bien asentados.

En segundo lugar, algunas materias primas se harán escasas, subiendo los precios o siendo imposible simplemente obtenerlas en los mercados habituales. Desde el maíz y otros cereales – tan importantes en nuestra cadena alimentaria como alimentos del ganado– al aceite de girasol; pero también minerales como el paladio, por ejemplo, del que Rusia produce aproximadamente el 50% del total mundial. Un amigo me hablaba recientemente de su uso habitual en la experimentación química en los laboratorios, que se suma a su relevancia en la industria (del automóvil, electrónica y otras).

 

En tercer lugar, esta situación afectará a las decisiones de consumo e inversión. Muchas familias descontarán una caída de sus rentas futuras e intentarán elevar el nivel de ahorro; algunas compañías se enfrentarán a costes más altos y a una evolución de los mercados más inciertas, con expectativas de elevación del precio del dinero: muchas inversiones se aplazarán. El Banco Central Europeo ya está preparando una subida, aunque limitada, de tipos de interés.

En cuarto lugar, por el lado de la demanda, algunos sectores y empresas verán contraerse sus mercados: aquellos que exportaban vino a Ucrania y Rusia, o las localidades turísticas que acogían visitantes de esos países y les vendían producto de lujo. En una segunda ronda, la previsible contracción de la economía europea tendrá un impacto sobre nuestra tasa de crecimiento, padeciendo más aquellas compañías volcadas en países o áreas sensibles.

¿Que se puede hacer en este contexto? Primero, lo que no se debe: una respuesta keynesiana clásica, como la puesta en práctica felizmente contra la covid-19, no funcionaría ahora. Si el análisis teórico no fuese suficiente, el fracaso en la aplicación de las recetas contra la “estanflación” de los años 70 (el último avatar fueron las políticas del primer año de Mitterrand en el 1981) así lo certifica. Lo que no quiere decir ser indiferentes a los efectos sobre los sectores sociales más débiles.

Segundo, no debemos amplificar los efectos del desorden de los mercado energéticos por una inadecuada regulación interna. Es imperativo y urgente desacoplar los precios del gas del precio de la electricidad, como ya hace meses que ha propuesto el Gobierno español en la UE. Y también ayudaría una reducción bien calibrada en el coste de los derechos de emisión de CO2, que no comprometa la voluntad de caminar hacia la sostenibilidad y la autonomía energética. En cuanto al petróleo, además de la geopolítica -incorporando con decisión más oferta de diversos productores hoy proscritos o remisos mediante una diplomacia activa-, en el plano interno conviene evaluar la posibilidad de suspender total o parcialmente la aplicación del Impuesto Especial de Hidrocarburos siempre que el precio brent supere cierto nivel, mediante un acuerdo que implique a las comunidades  autónomas. La escalada de precios ya genera suficientes incentivos al ahorro así como ingresos tributarios para las arcas públicas.

Tercero, la inflación de costes que soportamos implica una transferencia de rentas hacia el exterior: somos más pobres, y hay que asumirlo. El segundo mecanismo de trasmisión de la inflación más peligroso podría ser una “indexación” de salarios y precios sobre la inflación, que abriese una espiral sin fin. El pacto de rentas está pensado para evitar este efecto y garantizar un reparto equitativo de los sacrificios. La inflación subyacente podría ser una buena referencia para la negociación de los agentes sociales y las decisiones de trabajadores y empresas.

Cuarto, como ya indicamos, algunos sectores y empresas sufrirán de forma más acelerada o intensa los efectos de la guerra de Putin. Concentrar en ellos las ayudas es una política más eficaz y más compatible con los imprescindibles equilibrios presupuestarios. Ayudas quirúrgicas y políticas imaginativas para explorar nuevas alternativas de suministro así como vías para incrementar la oferta interna de esos productos que echaremos en falta o sustitutivos cercanos. Aquí, de nuevo, las comunidades autónomas pueden jugar un papel. El maíz, por ejemplo, tiene en Argentina o Brasil países exportadores, siendo Estados Unidos el primer productor mundial. Colaborar con las empresas importadoras para garantizar contratos de aprovisionamiento en esas zonas puede adoptar diversas fórmulas, en función de las necesidades: misiones comerciales, activar contactos, garantías financieras, etc. Pero tenemos también internamente posibilidades de producción desaprovechadas: podría ser una oportunidad para recuperar proyectos de ampliación de las tierras cultivadas con maíz y otros cereales.

Quinto, las urgencias no deberían interponerse en el camino hacia los objetivos a medio plazo. La crisis con Rusia indica la importancia de incrementar la producción energética propia, uniendo a la sostenibilidad (renovables) la autonomía necesaria. La decisión de la Comisión Europea para recuperar la fabricación propia de algunos componentes esenciales, llegando, en determinadas condiciones, a la participación pública, cobra todo su sentido.

La inicua agresión externa va a largo plazo a instalar a Ucrania en la Europa democrática, porque ya la ha metido en nuestros corazones. Espero que también sirva para construir la Unión Europea con más determinación y fuerza, dotándola no solo de instrumentos económicos más poderosos, sino también de capacidades estratégicas ayer no imaginadas. @mundiario