Invasión rusa y Occidente: dolores de conciencia

Cientos de ucranianos en la calle. / @gorkaurresola en Twitter.
Cientos de ucranianos en la calle. / @gorkaurresola en Twitter.

Desde que se inició la invasión rusa, Occidente padece dolores de conciencia y una montaña rusa de emociones dispares que nos arrastra a la triple ambigüedad.

Invasión rusa y Occidente: dolores de conciencia

Desde que se inició la invasión rusa en Ucrania, creo afirmar sin exagerar que muchos de nosotros padecemos dolores de conciencia. Un dolor que se caracteriza por los altibajos de nuestras sensibilidades, estados de ánimo, las repulsas de la invasión sangrienta y la montaña rusa de emociones. En suma hemos caído en la triple ambigüedad estructural, semántica y pragmática.

Comenzamos rechazando las amenazas rusas de agresión pero negando mandar armas a Ucrania. Cuando se consumó la invasión, pasamos a la opinión casi unánime en la OTAN de acceder al envío de material defensivo, pero negando una intervención. 

Conforme avanzaba más días los asedios rusos, se iban alzando las voces a favor y en contra de equipar a las milicias ucranianas de armamento ofensivo contra el martilleo de Putin hacia la población civil en distintos puntos de Ucrania. De hecho, la conciencia mundial ha conseguido reunir a voluntarios extranjeros  para unirse a repeler al Ejército rojo. Pero eso es todo.

A día de hoy, nuestras conciencias siguen sin mantener una postura firme e inamovible. De ahí tantas dolencias del alma. A medida que se recrudecen las imágenes de muertes contra civiles indefensos ucranianos, las repudias contra el expansionismo de Putin aumentan. 

Y aunque la OTAN se mantiene en la negativa a intervenir in situ pese a las reiteradas apelaciones de Ucrania, su presidente Zelenski y el éxodo de los millones de refugiados por temor a una III Guerra Mundial, la opinión pública sigue subida en los vertiginosos cambios de rasante de la conciencia. 

Por eso nos estremece aún más cuando en medio de las bombas se reúnen músicos en la calle emulando “El coro de los esclavos”. Como en la ópera Nabuco de Verdi, cantan melódicamente la expulsión de los rusos de las ciudades ucranianas.

SIN ATENDER EL  RIESGO A NUESTRA SEGURIDAD NACIONAL

Presumo que llegado a este punto emotivo, una parte de la opinión pública europea desearía dar un escarmiento a Putin porque ve que pese a las férreas sanciones contra Rusia, su oligarquía y los intereses rusos, los ataques con armamento pesado prosiguen, conquistando cada vez más puntos de Ucrania y asediando  su capital hasta su derrota final mientras Europa con dolores de conciencia mira atónita.

Ese escarmiento pasaría por una involucración militar de la OTAN contra Rusia, sobre todo por razones humanitarias, como ya lo hizo en el pasado en la antigua Yugoslavia, Afganistán y Siria. Sin embargo, si en esas regiones la OTAN intervino, lo hizo porque no existía una amenaza directa de respuesta y riesgo de vernos abocados a una contienda mundial con armamento atómico incluido.

En el caso de  nuestro vecino ucraniano, y conforme  nos concienciamos de una contienda prolongada en el tiempo, los dolores de conciencia aumentan de velocidad por la montaña rusa. Admitir sin dilaciones una intervención de la Alianza puede colmar las ansias de venganza y reparación contra el invasor ruso. Sin embargo, conforme vamos visualizando el riesgo de amenaza hacia una degradación  mundial, nuestros corazones vuelven a recuperar la memoria histórica de la última gran guerra del 45 y nos devuelve la cautela. Nadie quiere arriesgar la paz y devolvernos a la guerra atómica. Todos queremos la paz pero ésta no llega nunca.

Nuestros dolores de conciencia procuran agotar todas las vías de entendimiento para detener la invasión, las muertes de inocentes civiles,  el éxodo de cada vez más millones de ucranianos y la devastación de todo el país. Mientras nos  llaman a las puertas de Europa aunque les demos la espalda por miedo a precipitarnos en una espiral nuclear que acabe antes que lo haga el cambio climático con toda vida en el planeta.

Aún así y todo, nos atemoriza que pueda extenderse el ejemplo de Guernika por otros puntos de Europa. Y lo que es peor, ser pasto de una bomba atómica. Nuestra conciencia en ese caso se refugia en el búnker de la seguridad y corre a la barrera para esquivar toda agresión de conciencia apelando a la lógica del diálogo y diplomacia imposibles. 

En algunos supermercados españoles parece haber cundido el pánico y son  muchas las estanterías de diversos productos alimenticios que están quedando vacías. La conciencia de todos esos consumidores reaccionan al miedo a más recortes de suministros que alteren nuestra zona de confort y al temor a vernos salpicados en una contienda mundial inmediata por muy lejana que apunte. Ya lo hicimos con la pandemia   acaparando bienes y productos, y ahora  la conciencia europea repite esa conducta temerosa.

La misma conciencia nos debería recordar ahora que depender también del grano y cereales ucranianos en tan alta medida es perjudicial para la economía europea. En especial para la española, porque demuestra que como en otros sectores, hemos renegado del sector primario por falta de interés de trabajar el campo. Hace tiempo que se alude a la falta del relevo generacional para el campo, la pesca y el agro, estando estancados sin solucionar la dependencia de proveedores extranjeros por haber apostado por el dinero fácil del turismo y el ladrillo en las ciudades. Algún día tendremos que abordar las amenazas de la terciarización de nuestra economía.

¿Nos hará cambiar la invasión rusa en Ucrania para aplicar  otra política que mime el campo para autoabastecernos sin depender de terceros y garantizar en el fondo la seguridad nacional?  Para responder a esta pregunta, haría falta otra conciencia, como ya lo vimos con la crisis de importación desesperada de material sanitario básico y determinados componentes para mover la industria y el resto de la economía.

LA AMBIGÜEDAD EUROPEA NO CORTA DEL TODO EL GAS RUSO

Podríamos preguntarnos si estos dolores de conciencia lo sufren sólo los europeos por el sufrimiento ucranianio, o si en el mismo plano de igualdad lo padece la sociedad en Rusia. Si la conciencia rusa parece estar habituada a las restricciones y a padecer el largo frío del invierno durante muchos años de la postguerra por falta de bienes y racionamientos, en Occidente no es así. Pasar unos días con la calefacción apagada y haciendo cola en los comedores sociales es una tragedia.

Pese a tanta tragedia, en España nos despedimos del ucraniano tirándole  un beso que reconforte para calmar nuestra conciencia. 

El gesto para algunos es lo que cuenta, pero con besos no arreglamos el dolor de las víctimas simplemente porque en nuestro lenguaje verbal y no verbal nos obsesionamos con la distinción de género. Además llama la atención que las feministas de este país no hayan saltado ante esa práctica machista femenina de tirar  “besos” dirigidos a las ucranianas mientras al varón se le despide con un abrazo, un buena suerte o algo similar. Eso no hubiera pasado con la presidenta del Banco Santander, Ana Patricia Botín, que hace tiempo descartó los saludos con un beso apelando a la igualdad. 

Si el  machismo expresivo en este país se viste también de uniforme sin visualizar los dolores de conciencia colectiva, en el resto de Europa, tampoco están a salvo.

La misma conciencia europea que condena la invasión rusa y el genocidido en Ucrania y acto seguido se revuelve sobre sí mismo por no detener tanto el derramamiento de sangre como el éxodo de millones de personas, es la misma que tolera seguir pagando a las arcas de Putin del orden de 700 millones de euros diarios por la venta de gas, petróleo y carbón de Rusia, que a su vez emplea para financiar la agresión ucraniana.

Los dolores de conciencia del primer aliado de la OTAN como son los EE.UU. les ha llevado la semana pasada a renegar repentinamente del dictador y las sanciones al régimen de Nicolás Maduro y a negociar el abastecimiento de petróleo venelozano para la economía americana como forma de compensar el colapso de la oferta rusa.

Y el colmo de la ambigüedad tripolar de conciencia está en responder con cierta coherencia moral  a la cuestión de por qué una vida ucraniana vale menos que la vida de un europeo de la OTAN. Tantos dolores de conciencia en Europa nos ha traído desde el fin de la II Guerra Mundial con los conflictos en Yugoslavia, Afganistán y  Siria, que aún hoy no terminan de desenmarañar la mejor decisión sin depender  del hermano mayor norteamericano o de escondernos tras los intereses económicos. @mundiario 

 

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