Deutschland über alles

Olaf Scholz, canciller de Alemania; y Vladimir Putin, presidente de Rusia. _ RR SS.
Olaf Scholz, canciller de Alemania; y Vladimir Putin, presidente de Rusia. / RR SS.

En la invasión a Ucrania, Alemania se opuso inicialmente a casi todas las sanciones a Rusia por razones económicas. “El negocio por encima de las vidas humanas”, le acusan ahora. 


 
Deutschland über alles

Cuánto dolor nos provoca. Pero la guerra en Ucrania se prolonga porque en el fondo nos duele más las pérdidas económicas que las vidas humanas. Así de duro. Y en esta tesitura moral se halla desde sus inicios Alemania,  que lleva la voz cantante en la UE cuando le interesa.

En esta guerra al menos,  como en otras menos anteriores de la crisis del Euro en el 2010, así lo hace. Pero no política sino económicamente. Sin embargo, debido a tantas contemplaciones alemanas hacia Rusia, los europeos estamos siendo cómplices de las atrocidades cometidas en Ucrania. Ya sabemos que esto no gusta. Si el primer día de la invasión  hubiéramos cerrado las fronteras a todas las importaciones y exportaciones rusas, tal vez la guerra en Ucrania habría tomado otro curso.

En todo ello, tenemos a un socio que por su tamaño y potencia, juega con Europa.  Y ésta es Alemania. Siempre se mantuvo opuesta al envío de armas a Ucrania desde el inicio de los combates rusos contra civiles ucranianos, por una cuestión moral de pasado histórico. Sin embargo esa misma moral no le ha impedido mandarlas a otras muchas zonas de conflicto en el planeta en el pasado y erigirse una de las primeras potencias exportadoras de armamento. El dinero no tiene ética.

Cuando por fin Berlín dio el brazo a torcer por presión internacional y anunció además una inversión inédita  en su capítulo de Defensa por valor de 100.000 millones de euros, la UE parece que recuperó pronto el consenso y la voz única.

LA DIPLOMACIA BASCULANTE NO ES PROPIA DE UNA GRAN POTENCIA

Pero Alemania, recordarán en el segundo acto, también se opuso a bloquear el sistema de pagos SWIFT para los bancos rusos porque podían afectar a los pagos internacionales de sus industriales alemanes. Durante tiempo el tripartito alemán en Berlín (socialdemócratas, verdes y liberales) estuvo intentando persuadirnos de que no era una medida efectiva. Al final, accedió de nuevo por las presiones de los aliados aunque sólo a un bloqueo parcial no total para que no perjudicara a los más potentes comerciantes alemanes.

Más tarde vino el tercer acto y con él el debate más encendido hasta la fecha. Dentro del paquete de medidas sancionadoras contra el régimen de Putin en Moscú, llevamos semanas discutiendo en la OTAN y la UE la decisión de cortar o no el grifo del gas ruso como también sugiere EE.UU. Inicialmente Berlín era partidario de  estrenar el gaseoducto NordStream 2. Pero las protestas de los aliados causaron efecto hasta suspender su aprobación. No así con NordStream 1.

En el cuarto acto, el canciller Olaf Scholz no está dispuesto a renunciar de momento al primer tramo del gaseoducto ruso llamado NordStream 1, el más largo del mundo construido en el 2011, por donde sigue fluyendo a día de hoy  el gas que consume Alemania y media Europa. Berlín pidió entonces a sus aliados “prudencia” y volvió a defender sus intereses económicos por encima de los comunitarios, atlantistas, humanitarios, políticos y estratégicos,  aludiendo, que como su economía depende en un 60% del gas de Rusia, un corte abrupto podría provocar el colapso de la industria de la RFA. 

El gobierno alemán tampoco se cansa de argumentar cada día para ahuyentar a los críticos que un embargo al gas ruso traería adicionalmente como consecuencia una recesión en toda Europa. El partido socialdemócrata alemán de Scholz que repudia el embargo, es el mismo del ex-canciller Gerard Schroeder (SPD),  consejero de la gasística rusa más grande del mundo. Este conflicto de intereses económicos aún no se ha resuelto y da pie a todo tipo de especulaciones sobre la vehemente posición de Alemania contraria a sus aliados de cerrar el suministro gasístico de los Urales.  Podríamos decir que incide en la misma teoría apuntada, que arropa la interesada Realpolitik alemana. 

El caso es que la agresión y masacres rusas en Ucrania prosiguen sin parar desde hace casi dos meses. Y cada día nos desayunamos con imágenes que agitan las conciencias de medio mundo -menos a la industria alemana- por las atrocidades cometidas contra civiles indefensos ucranianos. 

Algunos ministros del gobierno federal salen a comentar las noticias casi con lágrimas en los ojos, pero justificando la negativa al embargo  por el impacto en las finanzas del país. Para una parte de la opinión pública internacional queda claro así la postura berlinesa: primero Alemania y su economía, y luego la vida de los civiles ucranianos (masacrados).

PAZ O AIRE ACONDICIONADO

En verdad, el corte gasístico no acabaría probablemente con la invasión rusa en Ucrania pero al menos impediría que Putin pueda seguir financiando su “Anschluss” (anexión) y cometer tantas masacres gracias a los 800 millones de euros diarios que obtiene de Occidente. Prácticamente más de la mitad de ese importe corresponde a  la factura alemana que asume con mucha discreción para que la maquinaria exportadora  del  “Made in Germany”  engorde la balanza de pagos.  

Por cuestiones similares de orden mercantil, el gobierno de la entonces cancillera Ángela Merkel fue comedida durante la pandemia al declarar casi más de 2 meses el confinamiento en el país entero. Si entonces obró a favor de las vidas alemanas para contener miles de fallecidos por el COVID paralizando por completo la economía pese a su impacto en el PIB germano, no así ahora. 

En una  causa más humanitaria  como es el genocidio en la vecina Ucrania y el desplazamiento de casi toda la población de 40 millones de ucranianos por efectos de la invasión rusa, la clase política alemana no quiere asumir el riesgo de un nuevo parón de la economia por falta de combustible ruso. Uno se pregunta con razón, cuántas muertes más se tienen que producir en Ucrania para que Alemania despierte y ceda en su inmovilista posición anti embargo. 

Para agravar el tema en el acto quinto, Berlín descarta de forma similar al lockdown en el 2021, cerrar el suministro energético de Rusia aunque sea de forma temporal como medida coercitiva. Según la moral teutona imperante parece que garantizar la robusta economía alemana saliente del COVID está por encima de las vidas eslavas, aunque no se formule con este descaro.

El embajador ucraniano en Alemania, Andrei Melnyk, al menos así lo ve también y no se cansa de echar en cara a diario a la clase política germana sus “inmoralidades” que además marcan el paso y condiciona a la UE en el frente común contra el agresor del Kremlin. El diplomaítico ucraniano que casi actúa como jefe de la oposición en el Bundestag, recuerda que con la actitud  anti-embargo de Berlín está contribuyendo de alguna manera al genocidio en su país y a prorrogar el sufrimiento por tiempo indeterminado.

Tras conocerse las masacres en Bacha y otras ciudades ucranianas, Melnyk no ha tardado en mostrar públicamente su  furia a los cuatro vientos en un tono poco diplomático pero en perfecto alemán, rememorando la famosa estrofa del himno nazi  que rezaba: “Deutschland über alles” !! (Alemania por encima de todo), haciendo suya la frase sarcástica de: “Wirtschaft über alles” (La economía -alemana- por encima de todo). Que se recuerde es una de las acusaciones más graves vertidas contra Alemania tras la reunificación, aunque los medios nacionales traten de quitarle hierro al asunto.

Pues bien, el dolor y la impotencia del embajador ucraniano que recrimina al gobierno federal día sí y el otro también de “cuánto tiempo más tendrá que seguir mirando (Alemania) sin hacer nada” para contener tanto sufrimiento de inocentes, empieza a ganar adeptos en otros países aliados de la OTAN/UE como Polonia. 

Varsovia ha estallado contra Alemania por negarse a imponer sanciones más duras a Putin y a la llamada “fascista Rusia”. El gobierno polaco del exbanquero de profesión Mateusz Morawiecki, cuyo país es que mayor número de desplazados ucranianos ha acogido hasta la fecha en familias (hasta 2 millones), refriega al tripartito en Berlín  su actitud mercantilista tan interesada  y a no dar con el “gran freno del gas” un escarmiento mayor a Moscú que impida sufragar la invasión. Letonia, Lituania y Estonia,  aliados de la OTAN, han renunciado ya al gas ruso y lanzado así un toque de atención a la actitud de la RFA.

Alemania y su gobierno no aclaran  por ahora las líneas rojas que han de traspasar Rusia para dejar de salvaguardar sus intereses comerciales y responder con más contundencia a los crímenes de guerra acreditados ya hoy en día. 

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Tuit de Andrij Melnyk. / Twitter
 

La aparente buena conciencia alemana cree saldarse de cara a su opinión pública, prestando  todo tipo de ayuda técnica, económica y ahora armamentística por valor de varios millardos de euros al gobierno de Kiew. Hay que recordar que fue la ex canciller Angela Merkel quien en 2008 se negó que Ucrania ingresara en la OTAN. La razón: las negociaciones preliminares del gaseoducto NordStream 2 (a pesar de la oposición de EEUU) y la firma de múltiples contratos comerciales con la Rusia de Putin.

Con motivo del acto sexto y de las primeras sanciones internacionales impuestas contra Rusia por la anexión de Crimea en 2014, se oyeron voces desde el gabinete de Merkel a favor de “suavizar” la situación. El entonces ministro federal de Economía, Peter Altmaier (CDU), llegó a preparar una cumbre en San Petersburgo para potenciar las relaciones comerciales con Rusia pese a  todo. 

Empresarios alemanes de la Cámara de Comercio Germano-Rusa en aquellas mismas fechas no se sonrojaban al calificar de “contraproductivas” las sanciones que “ponen en riesgo miles de millones de euros (de beneficios) para el Mittelstand (pymes)”.

La diplomacia basculante de Alemania respecto a Rusia dejó claro entonces y ahora dónde residen las prioridades. La misma máxima mercantilista  en política exterior  ha sido tónica general desde tiempos de Adenauer y Willy Brand aunque con collares distintos que embelesaron a Occidente: desde la “Ostpolitik”, “Wandel durch Handel” (el cambio a través del comercio), Restricciones de ventas de armas, Softpower only, Pacifismo como ideología, hasta la actual “Realpolitik”: es decir, la defensa de los intereses económicos de forma pragmática.

Con razón perdura latente en algunas capitales aliadas a día de hoy aquel dicho demoledor del premio Nobel francés de literatura en 1952, Francois Mauriac, cuando llegó a afirmar: “Amo tanto a Alemania que soy feliz de que solo exista una”. Pues bien, algunos socios europeos empiezan a estar hartos de la doble moralidad. Uno de ellos es Polonia, que ha vivido como tal vez ninguna otra nación europea la barbiere de la invasión nazi y luego la rusa en sus propias carnes junto a  la pérdida de territorios polacos sobre buena parte del siglo XX. 

Si la OTAN despliega finalmente misiles nucleares en suelo polaco como pretende EEUU que apunten a Rusia, podría erigirse en una nueva amenaza para Putin y correr riesgo de algún tipo de respuesta. Varsovia no sabe muy bien si podrá fiarse enteramente de la Realpolitik  de  Berlín en ese nuevo escenario.

De  este mismo criterio parece ser el presidente ucraniano, Volodímir Zelensky, que no se cansa de echar en cara indirectamente a Europa por no prohibir del todo las importaciones energéticas rusas y acusa a algunos líderes europeos de “estar más pendientes de sus pérdidas económicas que de los crímenes de guerra”. Para Kiew la gasolina que repostamos en Europa está manchada de sangre.

Alemania y el resto de Europa  tienen por eso que preguntarse con urgencia en esta guerra si queremos de verdad paz o calefacción en invierno y aire acondicionado en verano, como bien apuntó el primer ministro italiano Mario Draghi. @mundiario 

 

 

 

 

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