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Desigualdad, alimentación y enfermedades en España

En mis análisis para infoLibre busco visualizar cómo los problemas sociales se hacen especialmente lacerantes para una parte, creciente, de la población española.

Desigualdad, alimentación y enfermedades en España
Gente.
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Albino Prada

Albino Prada

El autor, ALBINO PRADA, es colaborador de MUNDIARIO. Doctor en Ciencias Económicas por la USC, es profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Vigo y forma parte de ECOBAS. Fue miembro del Consello Galego de Estatística, del Consello Económico e Social de Galicia y del Consello da Cultura Galega. @mundiario

Los ataques cardíacos, apoplejías, diabetes, enfermedades renales y muchos cánceres (de estómago, mama, pulmón, o próstata) son enfermedades no transmisibles asociadas a un estilo de vida con sobreconsumo de sal o de azúcar. Es esta una afirmación del prestigioso geógrafo y biólogo evolucionista Jared Diamond (El mundo hasta ayer, Debate, 2013).

Diamond coincide en esta hipótesis con lo que el Nobel de economía Angus Deaton denomina enfermedades derivadas del exceso de consumo, y plantea que para combatir estas enfermedades la mejor estrategia es prevenirlas cambiando los hábitos de consumo (El Gran Escape, FCE, 2015).

Partiendo de estas dos acreditadas premisas me propongo analizar aquí brevemente si en la España actual determinados sobreconsumos tienen, paradójicamente, una mayor intensidad en los estratos más bajos de la escalera social (debido a que se concentran en alimentos o bebidas más baratos), al mismo tiempo que determinadas enfermedades tienen un mayor impacto en dichos sectores sociales.

Si así fuese podríamos concluir que el deterioro de los ingresos de amplias capas de la población española estaría impulsando una alimentación poco saludable, lo que a su vez potenciaría el riesgo de contraer aquellas enfermedades de las que se ocupaba Jared Diamond.

Los datos que presento los tomo de nuestra Encuesta Nacional de Salud de España 2017 clasificados para los dos grupos extremos de clase social que dicha encuesta ofrece. Como clase alta los que son directivos, propietarios o gerentes de empresas de más de diez empleados y como clase baja los trabajadores no cualificados.

En primer lugar comprobamos como las prácticas alimentarias menos saludablesson más intensas en la clase baja. Para las tres modalidades seleccionadas (consumo diario de embutidos, de dulces o de refrescos azucarados) su ingesta es más habitual entre miembros de las clases bajas debido a que son más asequibles para sus menores rentas. Singularmente en el caso de las bebidas azucaradas: menos del 4% de la población más rica las consume a diario, mientras que entre los de menos ingresos el porcentaje asciende hasta cerca del 14%. Más del triple.

Hábitos alimentarios poco saludables (España, 2017)

Grafico1

Fuente: elaboración propia con datos de la Encuesta Nacional de Salud de España 2017

En segundo lugar comprobamos como los hábitos alimentarios más saludables son menos frecuentes en la clase baja. En este caso los tres ejemplos seleccionados (consumo diario de fruta fresca, de zumos naturales y de verduras y hortalizas) son mucho menos frecuentes entre las clases bajas debido a que anotan mayores precios relativos que los de aquellos alimentos menos saludables. Para estratos sociales de menores rentas el mayor precio de los alimentos más saludables se convierte en una barrera a su consumo diario. Por ejemplo, casi un 73% de la población más rica consume fruta fresca a diario, mientras que en la menos rica el porcentaje es del 59%.

Hábitos alimentarios saludables (España, 2017)Graf2

Fuente: elaboración propia con datos de la Encuesta Nacional de Salud de España 2017

Y ya por último comprobamos como, ajustado a aquellos hábitos alimentarios menos y más saludables, patologías muy representativas son mucho más frecuentes en la clase baja que en la más alta. En todas las seleccionadas (obesidad, infartos, diabetes, renales o ictus) su frecuencia o porcentaje es prácticamente del doble en las clases bajas que en las altas. Algo que en buena medida traduce el impacto negativo a largo plazo de los desiguale hábitos alimentarios condicionados por el nivel de ingresos.

Distribución de algunas patologías en España, 2017Graf3

Fuente: elaboración propia con datos de la Encuesta Nacional de Salud de España 2017

Es así como la combinación del declive de las rentas de buena parte de la población con la oferta –por parte de las industrias de alimentación y bebidas– de productos muy baratos, pero poco saludables, hacen que aparezca como un grave problema médico individual lo que en el fondo deriva de factores políticos y sociales.

Estaríamos ante una auténtica expropiación de la salud como bien titulan Juan Gervás y Mercedes Pérez en un libro reciente.

Problemas muy poco transversales

Se trata, como acabamos de ver, de problemas sociales muy poco transversales, ya que afectan de forma especialmente intensa a los estratos de menor renta. Problemas que se tornan por tal motivo en muy poco visibles a causa de la escasa influencia social de dichos sectores, y es raro que afloren en los medios de comunicación y en la agenda política.

Es por eso que todo avance que reduzca la desigualdad social (de ingresos o en la prestación de servicios públicos) es una condición necesaria para superar estas asimetrías en los riesgos de enfermedades, como también lo es el implementar una hoy inexistente educación social alimentaria (por ejemplo en los canales públicos de TV, en lugar de masivos concursos súper competitivos).

Para lo primero es, por una parte, necesario revertir las causas de la galopante desigualdad de ingresos, sobre todo en la brecha entre directivos y empleados. Suplementariamente evitar que los primeros sean gorrones fiscales (renta, patrimonio, sucesiones, IVA) y de la seguridad social (con exenciones, topes o tipos máximos ridículos) mientras los segundos son sus costaleros. Y, hecho todo lo anterior, suprimiendo para las rentas bajas, todos los copagos y repagos médicos o farmacéuticos pues, como acabamos de ver, gravan con doble intensidad a rentas que no se pueden permitir ni siquiera una alimentación saludable.

Copagos que suelen venderse en un pack, y aceptarse, a cambio del señuelo tóxico de la libre elección del paciente, la no dedicación exclusiva del personal sanitario y la eliminación de las listas de espera. Toda una ratonera neoliberal. En ocasiones incluso respaldada por los que más la van a padecer.

A modo de suma y sigue

En mis análisis para infoLibre busco visualizar cómo los problemas sociales se hacen especialmente lacerantes para una parte, creciente, de la población española.

Así he analizado (en entregas anteriores) para el caso de las personas mayores con pensiones insuficientes y con menguante poder adquisitivo: cómo podrían ser mayores, cómo podríamos no haber agotado el fondo de reserva, o cómo dejar -o no- en manos del mercado la oferta de las residencia de mayores.

En relación a la población más joven cómo el forzado retorno de inmigrantes y la emigración masiva de jóvenes españoles, por casi tres millones de personas en los últimos diez años, convive con el elevado desempleo y precarización de los que consiguen una ocupación, o con sus crecientes dificultades para acceder a una vivienda.

Para todos los desempleados, pero singularmente para los parados de mayor edad, se comprueba que se ha desplomado la protección en los últimos diez años.

Y, finalmente, hemos aclarado como para todos esos colectivos (mayores, jóvenes, desempleados) con ingresos más bajos, la atención de sus problemas de salud (bucodental por ejemplo) reclaman reforzar una cobertura pública que enfrente las numerosas morbilidades asociadas a la pobreza (como las derivadas del consumo de determinados alimentos y bebidas). @mundiario