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MUNDIARIO

La cumbre climática de Madrid (V): ¿Qué ha pasado?

España ha vivido una convulsión informativa novedosa con la cumbre climática. Y, tras ella, ha venido la decepción. Y con esta, el desánimo y el culpabilizar a “los políticos”. Pero lo cierto es que ese tipo de simplificaciones perjudica a la lucha climática, más que ayudarla. Necesitamos ir más allá.

La cumbre climática de Madrid (V): ¿Qué ha pasado?
Greta Thumberg. / Twitter
Greta Thumberg. / Twitter

Fernando Bruna

Profesor de economía.

En entregas previas de esta serie sobre la cumbre climática, habíamos dicho que era una cumbre de continuidad, no de cambios radicales. Sin embargo, nos enfrentamos a una emergencia, y todo este esfuerzo ha levantado muchas expectativas también. Hay que valorar sus repercusiones con perspectiva, pero también con exigencia. Me voy a ceñir a evaluar las repercusiones desde España, como estado anfitrión.

Básicamente la cumbre ha valido para preparar la próxima cumbre

La sensación de desánimo es inevitable, sobre todo cuando los grandes discursos generan expectativas elevadas. Sin embargo, culpabilizar a “los políticos” sólo aumenta la brecha entre la ciudadanía y la política, cuando en realidad el problema climático es esencialmente político, de leyes y normativas, de políticas regulatorias y de concienciación.

La cumbre ya se iniciaba con una baja participación de grandes actores mundiales. Y pretendía hacer avances difíciles de lograr, para desarrollar el Acuerdo de París. A ello se añade el creciente papel internacional de la ultraderecha, que suele ser negacionista en el ámbito climático. Ello lo hemos visto en los bloqueos de Polonia a los acuerdos europeos. Al no conseguirse la unanimidad, no fue posible obtener acuerdos vinculantes. Pero no podemos decir que la culpa sea de “los políticos”. Es de la ultraderecha.

Uno de los principales escollos ha sido la regulación de los mercados de CO2, que permiten comprar y vender derechos de contaminación, sujetos a unas cuotas máximas. El mecanismo es muy efectivo, ya que la compra de derechos encarece mucho las emisiones, ayudando a que otras alternativas técnicas resulten más rentables. No ha sido posible el consenso necesario, pero no debemos de menospreciar el avance que supone la nueva estrategia climática de la Unión Europea. El objetivo de la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen sigue siendo que Europa se convierta en “el primer continente climáticamente neutro”.

Por otra parte, estamos en un ámbito de enorme complejidad. Hay que ver como se cubren las aportaciones del Reino Unido al presupuesto europeo tras el Brexit. Y los gobiernos de cada país tienen que vender a sus votantes éxitos de financiación para la transición energética. La próxima cumbre, la COP26, que se celebra en noviembre de 2020 en Glasgow (Escocia), será posiblemente más importante que esta. Pero el calendario para esta nueva cumbre es muy justo. Y los retos son enormes.

Cambios en el discurso empresarial y político

Aunque pueda parecer poco, tampoco debemos menospreciar la labor de concienciación que supone la cumbre. En el caso de las empresas energéticas, están apostando por energías renovables debido a que preveían que estas fuesen cada vez más rentables, así como porque los costes de emisión de contaminantes son cada vez mayores. Por ejemplo, tanto Iberdrola como Endesa han financiado la celebración de la Cumbre. Pero mientras Iberdrola hizo una campaña de comunicación basada en intervenir en foros específicos y reconocer el pasado contaminante del sector energético, Endesa hizo una lamentable campaña, comprando a gran escala publicidad en las portadas de periódicos. El matiz de una estrategia de comunicación u otra no es pequeño y la estrategia de Endesa transmite escasa credibilidad. Las empresas deben aprender de estas experiencias para redefinir su estrategia corporativa ante un consumidor adulto y concienciado.

Igualmente, los partidos y políticos concretos han de meditar su estrategia medioambiental. Estos días hemos visto a políticos hacer el ridículo, como el alcalde de Madrid, Martínez-Almeida, teñido de ecologista de un día para otro. No se puede jugar demasiado con estas cosas. Sin embargo, algo queda. No es poco darse cuenta de que la lucha climática “vende”.

Greta Thumber es el gran problema

No es difícil de entender por qué tanta gente ha dedicado tanta energía a criticar a Greta, en vez de a luchar contra el cambio climático. Greta se convirtió en un símbolo y, como tal, se le sometió a una identificación ideológica (ver partes III y IV de esta serie de artículos). Pero mi sensación es que sus críticos han perdido esa batalla. Mientras los más recalcitrantes criticaban cada aspecto de Greta, la revista Time la escogía persona del año, a pesar de que ella no quería ser bandera de nada. Más bien, los críticos con Greta se revelaban como zafios obstáculos, sin discurso positivo que ofrecer.

La cuestión no es Greta, ni es ideológica. Es muy básica, científica, medible y asumible. Y la cumbre ha ayudado a revelarlo, aunque aún no lo suficiente. Hasta el último minuto, el viaje de vuelta de Greta, los recalcitrantes han estado haciendo campaña en contra, con que Greta simulaba viajar en el suelo cuando lo hacía en primera clase. En realidad, ella respondió de forma inmediata que tuvo que viajar en varios trenes abarrotados, y que a partir de un cierto tramo consiguió un asiento, que era de primera clase. Pero los recalcitrantes no tenía ningún interés en publicar su explicación. Lo único importante es criticar a Greta Thumber. Y eso, amigos míos, es el problema, no los políticos como grupo. El problema está en esas mentes obsoletas y patéticas que no están a la altura del reto que tenemos delante. Mentes de periodistas y de políticos, y de ciudadanos que los leen y los votan, mientras se quejan de los periodistas y de los políticos.

Pero todo esto del cambio climático no sólo va de una transformación del sistema productivo. Va también de una transformación de las mentes. @mundiario