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La competitividad, factor estratégico clave de la recuperación económica

La orientación a una competitividad sostenible a largo plazo es esencial si buscamos una recuperación económica real y no una basada en meras operaciones estéticas.

La competitividad, factor estratégico clave de la recuperación económica
World Economic Forum. / Facebook
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Abraham Muinelo

Abraham Muinelo

El autor, ABRAHAM MUINELO, es colaborador de MUNDIARIO. Es Ingeniero y máster en organización Industrial. MBA. Doctorando en Económicas y Empresariales. Director de consultoría estratégica. @mundiario

La palabra crisis proviene del griego krisis y a su vez del verbo krinein, que significa separar, decidir. Ya en la medicina hipocrática se usaba este término como punto de inflexión entre el deceso o el momento en el que los procesos naturales permitían la recuperación del paciente. Tras casi 8 años de eufemismos, parece necesario un análisis objetivo sobre la realidad económico-financiera en términos de competitividad.

La competitividad es un concepto con límites difusos y se define en estrecha relación con otros aspectos, entre ellos, la productividad, incluyendo la laboral, la marginal, así como la total de los factores (PTF). En el contexto internacional, la Harvard Business School define la competitividad como la habilidad de un país para crear, producir y distribuir productos o servicios en el mercado internacional, manteniendo ganancias crecientes de sus recursos.

El Índice de Competitividad Global

El Foro Económico Mundial publica, anualmente, el Índice de Competitividad Global de las economías de países desarrollados y en desarrollo en el que se miden aspectos tan relevantes como las instituciones, infraestructuras, entorno macroeconómico, salud y educación primaria, educación superior y formación, eficiencia del mercado de bienes, eficiencia del mercado laboral, desarrollo del mercado financiero, preparación tecnológica y tamaño del mercado.

En el informe 2015-2016, se han evaluado 144 países, encontrándose España en el puesto 33º  con un índice de 4,59, por lo que sube dos puestos en el ranking. Parece una buena noticia, salvo por el hecho de que en el período 2007-2009 ocupábamos el 29º puesto y en el 2011 caímos al 42º puesto.

Figura 1 (650 pix)

Tras leer atentamente el informe  se concluye que España empeora su posición en el capítulo que mide la calidad de las instituciones, el entorno macroeconómico, la sanidad y la educación primaria. Precisamente el entorno macroeconómico es uno de los capítulos en los que sacamos peor nota al ocupar el lugar 116º debido a los grandes desequilibrios de deuda pública, déficit y endeudamiento exterior. Teniendo en cuenta que tenemos una deuda pública y privada en máximos históricos, un IVA del 21%, altas cargas impositivas a particulares y empresas, una baja inversión en I+D, precariedad laboral y se han eliminado muchas de las deducciones por inversiones, parece que los fundamentos de la competitividad no se han tenido en cuenta. Conceptos como la innovación, la productividad y la competitividad son elementos esenciales en el desarrollo económico de una nación, pero deben ser sostenibles a largo plazo y no basados en los elementos más frágiles de la cadena.

Los datos analizados indican que tenemos problemas en inversión extranjera de calidad y un notable gap entre productividad y remuneración de la productividad. Asimismo, la ineficiencia burocrática, las altas cargas impositivas, la insuficiente capacidad de innovación, la complejidad de las tasas y la corrupción, se identifican como los factores más problemáticos a la hora de hacer negocios. 

Figura 2 (650 pix)

En cuestiones de confianza pública, en los políticos ocupamos el puesto 108º y en la percepción del dispendio del gasto público el 111º. Con respecto a la eficiencia el mercado laboral ocupamos el puesto 92º, en el desarrollo del mercado financiero el 77º y en la carga que suponen las regulaciones gubernamentales a la hora de hacer negocios el puesto 124º. Si tenemos en cuenta que de los 144 países, aquellos que realmente nos importan son los que suponen una potencial competencia, estos datos invitan a una profunda reflexión.

Por otro lado, es una realidad que estos últimos años hemos mejorado nuestras exportaciones de productos y servicios, pero debemos tener en cuenta que el aumento se debe, además de la imperiosa necesidad de buscar nuevos mercados, a la política económica del Banco Central Europeo. Esta última es, a priori, interesante para las exportaciones pero por otra parte aumenta los temores de una deflación (podría causar estragos en el pago de deuda y hacer que los consumidores pospongan sus compras a la espera de precios más bajos). El plan de expansión cuantitativa -expansión monetaria o de liquidez - que está llevando a cabo el BCE  tiene sus riesgos. Mientras que en EE UU los Quantitative Easing (QE) se enfocaron a la consecución de una tasa baja de desempleo, en Europa el objetivo es mantener las metas de inflación. Es por ello que la situación actual hace que nuestro sistema sea extremadamente vulnerable a futuras decisiones en las que apenas tendremos incidencia.

Por todo lo argumentado, es probable que debamos replantearnos los pilares sobre los que se está basando la recuperación, así como destacar la sostenibilidad a largo plazo como factor inherente al concepto de competitividad.