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Caminos de incertidumbre

MUNDIARIO avanza un fragmento de la obra 'Caminos de incertidumbre.Tecnologías y sociedad'.

Caminos de incertidumbre
Caminos de incertidumbre.
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Albino Prada

Albino Prada

El autor, ALBINO PRADA, es colaborador de MUNDIARIO. Doctor en Ciencias Económicas por la USC, es profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Vigo y forma parte de Ecobas y de Attac. Fue miembro del Consello Galego de Estatística, del Consello Económico e Social de Galicia y del Consello da Cultura Galega. Es autor de Caminos de incertidumbre (Catarata), un ensayo con el que cierra la trilogía que iniciara con El despilfarro de las naciones (2017) y prosiguiera con su Crítica del hipercapitalismo digital (2019)”. @mundiario

Este ensayo tiene como norte argumental diferenciar entre riesgo e incertidumbre. Hay riesgo al apostar cara o cruz con una moneda, pero cuando la moneda desaparece nos hayamos en un escenario completamente imprevisible: el de la incertidumbre. La pandemia del coronavirus ha expuesto a nuestras sociedades a circunstancias impensables, lo que nos obliga a indagar sobre otros peligros que nos amenazan en este siglo XXI, desde las superbacterias asociadas a nuestro modelo alimentario a la inteligencia artificial y el big data, la temeridad nuclear, el colapso climático, la manipulación genética, la robotización o la exclusión social.

Considero que tanto los despilfarros de múltiples recursos (por ejemplo energéticos) como las tecnologías para mantenerlos (por ejemplo nuclear) conviene rastrearlos en un análisis retrospectivo de las opciones y soluciones humanas que nos trajeron hasta aquí; y hacerlo, al mismo tiempo, para aquellas otras tecnologías (productivas, genéticas, transportes, alimentarias, digitales) que nos sitúan ante no pocas fronteras de incertidumbre en relación a las condiciones de existencia de la humanidad.

Opciones humanas que nos enfrentan a pandemias como el coronavirus Covid-19. Que está suponiendo un dramático recordatorio global a nuestras sociedades de lo que sucede cuando no nos enfrentamos a riesgos sino a incertidumbres. Convirtiendo en imperiosa necesidad el rastrear –para prevenirlas- otras incertidumbres no menos letales que nos amenazan en este siglo XXI.

Como quiera que buena parte de esa tarea la había realizado en un anterior y muy extenso ensayo –auto editado y sin distribución comercial- titulado “La razón en evolución” (2011), he seleccionado aquí, corrigiéndolos y ampliándolos, aquellos capítulos centrados en una retrospectiva de lo que ya a Montaigne en 1595 le había llevado a afirmar: “La razón humana es una espada doble y peligrosa”. 

El conjunto de peligros e incertidumbres a los que nos enfrentan nuestras opciones tecnológicas podrían quizás esquivarse si tomamos conciencia de las disyuntivas que nos trajeron hasta aquí. Pues sospecho que algunas de las opciones que dejamos por el camino, o ciertas sendas menos frecuentadas, podrían sernos hoy más útiles, para evitar esos colapsos, que la ciega confianza de que avanzamos en la dirección correcta. Porque, como se verá aquí, en el pasado las soluciones humanas fueron, y debieran serlo aún más en el futuro, múltiples y diversas. Desentenderse del cómo algunas han llegado a alcanzar una hegemonía imparable, así como de embridarlas o diversificarlas, nos podría costar muy pronto demasiado caro.

Tomar buena nota de las implicaciones sociales de lo anterior nos obliga a asumir que a medida que la tecnología se hace más compleja, el funcionamiento defectuoso resulta más difícil de predecir, de controlar, o incluso, de detectar. Es por eso que los problemas de complejidad aumentan hoy más rápido que los medios para su solución. Y es así como progresamos hacia la incertidumbre o el colapso. Hacia situaciones en las que resulta temerario actuar suponiendo, como al lanzar una moneda, que es improbable que salga cruz. Porque ya no se trata de probabilidades, ni de riesgos, sino de incertidumbres. Algo así como si la moneda desapareciese. Porque una cosa es enfrentarse al riesgo, un «miedo al daño que debería ser proporcional no sólo a la gravedad del daño, sino también a la probabilidad del evento», y otra muy diferente enfrentarse a la incertidumbre: una fuente de riesgo que no se presta al cálculo (de su gravedad, de su probabilidad, o de ambos).

Por eso debiéramos asumir y enfrentar la incertidumbre derivada de que, en cierto momento del futuro, distintos grupos de seres humanos puedan seguir sendas evolutivas diferentes a causa del uso de tecnología genética. Hoy no es una especulación ociosa discutir, y precaverse, sobre las consecuencias futuras de praxis de momento fuera de nuestro alcance, pero en absoluto inverosímiles. Más bien al contrario. No debiéramos encontrarnos desprevenidos frente al equivalente a Hiroshima en ingeniería genética o en inteligencia artificial sobrehumana (IAS). Desprevenidos frente a los efectos de selección y uniformidad genética, derivados de nuestra actual dificultad para manejar las fronteras entre la razonable exclusión de caracteres hereditarios indeseables y la optimización de los deseables, entre la eugenesia terapéutica y la perfeccionadora.

Otro amenazador escenario de esa frontera letal –entre riesgo e incertidumbre- bien podría ser éste: si el hielo de la Antártida se licuase -al desprenderse el manto de hielo del oeste del mismo- se elevaría el nivel del mar en cinco metros en todo el mundo. Para hacernos una idea de aquello a lo que nos enfrentamos debe tenerse en cuenta que la fusión de los hielos al final del último período glacial duró más de mil años con un aumento de seis grados. El calentamiento global actual (derivado de nuestro modelo energético, industrial y consumista) tendría ya un ritmo de triple de intensidad. Nos dirigiríamos de forma irreversible a un escenario invivible (Hothouse Earth, Tierra Invernadero), derivado de una cascada de realimentaciones fuera de control. Un escenario que, aunque dieciséis científicos que suscriben tal diagnóstico lo rotulen coloquialmente como riesgo (risk), es obvio que debe nombrarse como incertidumbre (efectos impredecibles, no lineales, exponenciales, desbocados). No deja de ser un eufemismo llamar a todo esto cambio climático.

Sin duda otro escenario de incertidumbre, con una escala temporal abrumadora, también derivado de una actividad humana que ignora los límites y la precaución, lo tendríamos en los residuos nucleares que son prácticamente eternos en relación a la escala de una vida humana. Y es por eso que la energía nuclear debiera considerarse como una falsa, y letal, vía de escape (respecto al calentamiento global o al agotamiento de los hidrocarburos).

Todas ellas son situaciones en las que, aunque sus defensores hablan de riesgos controlables, debemos asumir que nos deslizamos hacia terrenos de incertidumbre. Porque si hacemos caso de las compañías aseguradoras, para las que –por ejemplo- el riesgo nuclear no es asegurable, no debiéramos confiar en muchos ingenieros y ejecutivos. Ya que cuando éstos hablan de cálculo del riesgo, aquellas detectan incertidumbre: «cuando la lógica del seguro privado se lava las manos, cuando los riesgos económicos del seguro parecen demasiado grandes o demasiado impredecibles para los consorcios aseguradores» (Beck, 1999). Es por eso que, en cuanto a la detección de incertidumbres, debemos considerar a las compañías de seguro como «pesimistas tecnológicos dignos de todo crédito». Y cuando se trata de amenazas no asegurables (es decir, de incertidumbres) lo cabal es aplicar el principio de precaución y abstenerse. De no actuar así, en un futuro cercano provocaremos un ecocidio. Un suicidio ecológico inducido por una sociedad de mercado que nos transformará en una isla de Pascua a gran escala.

En “El despilfarro de las naciones” (Clave Intelectual, 2017) me ocupé de rastrear a lo largo de la historia el lugar central que habitualmente no se le reconoce a nuestra pulsión al despilfarro, frente al relato -que creo a cada paso más irrelevante- de la gestión de la escasez. Objetivo que detallé para la época actual señalando tanto las amenazas (sociales o ambientales) a las que nos conduce, como algunas alternativas para sortearlas. En mi anterior ensayo “Crítica del hipercapitalismo digital” (Catarata, 2019) concretaba mi análisis para uno de nuestros más recientes logros tecnológicos y sus implicaciones sociales: de la inteligencia artificial a las ciberdictaduras. Mi labor se limitó a recordar amenazas y alternativas para aquellos que, no siendo tecnófobos, nos distanciamos de los muy numerosos optimistas tecnológicos. Cierro con estos “Caminos de incertidumbre” (Catarata, 2020) mi trilogía crítica sobre nuestras sociedades contemporáneas presuntamente desarrolladas. @mundiario