BBVA y Sabadell, una guerra de narrativas que pone a prueba la confianza del mercado
La tensión entre el BBVA y el Sabadell ha alcanzado su punto más alto. Lo que comenzó como una operación de fusión por absorción, revestida de argumentos de eficiencia y creación de valor, ha derivado en un enfrentamiento público que deja al descubierto las grietas del sistema bancario español y las tensiones latentes entre el poder financiero y el orgullo territorial.
Onur Genç, consejero delegado del BBVA, ha acusado al Sabadell de difundir información “no correcta” sobre las condiciones de una eventual segunda oferta pública de adquisición. El conflicto, aparentemente técnico, encierra una lucha de relatos: mientras el BBVA busca proyectar confianza y control, el Sabadell intenta ganar tiempo apelando al escepticismo de los minoristas y al miedo de los reguladores a una concentración bancaria excesiva.
La disputa gira en torno a los términos de una hipotética segunda opa, que solo se plantearía si la actual —ya en su recta final— obtiene una aceptación entre el 30% y el 50%. En ese escenario, el BBVA podría decidir insistir, pero no mejorar el precio. Según Genç, cualquier segunda oferta se haría “al mismo valor que la actual”, por lo que esperar sería un “error estratégico” para los accionistas. Pero el problema es que los fundamentos legales citados por el ejecutivo no coinciden del todo con el texto de la normativa de opas, lo que introduce un elemento de incertidumbre jurídica en el debate.
Más allá del tecnicismo, la acusación de “difusión de información incorrecta” eleva el tono de una contienda que ya había sobrepasado el ámbito de las cortes de bolsa. Se trata, en realidad, de una guerra psicológica. Cada palabra que pronuncian los líderes de ambas entidades está orientada a influir en los inversores institucionales, los fondos indexados y los pequeños accionistas, que tienen en sus manos el desenlace.
Genç insiste en que el éxito de la operación está prácticamente garantizado. Asegura contar con el apoyo de los fondos activistas, que representan cerca del 30% del capital del Sabadell, y que ven en la opa una oportunidad de aumentar el valor de sus participaciones en el corto plazo. Los fondos pasivos —un 20% del capital— seguirán la corriente del mercado, acudiendo a la oferta si perciben que esta logrará mayoría. Es decir, la psicología colectiva del capital jugará un papel tan determinante como las cifras.
En cambio, el verdadero misterio se encuentra en los accionistas minoristas, el bloque más imprevisible y emocional. Estos pequeños inversores, muchos de ellos con lazos históricos con el Sabadell y con una visión más identitaria que financiera, podrían convertirse en el muro que frene la absorción. No es casual que Genç haya apelado directamente a ellos, citando como ejemplo al consejero del Sabadell David Martínez, que ha decidido acudir con su 4% del capital: “Si los profesionales aceptan la oferta, ¿por qué tú no?”, desafió el ejecutivo.
Pero el trasfondo de esta operación va más allá de la estrategia empresarial. Es también una batalla por el relato de la banca española. El BBVA, con su músculo global y su apuesta por la rentabilidad, representa el modelo de gran banco paneuropeo que busca escalar posiciones en un mercado cada vez más concentrado. El Sabadell, por su parte, se presenta como el último bastión del banco de proximidad, con una fuerte implantación territorial en Cataluña y la Comunidad Valenciana, que teme diluirse en un gigante financiero sin rostro.
En este contexto, el papel de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) será crucial. No solo deberá aclarar cómo se calcularía el precio de una hipotética segunda opa, sino también garantizar que el proceso transcurra sin manipulaciones informativas ni presiones indebidas. La CNMV se convierte, así, en árbitro de una partida donde las reglas se interpretan con flexibilidad estratégica y donde la comunicación corporativa se usa como arma.
La operación BBVA-Sabadell es, en el fondo, un reflejo de la transformación que vive el sistema financiero europeo: concentración, digitalización y pérdida de identidad local. Pero también pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la lógica de los grandes capitales debe imponerse a la diversidad del tejido bancario nacional?
Si el BBVA logra su objetivo y supera el umbral del 50%, consolidará su posición como la segunda entidad más poderosa del país y abrirá un nuevo capítulo en la historia de la banca española. Pero si fracasa, el coste reputacional será alto. Porque más allá del resultado contable, lo que está en juego en esta opa hostil no es solo quién compra a quién, sino qué modelo de banca —y de país— prevalecerá en los próximos años. @mundiario