Un 11% de los trabajadores en España están en riesgo de pobreza

Un camarero en una terraza de Sevilla. / RR. SS.
Uno de cada diez trabajadores en España es pobre pese a tener empleo: el síntoma más crudo de un mercado laboral desequilibrado.

En España, tener un empleo ya no garantiza poder vivir con dignidad. Los datos de Eurostat son un espejo incómodo: el 11,2% de los trabajadores españoles está en riesgo de pobreza, el tercer peor dato de toda la Unión Europea. Solo Luxemburgo y Bulgaria presentan cifras más altas. Lo alarmante no es solo el lugar que ocupa el país, sino la persistencia del problema: incluso con un crecimiento económico robusto, el porcentaje apenas mejora una décima respecto al año anterior.

Detrás de este estancamiento hay una verdad incómoda: el empleo español, aunque abundante en cifras, sigue siendo precario en su calidad. La creación de puestos de trabajo ha sido una de las banderas de recuperación tras la pandemia, pero la letra pequeña revela una brecha salarial que no deja de ensancharse. El salario mínimo ha subido un 61% desde 2018, un avance innegable, pero los salarios intermedios han permanecido casi congelados, lo que ha comprimido la base de la pirámide laboral. Cada vez más trabajadores cobran cerca del salario mínimo, y con precios que no dejan de subir, la sensación de ahogo se multiplica.

Carlos Susías, presidente de EAPN España (Red Europea de Lucha contra la Pobreza, en sus siglas en inglés), resume el dilema en una frase: “El empleo ha crecido, pero no su calidad”. La afirmación condensa una década de desigualdades enquistadas. La devaluación salarial que siguió a la crisis de 2010 nunca se revirtió del todo, y aunque el país presume de haber recuperado la senda del crecimiento, muchos empleados continúan atrapados en la misma franja de renta que hace quince años. En términos reales, los salarios apenas han aumentado desde 2007.

El fenómeno de los “trabajadores pobres” ya no es una rareza estadística: es una realidad estructural. Personas que encadenan contratos temporales, jornadas parciales involuntarias y sueldos que no alcanzan para cubrir el alquiler o llenar la nevera. Y si el problema tiene un rostro, ese rostro suele ser el de una mujer o un extranjero.

La pobreza laboral tiene rostro extranjero

La brecha por nacionalidad es especialmente llamativa: el 25,2% de los trabajadores extranjeros en España está en riesgo de pobreza, frente al 8,8% de los nacionales. Una diferencia abismal que refleja no solo desigualdad económica, sino también desigualdad de oportunidades. Los trabajadores migrantes suelen concentrarse en sectores de baja remuneración —hostelería, agricultura, cuidados— y con mayor inestabilidad contractual. Su precariedad es la base invisible sobre la que se sostiene buena parte del crecimiento económico español.

La paradoja del salario mínimo

El salario mínimo interprofesional ha sido una herramienta poderosa para elevar las rentas más bajas, pero también ha generado un efecto colateral: ha estrechado la franja salarial hasta el punto de que una gran proporción de empleados gana prácticamente lo mismo. En 2023, el 7,4% de los trabajadores cotizaban por la base mínima, más del doble que en 2018. Y si se amplía el rango al 125% del salario mínimo, la cifra se dispara al 22,8%.

El resultado es una clase trabajadora cada vez más homogeneizada por abajo. La mejora nominal de los sueldos no se traduce en bienestar real cuando la inflación devora cada euro extra y el coste de la vivienda —especialmente en grandes ciudades— se convierte en una barrera infranqueable.

El espejismo del empleo

España lidera, además, la tasa de paro en Europa con un 10,5%. Es decir, ni el crecimiento ni la creación de empleo bastan para cerrar la herida social. Lo que debería ser un motor de movilidad se ha convertido en un espejismo: trabajar ya no es sinónimo de prosperar, sino apenas de sobrevivir.

La estadística revela una ironía amarga. En un país que celebra cada décima de reducción del desempleo, más de un millón de personas con empleo siguen atrapadas en la pobreza. No por falta de esfuerzo, sino por un sistema laboral que premia la cantidad sobre la calidad. Y mientras esa ecuación no cambie, el empleo seguirá siendo un refugio frágil frente a una pobreza que ya no se mide por el paro, sino por la incapacidad de llegar a fin de mes. @mundiario