La temporada de Fórmula 1 llega a Mónaco, donde sus muros marcarán los límites

Lujo y carreras unidas en Mónaco/Taringa.net
Lujo y carreras unidas en Mónaco. / Taringa.net

Las estrechas calles del Principado de Mónaco se transforman en un espectacular circuito donde el riesgo y el glamour conviven a partes iguales en una carrera única.

La temporada de Fórmula 1 llega a Mónaco, donde sus muros marcarán los límites

Una vez al año el circo de la Fórmula 1 saca sus mejores galas para lucirse en las calles del Principado de Mónaco, que transforma sus calles en un intrincado circuito que pone a prueba a los pilotos de Fórmula 1. La carrera monegasca es, por tradición, el mayor estandarte del mundial y debido a ello la rigidez habitual de la FIA se relaja para dar cabida a esta carrera.

Así, es la única carrera de la temporada que rompe con la estructura habitual de un fin de semana de Gran Premio, puesto que los viernes no se corre, siendo los entrenamientos libres el jueves. El motivo es que la carrera siempre se celebraba coincidiendo con la festividad de la Ascensión, debido a que esa semana el principado reducía su actividad y era menos problemático cortar las calles. Sin embargo el viernes de Ascensión es festivo en Mónaco y por ello no dejaban correr a los coches. Y es que al Príncipe Rainiero, principal impulsor de la carrera, no se le escapaba una, ya que con esta triquiñuela lograba que los visitantes estuviesen un día más en Mónaco. Debido al despegue del Principado en los sesenta y setenta, incluso logró que el calendario anual se hiciese teniendo en cuenta el día de la Ascensión. A día de hoy ya no se cumple la tradición, pero sí se mantiene el viernes libre de actividad.

El “circuito”

El circuito en sí discurre íntegramente por las calles del Mónaco, sin añadidos, por lo que es enormemente estrecho, lento y sinuoso. Además es el más corto de la temporada, pero debido a su lentitud, es la única carrera en la que no se alcanzan los 305 km mínimos de duración que establece la FIA. Llaman especialmente la atención los grandes desniveles de su trazado, y sobre todo el paso por el túnel. A día de hoy es el único circuito del mundial que posee un túnel en su trazado, dicha particularidad obliga a que un destacamento de bomberos se encargue de “regarlo” en caso de lluvia para que los neumáticos de agua no se sobrecalienten.

Una de las imágenes más espectaculares es el paso por el puerto, donde los monoplazas se acercan a escasos metros del Mediterráneo, y los más adinerados pueden disfrutar se las carreras desde sus lujosos yates. Esta peculiaridad tiene sus peajes, en 1955 Alberto Ascari caería con su Lancia al puerto, y antes en 1950, una ola arrollaría a varios monoplazas en Tabac dejándolos fuera de carrera.

Correr en un circuito urbano siempre tiene alicientes, pero si además la ciudad que lo acoge tiene problemas de espacio, la emoción está asegurada. Y es que en Mónaco, donde no sobra ni un centímetro cuadrado, todo se aprovecha al milímetro. Así es el único circuito donde el pit lane está opuesto a la “recta” de meta, de modo que desde el “muro” no se ve el repostaje. Además no cuenta con grandes escapatorias, por lo que está plagado de grandes grúas para elevar los monoplazas en caso de incidentes. E incluso cuenta con una famosa alcantarilla en la bajada a Mirabeau que obliga a los pilotos a realizar extrañas maniobras.

El glamour

Decir Mónaco es sinónimo de glamour y dinero, y es que el pequeño principado se ha convertido en el paraíso de todos aquellos que tienen dinero y quieren que el mundo lo sepa. Así la carrera es un escenario ideal para enseñar al mundo el poderío económico. El puerto se satura año tras año de enormes yates, que luchan por obtener el amarre con mejores vistas y el Grand Hotel se llena de huéspedes que no dudan en pagar sus estratosféricas tarifas para sentir el rugido de los monoplazas. Así uno puede tomarse un café en Beau Rivagge o en la Rascasse mientras ve la carrera, o bien pasear por los jardines del casino y asomarse a Mirabeu. La ceremonia del podio también es especial y es que el trofeo lo entrega la familia real en un palco, a día de hoy ningún piloto se ha atrevido a regarlo con champán. Aunque quizás el clímax se alcance en la cena de gala que la familia real celebra al final de cada carrera y en la que el vencedor tiene el honor de sentarse al lado del príncipe.

La carrera

Y pese a todo se trata de una carrera y no precisamente de las más sencillas. Para los pilotos Mónaco se convierte en un desafío, donde por cada milímetro que te alejas de los muros pierdes una centésima. Los comisarios solían colocar cerillas en los guardarrailes para comprobar qué piloto era capaz de tirarlas, y alguno se iba con la caja vacía a casa. Debido a su estrechez los adelantamientos son muy complicados, por lo que una buena clasificación es fundamental. Sin embargo es un circuito muy exigente físicamente con los pilotos, en cada vuelta se realizan más de 70 cambios de marcha, el asfalto suele estar bacheado y es muy cambiante, y a lo largo de 78 vueltas es fácil cometer un error. Es por ello que en Mónaco hasta que se cruza la bandera a cuadros puede suceder cualquier cosa.

La historia

Las calles de Mónaco han coronado a grandes pilotos, destacando sobre todos Ayrton Senna con 6 victorias, y tras él Graham Hill y Michael Schumacher, que han logrado subirse en cinco ocasiones a lo más alto del cajón. Sin embargo las grandes historias de Mónaco se han escrito siempre en pequeños momentos. Así en un lejano 1.996 Olivier Panis lograba la victoria en una lluviosa carrera que sólo acabaron 4 coches. O en 1.982 y también bajo la lluvia un comisario se desvivía por explicarle a un ofuscado Patresse que era el vencedor, pese a que en la anterior vuelta había pasado cuarto por meta. En 1.970 el recientemente fallecido Jack Brabham se quedaba sin frenos en la Rascasse, cuando iba líder a dos curvas del final, siendo rebasado a 200 metros de la meta. O en 1.988 cuando Ayrton Senna veia a Dios en Loews, para salirse en la piscina (6 curvas después) cuando iba líder con 50 segundos de ventaja.

Así es Mónaco, el circuito donde los pilotos buscan la “línea mágica”, aquella que permite rozar los guardarrailes sutilmente enlazando curva tras curva, sin pensar en lo que vendrá después, sólo concentrados en meter el coche en la siguiente curva.

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