Sinner y Alcaraz: la obsesión por la perfección que impulsa a los reyes del tenis

Carlos Alcaraz y Jannik Sinner. / Copilot
Ambos dominan este deporte con talento y obsesión: brillan en la pista y entrenan como si cada golpe definiera su legado.

En el firmamento del tenis actual, pocos astros brillan con tanta fuerza como Carlos Alcaraz y Jannik Sinner. Entre los dos han acaparado los últimos siete Grand Slams, y todo apunta a que el US Open podría ser otro capítulo de su hegemonía. Su dominio no es fruto del azar: más allá del talento descomunal, comparten una ética de trabajo que roza lo obsesivo. Golpean pelotas cuando otros ya han apagado las luces. Persiguen la excelencia incluso en la soledad de la madrugada.

En Cincinnati, Alcaraz volvió a la pista tras vencer a Damir Dzumhur. No por obligación, sino por convicción. Quería ajustar sensaciones, corregir errores, marcharse sin dudas en la cabeza. Su actitud evocó la de Rafa Nadal, ese perfeccionista incansable que jamás abandonaba un torneo sin pulir lo que no le había gustado. El murciano no entrena por rutina: entrena para entenderse mejor.

Sinner llevó esa exigencia aún más lejos. Tras derrotar a Gabriel Diallo, pidió pista a su equipo y, bien entrada la noche, se puso a ensayar su servicio. Cien saques después, se retiró con la satisfacción de haber afinado un golpe que, al día siguiente, le permitió ceder apenas un punto con el primer saque ante Adrian Mannarino. No hay descanso cuando el objetivo es la perfección.

Lo que para muchos sería un esfuerzo innecesario, para ellos es una inversión silenciosa en el futuro. No se conforman con ganar: quieren hacerlo de forma impecable. Esa ambición desmedida, la misma que definió a las leyendas, es la que hoy les coloca un paso por delante del resto. El tenis, en sus manos, se convierte en una cuestión de hambre… incluso cuando el reloj marca la hora de dormir.

Alcaraz y Sinner no solo compiten: construyen. Cada golpe nocturno, cada sesión extra, cada corrección minúscula es un ladrillo más en el edificio de su grandeza. Y mientras el mundo duerme, ellos siguen soñando… pero con los ojos bien abiertos. @mundiario