Riazor ya no es un refugio para el Deportivo
El Deportivo vuelve a tropezar en Riazor, esta vez frente a un Levante que supo capitalizar los errores blanquiazules con una efectividad cruel. Aunque el balón estuvo en los pies del Dépor durante buena parte del partido, esa posesión resultó estéril. La afición reconoció el esfuerzo del equipo, pero a estas alturas, el aplauso se está volviendo más una cortesía que un respaldo a un proyecto que no despega. Gilsanz deberá encontrar soluciones pronto, si quiere mantener la esperanza de sus seguidores.
El equipo de Gilsanz careció de la chispa necesaria para romper un partido atascado. El posible penalti sobre Yeremay no puede ser la excusa de una primera mitad que apenas dejó una ocasión clara a favor del Dépor. Es preocupante que, jornada tras jornada, el equipo se muestre predecible, incapaz de sorprender a rivales que llegan a Riazor con un guion bien aprendido: defender y contragolpear. La falta de creatividad en el juego y las estrategias repetitivas están pasando factura.
El inicio del segundo tiempo dejó ver lo mejor y lo peor del Deportivo. Villares logró ilusionar a la grada con un empate que fue más fortuito que trabajado, pero ese breve destello quedó enterrado por otro desliz defensivo que puso el 1-2 definitivo. La desconexión entre Helton y su zaga fue un golpe duro para un equipo que ya no tiene margen para regalar goles. En casa, cada error pesa el doble, y los blanquiazules parecen no haber aprendido esa lección. Los fallos defensivos continúan siendo un problema persistente que el equipo debe resolver urgentemente.
Más allá del resultado, el Dépor sigue adoleciendo de falta de identidad. Lucas Pérez, ya ausente, se antoja un vacío difícil de llenar, pero no es solo cuestión de nombres: el equipo necesita recuperar el instinto que lo hizo temible. Los cambios de Gilsanz fueron más desesperación que estrategia, y aunque Yeremay intentó liderar el ataque, su juventud no puede cargar con la responsabilidad que otros –como Bouldini– no asumen. Es evidente que el equipo necesita una renovación tanto en mentalidad como en táctica.
El Dépor se encuentra en un punto crítico de la temporada, donde la paciencia de la afición comienza a agotarse. Si bien los aplausos aún resuenan en Riazor, cada vez son más los que reclaman resultados y no solo esfuerzo. Gilsanz y su cuerpo técnico tienen un desafío monumental por delante: reavivar la chispa de un equipo que parece haber perdido su rumbo. Las próximas jornadas serán cruciales para definir si el Deportivo puede levantarse de este bache o si seguirá sumido en la mediocridad. Ya hubo cánticos de "directiva dimisión". @mundiario