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MUNDIARIO

Pasar del halago, el aplauso y el reconocimiento a la soledad y el silencio, tiene que ser doloroso

Hace unos días hemos tenido ocasión de comprobarlo. Hemos asistido con sorpresa y con dolor a la desaparición de una mujer deportista, que gozó en su momento del reconocimiento y el aplauso de muchos.
Pasar del halago, el aplauso y el reconocimiento a la soledad y el silencio, tiene que ser doloroso
Blanca Fernández Ochoa.
Blanca Fernández Ochoa.

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Alfonso García

Alfonso García

El autor, ALFONSO GARCÍA, es columnista en MUNDIARIO y también escribe en El Correo Gallego. Es notario jubilado desde 2012 y autor de diez monografías sobre temas diversos. En 2017 publicó "Entre el odio y la venganza. El Comité Internacional de Cruz Roja en la guerra civil española” y ahora ultima “Algunos abuelos de la democracia”. @mundiario

Cuando finaliza la actividad, cualquiera que sea, que ha llenado nuestra vida, por jubilación, enfermedad o retirada voluntaria, es frecuente que percibamos un vacío, abatimiento, desconcierto, tristeza y, tristemente en algunos casos, hasta depresión.

Y es que, de forma repentina, nuestra vida pierde dimensión e intensidad: halagos, satisfacciones, sentido de nuestra utilidad social, ingresos, contactos sociales, preocupaciones, ilusiones y tantas otras cosas que cada uno percibirá de forma diferente.

Esto sucede porque creemos que la vida activa es lo normal y eludimos, "no dispongo de tiempo", pensar en que algún día finalizará. Así las cosas, es obvio que son muy pocos los que, con tiempo suficiente, se preparan para ese momento trascendental, que es, sin duda, una gran oportunidad que la vida nos ofrece para hacer otras cosas, naturalmente si la salud acompaña.

Quienes han tenido una intensa vida profesional de cara al exterior sufrirán las consecuencias con más intensidad; especialmente los que han vivido del aplauso y el reconocimiento público sobre un escenario, en el deporte, la cultura o cualquier otra actividad similar. Si a ello añadimos que en el deporte esta retirada se produce cuando aún queda mucha vida por delante, el problema se acrecienta.

Estos últimos días hemos asistido con sorpresa y con dolor a la desaparición de una mujer deportista, Blanca Fernández Ochoa, que gozó en su momento del reconocimiento y el aplauso de muchos. Me da la impresión de que echaba en falta el reconocimiento de la gente y su calor, y, por, ello, sentía decepción. Su vida pasó de desarrollarse entre multitudes, a estar rodeada de silencio y una cierta soledad, salvo, naturalmente, el placentero refugio de su familia y  verdaderos amigos.

Esta situación de silencio y soledad es relativamente frecuente en el mundo del deporte  - han sido muchos los finales tristes de muchos deportistas- y en el del espectáculo; de ahí, la conveniencia, en mi opinión, de que federaciones deportivas y asociaciones profesionales, difundieran entre sus miembros activos la necesidad de prepararse para esa ineludible etapa de la vida, tras hacer el último mutis por el foro, en los aspectos psicológico,  salud, economía y ocio, por citar sólo algunos  ámbitos.

Olvidarlos y, en cierto modo, abandonarlos cuando llega ese momento trascendental en sus vidas, puede producir efectos lamentables no deseados.

Es muy triste que volvamos a acordarnos de ellos años después de haber bajado del podio o del escenario, en el momento de su muerte o cuando nos enteramos de su vida errante. El cariño, los aplausos, los reconocimientos y los apoyos a quienes han divulgado el arte, la cultura o el deporte, hay que expresarlos cuando pueden recibirlo. @mundiario