El chovinismo se ha dejado sentir en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro

Toro y Craviotto, oro en Río 2016 / 20 Minutos
Craviotto y Toro, oro en Río 2016. / 20 Minutos

Cabe preguntarse si es mejor apaciguar al nacionalismo que lo crea que ningunearlo o suprimirlo. El nacionalismo es como el vino: para consumirse en moderación, propone este autor en un nuevo análisis político para MUNDIARIO. 

El chovinismo se ha dejado sentir en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro

Quienes han leído todas mis contribuciones a MUNDIARIO sabrán que no escribo sobre deportes. Yo simplemente los veo. Por ejemplo, he estado viendo los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro desde el día después de su inauguración. Los deportes olímpicos me parecen interesantes y además siempre apoyo a las delegaciones de Puerto Rico. Sin embargo, hoy me decidí a hacerlo porque la política permea hasta en los avatares del deporte.

Estos JJOO fueron el escenario para el consabido despliegue de capacidad física, destreza técnica y fortitud mental, pero también de expresiones nacionalistas negativas. Un pertiguista francés fue abucheado por los brasileños que le vieron competir contra el atleta local, incluso durante la ceremonia en la que se le otorgó su medalla de plata. Una corredora de las Bahamas fue vilipendiada en EE UU por tirarse de clavado hacia la meta para ganar (muy estrechamente) una medalla de oro en los 400 metros que muchos fanáticos estadounidenses sentían que le fue “robada” a la corredora estadounidense que llegó en segundo lugar. Un atleta egipcio de judo se negó siquiera a estrechar la mano del contrincante israelí que le derrotó. Y en un juego de cuartos de final del baloncesto masculino, los brasileños vitorearon a EE UU no por ser el favorito para ganar el torneo o por la presencia de estrellas de la NBA, sino porque el contrincante era Argentina, con la cual los brasileños no han sido históricamente amables. Puede que se hayan suscitado otros incidentes parecidos, pero estos son aquellos sobre los que tengo noticias ciertas.

No hay duda de que el nacionalismo, como una construcción basada en símbolos y narrativas de identidad colectiva que encuentra su máxima expresión en el Estado, se vuelve dañino cuando se vuelve dogmático e inflexible, cuando recurre a la violencia (como fue el caso de ETA) o cuando enmascara o justifica prejuicios (como ocurrió con los nacionalismos latinoamericanos decimonónicos) o relaciones desequilibradas de poder político y/o económico. O cuando genera chovinismo deportivo, como demuestran las expresiones nacionalistas antes mencionadas. Es como el fenómeno de los “hooligans” en el futbol. Hecha la salvedad de que ese chovinismo asume la existencia de naciones homogéneas y monolíticas, sin diferenciaciones o fragmentaciones internas de ningún tipo, cabe señalar que los JJ OO que conocemos hoy se fundaron bajo la premisa loable de que son atletas y no estados nacionales los que compiten, pero también que la realidad es otra: los estados nacionales y los atletas han sido coprotagonistas principales desde el comienzo (con la excepción de la delegación formada por atletas refugiados, técnicamente sin estado nacional alguno que representar, que compitió este año). Por eso, el riesgo de que el chovinismo deportivo estropee los JJ OO seguirá siendo significativo.

Sin embargo, hay que considerar varias cosas antes de tomar acción en cuanto al asunto. Primero, el nacionalismo acoge una legitima necesidad humana identificada desde los tiempos de Aristóteles: la de formar parte de una colectividad. No es una necesidad de supervivencia física, pero sí psicológica. El chovinismo es un extremo, pero el aislamiento es otro. Segundo, y más ligado al tema deportivo, los triunfos de un atleta, sobre todo cuando se trata de medallas, no son exclusivamente un ejemplo de valores intrínsecos a la condición humana como los de la disciplina, la dedicación y la perseverancia. Esos triunfos representan además un sentimiento de autoconfianza colectiva. Usain Bolt ha paseado la bandera jamaiquina luego de cada una de sus nueve victorias olímpicas, mientras que para algunos de los estados nacionales que ganaron su primera medalla de oro este año (Singapur, Vietnam e Islas Fiji), ese sentimiento no puede ser más categórico. Para Kosovo, el cual también ganó su primera medalla de oro en Río de Janeiro, la contundencia es mayor, pues estos son los primeros JJ OO en los que participa. Otro medallista de oro primerizo es Puerto Rico, territorio de EE UU con plena soberanía olímpica (y además mi lugar de origen); mi compatriota escritor Eduardo Lalo definió el momento en que se ganó aquella medalla como lo contrario a una narrativa histórica de derrotas dignas pero amargas asestadas por fuerzas mayores y también como ejemplo de que las insuficiencias del pueblo puertorriqueño pueden superarse. Sin el constructo nacional, sin esa percepción de identidad, esa autoconfianza colectiva, que puede traducirse a un “nosotros existimos y también podemos”, no se puede entender debidamente. Eso sí, la posibilidad de poner en la práctica cualquier lección a largo plazo que pueda extraerse razonablemente de esas experiencias catárticas depende de la voluntad que tengan los integrantes de la nación para ello. Y esa es otra historia.

No es posible que el Comité Olímpico o las federaciones deportivas castiguen a los chovinistas deportivos del mismo modo en que lo hacen con los atletas que desobedecen las reglas

No es realmente posible que el Comité Olímpico Internacional o las federaciones deportivas internacionales castiguen a los chovinistas deportivos del mismo modo en que lo hacen con los atletas que desobedecen las reglas, pero eso no quiere decir que no se pueda hacer nada. La clave está en atajar el problema desde la raíz. Un primer paso es no presionar a los atletas con expectativas excesivas ni tampoco injuriarlos o rechazarlos cuando no logran ganar esa añorada medalla. Se jugó limpio y se dio el máximo; siempre y cuando se haya logrado ese mínimo, el atleta ha representado dignamente a su pueblo y se le debe agradecer por sus incontables horas de trabajo esforzado. Otro paso es lo que yo llamo la Regla Olímpica de Oro: no hacerle a atletas ajenos lo que uno no quiere que le hagan a los propios. Los chovinistas deportivos deben ser tratados tan severamente como a cualquier “hooligan” en el futbol (y, de hecho, ambos son como dos gotas de agua). Pueden sugerirse otros pasos más.

En definitiva, el problema con el nacionalismo no es el que pretenda servir de aglutinante social o expresión de identidad ante el mundo. El problema, como lo demuestra el chovinismo deportivo, es su abuso. Por eso, el nacionalismo debe ser como el vino: libremente producido y asequible, pero consumido en moderación. @mundiario

El chovinismo se ha dejado sentir en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro
Comentarios