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A Michael Robinson, toda España le llora, porque toda España le quería

Hoy Mónica Marchante me decía que “todos hemos quedado huérfanos”. Y es verdad, porque, como diría Alberto Cortez, “cuando un amigo se va deja un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”.
A Michael Robinson, toda España le llora, porque toda España le quería
Michael Robinson y Augusto César Lendoiro. / Twitter
Michael Robinson y Augusto César Lendoiro. / Twitter

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Augusto César Lendoiro

Augusto César Lendoiro

El autor, AUGUSTO CÉSAR LENDOIRO, es columnista de MUNDIARIO. Licenciado en Derecho, fue concejal, diputado y senador. Presidió la Diputación de A Coruña y el Deportivo de La Coruña (1988-2014). @mundiario

Se nos ha ido Michael Robinson y con él el privilegio al que nos acostumbró Canal+ y ahora Movistar de escuchar a ese inglés-español, a medias en su sentimiento y en su dicción, que nos encandiló tantos años, hasta ganarnos a todos, con Carlos Martinez, Josep Pedrerol, en el palco (después Mónica Marchante), Ramos Marcos, Ricardo, a pie de campo, Maldini... su otra familia, la radiofónica, hoy casi tan apenada como su familia directa.

Lo conocí en el Pub Finita. Creo recordar que estaba, con Josep Pedrerol, Ramos Marcos y un cámara, tomando una copa cuando llegué yo. Estaban esperándome porque sabían que los sábados acostumbraba a pasar por allí. Les habían contado que el propietario del pub, Ducho, El canalla, un fenómeno de la hostelería, tenía una enorme foto de San Antonio con mi cabeza y con esta frase: “San Lendoiro, lo que dice va a misa” y querían tomar unas imágenes mías con esa simpática foto para “El día después”, en los albores del Súper Depor. Y lo hicieron. Terminamos Robinson, yo, y todos los demás, de copas por el Orzán hasta que el sol nos aconsejó la retirada. Allí se fraguó nuestra amistad  que se mantuvo intacta siempre. Me enganchó para siempre.

Nuestra última reunión fue con motivo de ese extraordinario Informe Robinson que hizo sobre el Súper Depor. Fue una comida en Tira do Playa, en el reservado de siempre, contemplando desde Riazor la Torre de Hércules. La enriquecedora conversación se extendió, como era habitual en nuestras cenas, por espacio de cuatro o cinco horas. Desfilaron todos los especiales momentos que habíamos vivido juntos, y disfrutamos como si fueran los últimos, como por desgracia así ha sido.

Al hacerle llegar a su mujer y a su hijo mi pesar por la enorme desgracia de perder a un esposo y a un padre irrepetible, quiero también transmitirles el cariño de infinidad de personas. Hoy Mónica Marchante me decía que “todos hemos quedado huérfanos”. Y es verdad, porque, como diría Alberto Cortez, “cuando un amigo se va deja un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Robinson era un tipo legal, único, y por eso toda España le llora, porque toda España le quería. Descansa en paz, amigo Michael Robinson. El de la sonrisa eterna. @mundiario