La mala memoria, el Valencia y el caso de Mosquera

Cristhian Mosquera. / Instagram: crismosquera4
En redes, algunos olvidan que el nuevo jugador del Arsenal fue clave en el Valencia. Sin él, Mestalla podría estar peleando en Segunda.

En el fútbol, como en la vida, la memoria es selectiva. Se recuerda el error más reciente, se magnifica la traición percibida y se entierra con pasmosa facilidad el esfuerzo silencioso, el compromiso en los momentos difíciles y los gestos que marcaron la diferencia cuando todo parecía perdido. El caso de Cristhian Mosquera, joven central que sostuvo al Valencia CF en una temporada crítica, es el último ejemplo de esa amnesia colectiva que contagia a buena parte del entorno futbolero.

Mosquera no fue un defensa más. Fue el ancla de una zaga en permanente emergencia, el líder inesperado en una plantilla plagada de dudas, y el rostro de una cantera que aún se aferra al milagro de Mestalla. Su rendimiento fue notable, su entrega incuestionable. Pero bastó una decisión —irse al Arsenal en busca de nuevos horizontes— para que muchos valencianistas lo tacharan de traidor, olvidando que sin él, el descenso habría sido algo más que un temor.

¿Dónde queda la gratitud? ¿Por qué el fútbol español, tan dado a la pasión y a la épica, se vuelve tan cruel con quienes deciden cambiar de rumbo? ¿Acaso no es legítimo que un jugador joven, con ambición internacional, quiera crecer en un entorno más estable y competitivo?

La historia se repite. Ferland Mendy, lateral del Real Madrid, fue pieza clave en las Champions League de 2022 y 2024. Su solidez, su rigor defensivo y su fiabilidad en momentos límite fueron fundamentales para alzar títulos. Hoy, sin embargo, su nombre apenas genera debate: está fuera de las quinielas, apartado por una memoria caprichosa que ha decidido prescindir de él sin miramientos.

Lo que une a Mosquera y a Mendy no es el club, ni el rol, ni el estilo. Es la cultura del olvido. El juicio exprés. El linchamiento digital. Se exige fidelidad eterna a entidades que no siempre ofrecen ni estabilidad ni reconocimiento. El fútbol necesita memoria. No solo para celebrar goles, sino para entender contextos, valorar sacrificios y respetar decisiones personales. Porque sin memoria, este juego pierde alma. Y sin alma, solo queda el ruido. @mundiario