Los tentáculos de la política siempre han alcanzado y se han aprovechado del deporte

A lo largo de la historia ningún acontecimiento deportivo, desde los Juegos Olímpicos hasta cualquier partido de fútbol, ha conseguido librarse del afán de protagonismo de los políticos.
Los tentáculos de la política siempre han alcanzado y se han aprovechado del deporte

Citius Altius FortiusEl deporte, siempre en el punto de miraAlejandro Mejía Greene via Compfight

Históricamente, los gobernantes se han servido de la repercusión de cualquier evento deportivo para intentar conseguir algún rédito político. Así, la mayor cita del deporte a nivel mundial se produce cada cuatro años con la celebración de los Juegos Olímpicos, muchas de cuyas ediciones también estuvieron salpicadas de decisiones políticas que acabaron influyendo en su desarrollo.

Los JJ.OO. de Berlín’36 fueron unos juegos polémicos por la presencia de Hitler, aunque le habían sido concedidos a Alemania en el año 1931, más de un año antes de que el führer accediese al poder. Famoso fue el desplante que el gobierno alemán dispensó a Jesse Owens, atleta americano de raza negra que fue la estrella de los Juegos; aunque posteriormente el propio Owens en sus memorias confesó que lo que de verdad le había dolido fue que el presidente Roosevelt no le recibió en la Casa Blanca, al estar en vísperas de elecciones y necesitar el voto de los electores de los estados del sur. Destacar también que España, por motivos políticos, boicoteó y no participó en estos Juegos.

Ahora bien, para boicots, el sufrido en los JJ.OO. de Moscú’80. En plena guerra fría, y tras la invasión de Afganistán por parte del ejército de la Unión Soviética, Estados Unidos decidió boicotearlos, a solo seis meses de su inicio, con la amenaza por parte del presidente Carter de revocar el pasaporte a los atletas norteamericanos que participasen. Sesenta y cinco países, entre ellos los principales aliados americanos como Alemania Occidental, Canadá y Japón, se sumaron al boicot, así como la República Popular China, enemistada con la URSS. Otros países, entre ellos Gran Bretaña, Australia, Francia o España, apoyaron el boicot, pero aún así estuvieron en los juegos, aunque compitieron representando a la bandera olímpica o bajo la bandera de su respectivo comité olímpico.

Cuatro años más tarde, en Los Ángeles’84, catorce países del bloque del éste, liderados por la Unión Soviética, devolvieron el boicot, destacando las ausencias de los atletas de Alemania Oriental y Bulgaria, así como de los propios soviéticos.

Ya en el plano doméstico y balompédico, tenemos un amplio muestrario de constantes encuentros y desencuentros entre el fútbol y la política. Quién no recuerda al inefable Jesús Gil, implicado en incontables causas judiciales, cuando llegó a declarar ante el juez que “como trabajaba en una única mesa despacho, en la que atendía asuntos del Atlético de Madrid, del Ayuntamiento de Marbella y sus negocios particulares, podría ser que, en alguna ocasión, se hubiesen entremezclado los papeles de unos asuntos con otros”. Sencillamente delirante y propio de un personaje que representaba a un tipo de dirigente político y deportivo en el que se daban todos los ingredientes de una España casposa y de pandereta más propia de otra época.

Otro hervidero en el que los poderes político, económico y financiero se han servido del fútbol, y viceversa, es el palco del Santiago Bernabéu. Y no hace falta irnos a los tiempos en los que presidía el club el hombre que da nombre al estadio, y en el que se celebraban constantes actos de enaltecimiento y adhesión al régimen de la época. En los últimos años, es sabido que trascendentes decisiones políticas y financieras se han tomado en dicho antepalco entre copas y canapés, ya que tanto políticos de todas las tendencias como los empresarios más poderosos son visitantes asiduos a dicho palco. Así, lo normal es ver a Florentino Pérez rodeado de caras conocidas, como Aznar, Rubalcaba, Bermejo, Rato, Blesa, Del Rivero, Villar Mir…

Y tampoco se puede decir que su gran rival deportivo, el Barça, le vaya a la zaga. Recientemente hemos comprobado como Laporta, uno de sus últimos presidentes, se valió de la popularidad que le dio dicho cargo para presentarse a las elecciones autonómicas catalanas, consiguiendo un escaño de diputado en el Parlament. Y, sin necesidad de ir más lejos, esta temporada en el Camp Nou se vivió un episodio en el que participaron de la mano la política y el fútbol, o mejor dicho, la política se benefició de la repercusión mediática de una competición deportiva para utilizarla como altavoz de su mensaje. En esta ocasión, los políticos catalanes, con el asentimiento de los dirigentes del F.C. Barcelona, encabezados por su presidente Sandro Rosell, utilizaron la trascendencia de un Barça-Real Madrid para pedir, sin más miramientos, la independencia de Cataluña.

También es muy curioso comprobar como los políticos de turno se suman como auténticos forofos a cualquier celebración deportiva. Así, tras las victorias conseguidas la pasada temporada por el Real Madrid en la liga y el Atlético de Madrid en la Europa League resultó muy chusco ver a Esperanza Aguirre y a Ana Botella dando saltitos y emitiendo grititos embutidas en las camisetas de los dos equipos de la capital… El ridículo no importa si a cambio se consiguen un puñado de votos.

Como destacado desencuentro, hay que recordar el desplante que sufrió el Príncipe de Asturias en la última final de la Copa del Rey de fútbol. Y no me refiero a los silbidos emitidos por numerosos aficionados mientras sonaba el himno español, que apenas duraron 10 o 15 segundos, sino a la ausencia de la Presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, que tenía que haber sido una de las anfitrionas del evento, y a la negativa por parte de Florentino Pérez de ceder el estadio del Real Madrid para la disputa de dicho partido, alegando una inaplazable reforma de sus retretes (esperemos que fuesen los de todas las localidades, no sólo la de los situados en el palco que alberga los insignes traseros de los distinguidos visitantes habituales anteriormente relacionados).

Me molesta que los gobernantes se aprovechen de los acontecimientos deportivos para transmitir sus mensajes, sean del signo que sean, y me desagrada que los dirigentes deportivos se bajen los pantaloncitos por la media pierna ante el poder y se presten a servir de altavoces de las intenciones torticeras de los mandamases del momento. Pero, por desgracia, ya sabemos que los tentáculos de la política llegan a todas partes y, lo malo, es que generan tensiones innecesarias, que no contribuyen a aplacar las que de por sí ya genera la rivalidad inherente a muchas competiciones deportivas.

Los tentáculos de la política siempre han alcanzado y se han aprovechado del deporte
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