¿Y si Italia se dedica al béisbol y se olvida del fútbol?

Francisco Cervelli, saludando al público de Miami. / www.fibs.it
Entre los escándalos por dopaje, corrupción y fracasos de la Azzurra rumbo al Mundial, quizá lo mejor sea apoyar al equipo de Francisco Cervelli.

La historia reciente del fútbol italiano ya no admite matices: es una caída sostenida que ha terminado por instalar la duda en su propia identidad. Desde Brasil 2014, la Selección de fútbol de Italia no ha vuelto a disputar un Mundial, y la eliminación frente a Bosnia en el actual ciclo confirma un dato demoledor: tres ediciones consecutivas sin la Azzurra. Ni siquiera la ampliación a 48 selecciones ha servido como red de salvación.

Lo más inquietante no es solo la ausencia, sino la sensación de estancamiento. Bajo la dirección de Gennaro Gattuso, Italia ha vuelto a mostrar un patrón repetido: dificultad para adaptarse al ritmo del fútbol moderno, escasa evolución táctica y una gestión que no termina de integrar el talento joven en un contexto global cada vez más competitivo. El problema ya no es puntual, es estructural.

En paralelo, surge una paradoja que redefine el relato deportivo del país. Mientras el fútbol se apaga, el béisbol italiano encuentra aire. En el Clásico Mundial de Béisbol, el equipo dirigido por Francisco Cervelli ha ofrecido una imagen competitiva, moderna y disciplinada. Un contraste que no pasa desapercibido y que invita a pensar en nuevas formas de entender el éxito deportivo.

El béisbol, tradicionalmente minoritario en Italia, aparece ahora como un laboratorio de renovación. Liderazgos más cercanos, dinámicas más abiertas y una mentalidad alineada con el deporte global convierten a esta selección en un símbolo inesperado. No se trata de sustituir al fútbol, sino de evidenciar que Italia sí puede competir cuando se adapta al presente.

El contraste es tan potente como incómodo. Mientras el fútbol italiano se refugia en su pasado glorioso, otros deportes empiezan a construir futuro. Italia ya no es solo un gigante dormido; corre el riesgo de convertirse en un gigante desorientado. Y quizá, en ese vacío que dejó el Mundial, el país empiece a escribir una nueva historia donde el balón ya no sea el único protagonista. @mundiario