La Felizidane es contagiosa y ya la disfrutan hasta los aficionados antimadridistas
Florentino Pérez, siempre pensando en el bien común, nombró a Zidane entrenador del Real Madrid con la convicción de que la Felizidane se instalaría en el planeta fútbol.
El Real Madrid, autoproclamado a bombo y platillo como mejor equipo del sigo XX, se ha convertido con todo merecimiento en el club más divertido del siglo XXI y, por lo que estamos viendo hasta ahora, este año afianzará esa privilegiada posición. Ante la falta de títulos futbolísticos, y a punto de revalidar el Nadaplete conseguido la temporada pasada con todo merecimiento, el club blanco se dedica a entretener a los futboleros, tanto propios como ajenos.
Esta temporada el Real Madrid está empeñado en dar espectáculo fuera de los terrenos de juego.
La superioridad insultante demostrada por el FC Barcelona haría que en esta temporada se aburriesen hasta las ovejas – no los borregos, que se contentan con la ración diaria de alfalfa que les suministra la caverna – de no ser por De Gea y el fax, Cheryshev y la copa, Benzema y sus múltiples líos judiciales, las idas y venidas a Marruecos (por amor) de Cristiano Ronaldo, la lesión mal curada de Bale, James y su coche, Ramos y su lumbago, Marcelo y su teatro, las agresiones de Isco, los phoskitos de Benítez... por no recordar que todavía tres directivos del Madrid siguen en paradero desconocido y sin que nadie haya pedido rescate por ellos tras descubrirse que utilizaban con alegría unas tarjetas black de Caja Madrid. Sí, sí, Caja Madrid, la entidad que financió lo fichajes multimillonarios y caprichosos del Visir de Chamartín y que tuvo que ser rescatada con dinero público.
Pero todo eso no es nada al lado de los momentos de gloria que nos está dando la FELIZIDANE. Confieso que, cuando Florentino Pérez le entregó el banquillo merengue a un tipo con la 'L' todavía en el título de entrenador y cuyo único mérito conocido había sido el de hundir al Castilla, pensé que se había equivocado. Pero nada más lejos de la realidad. El ser superior volvió a demostrar su condición de tal distinción desde el primer minuto y el efecto Zidane revolucionó el mundo del fútbol, hasta conseguir la unanimidad para aplaudir el nombramiento del francés.
Lo cierto es que el efecto Zidane duró menos que un chupa chups a la puerta de un colegio.
Nada más llegar, Zidane ya dejó su sello personal, al permitir que un palanganero de su confianza ejerciese como segundo entrenador hasta que una normativa absurda y trasnochada se lo impidió por un quítame allá un papelito sin importancia llamado carnet. Pero llegaron la goleadas ante equipos de perfil medio-bajo vendidas como la quintaesencia del fútbol, las victorias agónicas como forastero apelando a la épica en campos de minas de equipos que pelean por evitar el descenso y la invasión de Roma aunque fuese por incomparecencia del enemigo. Por el medio, una derrota casa ante el Atleti tratada como un simple accidente, hasta conseguir una intrascendente victoria en el Camp Nou ante un Barça consciente de que esa no era su guerra, seguida de una sonrojante derrota ante unos alemanes desconocidos y de nombre impronunciable, en un partido más propio de la antigua Intertoto al enfrentar al tercerón de la liga de dos contra el octavo de la liga de uno.
Y todo ello bajo el manto de la FELIZIDANE, que en su grandeza hace disfrutar tanto sus fieles seguidores como a sus más encarnizados rivales. El penúltimo episodio de este invento florentiniano lo viviremos la próxima semana en la corrala del Bernabéu donde, ante un un palco abarrotado de presuntos poseedores de cuentas offshore en Panamá atiborrándose a canapés, si el Madrid de Zidane acaba siendo eliminado, millones de aficionados en todo el mundo alcanzarán la FELIZIDANE absoluta. @AleguimaD