La Federación Uruguaya de Básquetbol nombra a un español seleccionador nacional

Partido de básquetbol uruguayo.
partido de básquetbol uruguayo

El entrenador español Mateo Rubio es el encargado de devolver la ilusión a la selección de Uruguay, un país con mucha tradición en el baloncesto de barrio.

La Federación Uruguaya de Básquetbol nombra a un español seleccionador nacional

La Federación Uruguaya de Básquetbol sorprendía a los aficionados con el nombramiento de un español como seleccionador nacional. Desde 1930, Uruguay ha tenido 22 directores técnicos, todos nacionales salvo uno que llegó desde Argentina a principios de siglo. ¿Cómo ha llegado entonces Mateo Rubio, un desconocido hasta en España, a dirigir la selección?

La historia es bastante rocambolesca: hace poco más de un año, Mateo llegó desde España para enseñar baloncesto a jóvenes del interior del país. Su estancia iba a durar tres meses, pero a los 10 días le llegó la oferta de entrenar a un equipo de primera división que se había quedado sin director técnico. El joven español aceptó el reto de dirigir a Trouville, y sorprendió a los expertos con una muy buena temporada, por lo que la federación le propuso ser asistente del seleccionador nacional en el Premundial de Caracas. Ahora, tras el cese del director técnico, ocupa su puesto, y culmina su meteórica carrera con el objetivo de devolver la ilusión a los aficionados uruguayos.

¿Cómo es el reto que tiene Mateo por delante? ¿En qué se diferencia el baloncesto español con el básquetbol uruguayo? Para comprobarlo no hay nada mejor que el trabajo de campo por lo que decido acudir a un encuentro de primera división, el que enfrenta a Tabaré con Nacional. El Club Atlético Tabaré es un cuadro humilde, fundado en 1931 por un grupo de muchachos de barrio que amaban el básquetbol y soñaban con jugar algún día en primera división. Lo consiguieron en 1948, y el club siguió creciendo hasta su época gloriosa a principios de los 60, cuando ganó varios campeonatos nacionales. Desde entonces ha encadenado varios descensos y ascensos de categoría, y ahora lucha desde los puestos inferiores de la tabla por su supervivencia.

La elección de esta cancha no es casual. Acudo al encuentro con Alejandro, mi suegro, seguidor acérrimo de Tabaré desde hace décadas. Un tío suyo, León Svirsky, fue un mítico jugador y dirigente del club, por lo que su afición es un asunto de familia. La emoción es una parte muy importante de cualquier evento deportivo y yo entro a la cancha con el claro objetivo de apoyar a “El Indio”, como conocen familiarmente al equipo. Además hay una bonita historia tras ese nombre, ya que hace alusión al Indio Tabaré del poema épico de Juan Zorrilla de San Martín, una epopeya nacional que trata del amor entre un indígena y una española en la guerra entre charrúas y castellanos de finales del siglo XVI.

La cancha de El Indio tiene un aforo de 1500 personas, pero hoy sólo está cubierta por la mitad. Una ojeada a los carteles de los patrocinadores nos muestra el estatus del club: no son anuncios de grandes aseguradoras o compañías de aviones o automóviles, sino agencias de viajes locales, tiendas de cerámicas o incluso una peluquería de barrio. Y en el círculo de tiro unas letras pintadas anuncian un establecimiento de pinturas de Punta del Este. Es una publicidad local, acorde a unos presupuestos mucho más reducidos de los que se pueden encontrar en Europa. Cuando los jugadores salen a la cancha compruebo que su ropa está plagada de nombres de anunciantes, como el mono de un piloto de Formula 1. Tienen tantas marcas que su nombre no cabe en las camisetas y aprendo a distinguirlos por su número.

Comienza el partido y la hinchada de Nacional coloca una gran bandera marcando su territorio. Los aficionados están separados a los dos lados de la cancha y los barras bravas de Nacional inician sus cánticos ensordecedores, los mismos que corean cuando hinchan por su cuadro de fútbol. Como ya habrá comprobado el nuevo seleccionador nacional, el básquetbol es muy pasional en esta parte del globo, y tiene que prepararse para lo mejor -y lo peor- de parte de los aficionados. El apoyo de hinchada de Nacional tiene su recompensa y los visitantes endosan un parcial de 0-11 a Tabaré. En nuestro lado de la cancha comenzamos a sufrir.

Los equipos están compuestos por tres jugadores nacionales y dos extranjeros, por no decir, dos estadounidenses, aunque su nivel diste bastante de las estrellas de la NBA. Como nos comenta Atilio Caneiro, un exjugador y exentrenador uruguayo, “los americanos son como una timba, nunca sabes si te van a salir buenos o no”. Lo dice con conocimiento de causa, su hijo Gonzalo es el entrenador de Nacional y ha sufrido cómo se le lesionaba su mejor jugador. Ficharon a otro, que llegó de un equipo chileno para jugar tan solo tres partidos, pero les salió rana.

La imagen definitiva sobre el básquetbol uruguayo me llega en un tiempo muerto: varios niños irrumpen con sus pelotas y comienzan a tirar a canasta mientras los jugadores se reúnen con el entrenador. Parece la cancha de un equipo escolar pero es la de un equipo de 1ª división. Es un momento muy tierno, que me recuerda las raíces callejeras de este deporte. Y en ese instante yo también comienzo a gritar “Yo soy del indio, del indio soy yo”. Después de todo el partido yendo detrás, Tabaré empata y van al alargue. Pero tras dos emocionantes prórrogas, al final pierde Tabaré, y mi suegro y yo nos abrazamos con resignación.

Me fijo entre los asistentes buscando al compatriota que ahora dirige la selección uruguaya, pero no lo veo. No me extraña, al fin y al cabo no hay ningún jugador de Tabaré en el equipo nacional. Desde MUNDIARIO, espero que Mateo Rubio pueda disfrutar del baloncesto puro, como lo hacen los niños que tiran a canasta en un tiempo muerto, y que la selección uruguaya recupere la ilusión.

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