El Deportivo debe dejarse de cuentos si quiere volver a Primera
En el fútbol profesional hay una diferencia fundamental entre los equipos que ascienden y los que se quedan en el camino. Los primeros compiten con naturalidad: saben lo que hacen, confían en su modelo y repiten patrones hasta convertirlos en hábito. Los segundos, en cambio, viven atrapados entre la ansiedad y la improvisación.
Esta temporada la comparación es evidente. Racing de Santander y Almería han entendido perfectamente qué exige una liga larga y exigente. Sus jugadores no parecen tensionados por la clasificación ni por el ruido ambiental. Salen al campo, ejecutan su plan, ganan partidos y siguen avanzando. Sus entrenadores tampoco titubean: mantienen esquemas reconocibles y transmiten seguridad. El Deportivo de La Coruña, en cambio, parece instalado en el terreno contrario.
El partido ante el Granada era una oportunidad de oro para demostrar que el equipo estaba preparado para pelear de verdad por el ascenso directo. Ganar significaba situarse esa noche en la segunda plaza en solitario, mantener cerca al Racing y reforzar la idea de que Riazor podía convertirse en una fortaleza en el tramo decisivo del campeonato. Nada de eso ocurrió.
El Deportivo es el mejor visitante de la categoría, pero en casa se comporta como un equipo de media tabla. Racing y Almería compiten con serenidad; el Dépor, en cambio, parece vivir instalado en la duda
El Granada ganó con claridad y sin excesivas complicaciones. El 0-2 fue la consecuencia lógica de un encuentro en el que el Deportivo estuvo siempre un paso por detrás. Incapaz de generar peligro, desorientado tácticamente y superado por la propuesta de Pacheta –menudo repaso le dio a Antonio Hidalgo– , el equipo blanquiazul dejó una sensación inquietante: la de no saber muy bien a qué juega cuando los partidos se complican.
El contraste con los rivales directos no puede ser más evidente. Mientras Racing y Almería proyectan estabilidad, el Deportivo transmite dudas. Mientras unos consolidan automatismos, otros parecen empezar de cero cada semana.
El problema no es solo el resultado puntual. Es la tendencia. Riazor, que debería ser un motor emocional y competitivo, se ha convertido en un territorio imprevisible. El Deportivo solo ha ganado dos de sus últimos siete partidos como local y acumula ya cuatro derrotas en casa.
Derrocha en casa lo que gana fuera
Las cifras lo explican todo. Como visitante, el equipo coruñés es el mejor de la categoría. Fuera suma puntos con autoridad y personalidad. Pero en casa ocupa una discreta duodécima posición. Esa paradoja es incompatible con cualquier aspiración seria de ascenso.
Y resulta todavía más difícil de entender si se tiene en cuenta el contexto. El Deportivo cuenta con el estadio más imponente de la categoría y con una de las aficiones más fieles del fútbol español. Riazor empuja, anima y sostiene incluso cuando el equipo no responde. Pero el equipo, demasiadas veces, se encoge.
En algún momento alguien tendrá que poner orden en esta contradicción. Porque el ascenso no se consigue con discursos ni con expectativas. Se consigue con estabilidad, con disciplina competitiva y con una idea de juego clara. Exactamente lo que hoy exhiben Racing y Almería.
El Deportivo todavía está a tiempo de reaccionar. La temporada sigue abierta y la calidad de algunos jugadores –la verdad no muchos– es indiscutible. Pero para competir de verdad por el objetivo tendrá que abandonar las dudas, asumir responsabilidades y recuperar una identidad reconocible.
En otras palabras: centrarse, poner orden y dejarse de cuentos. Porque en el fútbol profesional, como en casi todo, las excusas nunca suben a Primera. Y los equipos que sí lo hacen suelen tener una virtud muy sencilla: saben exactamente a qué juegan. @mundiario