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MUNDIARIO

Crónica del 2018, el año de la eternidad

Dos triunfos ante su clásico rival en finales de competiciones para River, el dueño del año en el fútbol argentino

Crónica del 2018, el año de la eternidad
River Plate, campeón de la Copa Libertadores 2018. / @CONMEBOL
River Plate, campeón de la Copa Libertadores 2018. / @CONMEBOL

El 21 de Enero todavía estaban las chicanas por la impredecible serie que River sufrió contra Lanús por la Libertadores y la dolorosa derrota frente a Boca por 2-1. Ese día en Mar del Plata, River fue superior en el clásico de verano pero como todo partido entre ambos el resultado fue apretado: 1-0 con gol de Rafael Santos Borré, un jugador que había jugado irregularmente en sus primeros seis meses con la banda roja. Después del derby de verano, River tuvo dos meses olvidables en cuanto a rendimiento y las alarmas estaban puestas en la finalísima de la Supercopa en Mendoza. Recuerdo la locura de muchos en la semana previa, analizando absolutamente todos los detalles del partido. El nerviosismo evidente que enfrentaba al Boca puntero del campeonato contra el irregular River, que era muy castigado en los medios por su nivel. Era una nueva final entre los dos equipos más grandes del país, algo que no se daba desde 1976. El Pity Martínez marcaba de penal el primero y Nacho Scocco sentenciaba el partido tras una colosal corrida de Nacho Fernández. Los dichos de Gallardo posterior al partido agigantaron ese triunfo “especial”.

En la segunda parte del año, mientras todos prestaban atención a la Copa Libertadores, ambos equipos se enfrentaron por la Superliga. Esa tarde en La Bombonera, River lo pasó por arriba tácticamente a Boca. La jerarquía del plantel rival fue el único motivo por el cual no fue una goleada mayor. Los dos bombazos (Pity Martínez y Scocco, al igual que aquella noche mendocina) dejaron un sinsabor difícil de procesar para Boca, que al poco tiempo quedaba afuera de la Copa Argentina contra el Gimnasia finalista de Pedro Troglio.

Lo que la historia tardó 42 años, la tiranía del tiempo lo transformó en 8 meses, en donde River y Boca volvían a verse las caras en una final, la más importante de la historia de nuestro fútbol. Eran muchos los hinchas del millonario que no querían darle la revancha tan rápidamente a Boca de lo acontecido en Mendoza. Eran muchos los hinchas de Boca que saboreaban esa sed de revancha que los propios futbolistas agitaban desde los micrófonos. Ni muy muy ni tan tan: ambos estaban equivocados.

En La Bombonera, Boca estuvo dos veces arriba y no pudo consolidar la ventaja. River corrió siempre desde atrás pese a haber realizado un planteo táctico tan sorpresivo como eficiente. Si River hubiese estado más quirúrgico en ataque y Boca no sufría la lesión de Pavón, la serie pudo haber quedado completamente sentenciada en ese primer partido. Si Boca hubiese marcado en ese último ataque de Benedetto que convirtió en figura a Armani, quizás todo hubiese sido diferente. La lógica ilógica del fútbol muchas veces desnuda cuestiones que poco tienen que ver con las horas de preparación previas a los partidos, segundos que pueden modificar el regular curso de los hechos. La serie debía seguir en el Monumental, algo que no pudo ser tal por culpa de los inadaptados de siempre que nos quitaron el más hermoso de los espectáculos futboleros que tenemos los argentinos.

En el Santiago Bernabéu, River se levantó nervioso. El aceitado mecanismo de juego, con la posesión de la pelota como eje central del funcionamiento ofensivo, parecía oxidado. La precisión defensiva xeneise contrastaba con la imprecisión riverplatense en un campo donde “la pelota vuela al ras del suelo”, tal como sostuvieron futbolistas de ambos equipos luego del partido. La tarde porteña/noche madrileña se volvió más densa con esa precisa definición de Darío Benedetto, que concluyó con una equivocada celebración gesticulando sobre el joven Gonzalo Montiel.

River parecía desgastado, impreciso y hasta paralizado. Pero todo cambió en ese minuto 67, ese momento en el que comenzó a saborearse ese gusto propio de la unicidad. En su desparpajo habitual, Nacho Fernández tomó la pelota y jugo una veloz pared con Exequiel Palacios que devolvió a un toque y habilitó al ex Gimnasia para jugar el centro de la muerte. Lucas Pratto quedará en la historia por ser el único jugador en la historia de River de convertir en las dos finales de una Copa Libertadores. Su festejo made in Mbappe parecía desafiar a todos aquellos que criticaron el monto que River desembolsó para traerlo a principios de año. Nadie podrá igualar ese mérito para el ex hombre de Velez y Boca.

El tiempo suplementario extendía la agonía de todo un mes, exacerbada por los medios de comunicación y las redes sociales. Caminábamos por todos lados tratando de bajar los decibeles a nuestros agitados corazones. A los 3 minutos del segundo tiempo del alargue, Juan Fernando Quintero, el mejor jugador -técnicamente hablando- del fútbol argentino sacó de la manga un zapatazo digno de Toni Kross o Luka Modric, que suelen regalarnos ese tipo de goles en el césped del Bernabéu. La pelota tomó una parábola perfecta que se lució aún más por el salto del arquero Esteban Andrada. Juanfer conquistaba los corazones millonarios para siempre y coronaba su gran año -con participación en Rusia incluida- con un gol legendario.

Pero River seguía sufriendo los embates aéreos del equipo de Guillermo Barros Schelotto. Mayada casi convierte en su propio arco y Jara tuvo un zapatazo que besó el palo derecho de Franco Armani. La gloria eterna millonaria llegó en el minuto 121, ese momento tan trascendente como único. Todos recordaremos ese momento y lo que sentimos desde el puñetazo de Armani, el taco fallido de Quintero y los dos toques que acompañaron el desfile de Pity Martinez hacia el desnudo arco rival. De un lado y del otro, ese momento de inmortalidad único e irrepetible en el escenario más imponente del fútbol europeo moderno.

Marcelo Gallardo y su River nos regalaron 365 días inolvidables de fútbol, en pleno año mundialista. Una Supercopa Argentina y una Copa Libertadores, ambas coronadas derrotando al rival de toda la vida, son cosas que no se dan todos los días. Una Copa Libertadores en donde River se impuso con autoridad a los otros grandes argentinos, Racing e Independiente, y revirtió una histórica serie contra el último campeón del torneo, Gremio de Porto Alegre. La historia ubicará a varios de estos jugadores en un pedestal difícil de alcanzar. Un equipo que nunca resignó la actitud y que ha regalado a los hinchas de River el más hermoso de todos los regalos. Cuando lleguen las 12 de la noche del próximo 31 de diciembre, los millonarios podrán celebrar y levantar las copas bien alto. Yo, sin dudas, voy a hacerlo ¡Salud y felices fiestas! @mundiario