La carrera de caballos: realmente nadie sabe lo que sufre el jinete a lomos
A un metro y cincuenta de la llegada, nuestro número doce, se partió una pata, cayó al suelo ganando la carrera el dorsal nueve. Habían hecho perder a los apostantes.
En el hipódromo se hacían apasionantes carreras de caballos. Se apostaba muchísimo dinero al vencedor. El favorito era el que llevaba el dorsal número doce. El jinete que lo montaba se llamaba Alberto y conocía a su pura sangre cariñosamente como Rabito.
Rabito ganaba siempre y sacaba dos cabezas al segundo a la llegada en la meta. Lo forzaban mucho, con él ganaban mucho dinero siempre y lo hacían participar en tres carreras a la semana, cuando lo recomendado por su veterinario era una como mucho. Él era ya muy mayor y las patas las tenía ya muy castigadas. Sus ligamentos estaban completamente desgastados, pero el ritmo subía estrepitosamente cuando más visitantes ponían sus ahorros a su dorsal.
Un día, siendo el primer domingo del mes, empezó la competición. Todo el mundo aclamaba:
- ¡Venga, venga! – decía la gente muy apasionadamente – ¡corre, corre!
A un metro y cincuenta de la llegada, nuestro número doce, se partió una pata y cayó al suelo ganando la carrera el dorsal nueve. De este modo, habían hecho perder a los apostantes bastante capital. La desilusión llegó al público y se fue marchando a sus casas lentamente cabizbajos.
Alberto y su jefe llevaron al pura sangre en una camilla especial y llamaron urgentemente al médico de animales. No había nada que hacer, se había partido por cuatro sitios y había que sacrificarlo con un tiro.
Los dueños del animal salieron de la caseta para que no vieran el disparo. Sonó muy fuerte y Rabito dejó de gemir, su sufrimiento paró. Lo enterraron en el cementerio que tenía las instalaciones y rezó el jinete unas oraciones muy dolido. Le tenía mucho cariño y nunca lo superó.
La gente se quejaba continuamente de la perdida de gran parte de sus ahorros. Obligaron a Alberto a entrenar con el segundo, el dorsal diecinueve. Se pasaba catorce horas al día en la ruta de competición para remontar las pérdidas. Se iba a menudo a la tumba de Rabito, lloraba y sollozaba la muerte del que era, sin duda, su amigo. Su superior le ordenó:
- Alberto, no pierdas el tiempo. La carrera es el próximo domingo. Quedan tres días. Debemos de ganar o tendremos que indemnizar. ¡Lo descontaré de tu nómina si pierdes!
Haciendo caso omiso a las advertencias, se quedó rezando toda la noche. Al día siguiente, entrenó muy duro.
Llego el día de la carrera. Todos estaban en la línea de salida. Dieron la señal con una pistola de bengalas y empezaron los caballos a correr. La gente seguía muy atenta el galope de los mismos. El número diecinueve había bajado mucho las apuestas, y lo realizaron todo al mejor postor, al dorsal nueve, el nuevo ganador.
Llegando a la meta, Alberto le gritaba a su pura sangre continuamente:
- ¡Jia, jia! – exclamaba mientras le daba en los lomos para que acelerase más.
Llegaron ambos caballos a la par, sería la foto de meta quien dictaminase quien era el vencedor. La victoria fue, finalmente, para nuestro protagonista y el diecinueve, al que había llamado Rabitito en memoria de su compañero del alma, Rabito.
Recuperaron el dinero y la confianza de los apostantes. Alberto llevó la corona del triunfo a la tumba de Rabito y se quedó ahí hasta que entró el alba del amanecer.