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MUNDIARIO

De vuelta a “El sur”, una de las obras maestras de Víctor Erice

Por lo que nos dice su director, El sur es una obra inacabada. Para muchos espectadores, es una de las películas españolas más conseguidas, un prodigio de poesía

 

De vuelta a “El sur”, una de las obras maestras de Víctor Erice
Fotograma de "El Sur" de Víctor Erice
Fotograma de "El Sur" de Víctor Erice

No hay luz expansiva en El Sur (1983), de Víctor Erice. Los lentos amaneceres no consiguen desbordarse desde su timidez, colorear plenamente los lugares del vivir que se le han asignado a Estrella, esa niña que vivirá en el misterio. Por las ventanas de la casa, en esa finca llamada  La Gaviota, penetra un reconcentrado resplandor siempre amortiguado por la niebla. Los fundidos en negro con los que finalizan las numerosas y, a menudo, cortas escenas, dan paso a unos días en los que no brilla el sol o a unas noches que ya casi no harían falta para oscurecer, pero en las que cómodamente se asienta la tristeza.

Este compungido relato que nos presenta Erice está basado en el que escribiera Adelaida García Morales y que, en el momento de la filmación de la película, aún estaba inédito. Estamos ante uno de esos casos de ejemplar conjunción de literatura y cine. El bellísimo texto de la autora, solo se inserta en contadas pero reveladoras ocasiones. En esos momentos, las imágenes mantienen una fuerza que, incluso solas, sobrepasaría el hándicap de su incompleta explicitud.  

Cada secuencia podría servir como una pequeña cápsula demostrativa de cómo hacer gran cine. El estudio preciso de su composición, de la luz, la posición de los personajes, los levísimos movimientos de cámara, me recuerdan a Tarkovski, el gran cineasta ruso. Aquí no basta la simple exposición ante la cámara de unas escenas directamente ofrecidas a nuestra mirada, sino que nuestros ojos y nuestros oídos reciben una elaboradísima percepción artística.

La historia que había contado García Morales, ahora la reelabora cinematográficamente Víctor Erice. Para empezar, cambia el nombre de la protagonista. Si en el relato era Adriana, ahora es Estrella. ¿Qué significación puede tener este cambio? No acierto a verla. Lo que sí que aprecio,  en esa brillante trasposición al cine, es un fuerte aligeramiento de una narración ya de por sí, en su corta extensión, bastante reducida en sus elementos. Lo que pretende Erice es que, en el tiempo de metraje asignado, prevalezca la relación de Estrella con ese padre tan misterioso, que es, en realidad, en quien se pone el foco, aunque nunca lo suficientemente potente como para descubrir hasta el último de sus secretos. En el relato original, la autora confiere a la hija un contenido que, más allá de su visión como intrigada y afligida espectadora, incide en su preocupación por haber heredado del padre unos rasgos indeseables.

En la película, también es esa niña —luego adolescente— la que nos narra la historia. Estrella vive en un lugar del norte español, húmedo y frío. Pero lo relevante para ella, más allá de otras experiencias, aprendizajes o revelaciones propias de su edad, es la enigmática figura del padre. Agustín vive una doble vertiente personal. Por un lado, la pública, su profesión de médico, su puntual relación con los habitantes del pueblo a través de su ocupación como zahorí. Por otro lado, su vida oculta, secreta, esa forma de retraerse del mundo que lo envuelve, con el que no encuentra una verdadera correspondencia. Y es que él procede del sur, de Sevilla, en donde discutía fuertemente con su padre por motivos políticos. Estamos en los años 50. La Guerra Civil no está tan lejos, y aún duele en aquellos que, como él, disienten de un régimen político opresor.

La madre de Estrella es una maestra políticamente represaliada que ahora solo ejerce en casa, con su hija, a la que no se le deja acudir, en los primeros años, al colegio, siguiendo una actitud familiar de aislamiento. A Agustín y a su esposa nunca los vemos juntos. Ella está resignada a la vida aparte que lleva su marido, ese hombre extraño al que, sin embargo, ama, trata de comprender, de respetar. Hay que proteger sus estancias en el desván, el secretismo de sus “experimentos”. Así se lo tiene dicho a Estrella, quien, una vez, penetra en ese mundo prohibido. Allí, su padre le enseña la magia de su péndulo de zahorí, capaz de reaccionar y reconocer la invisible naturaleza.

Cuando Estrella va a hacer la primera comunión, en La gaviota reciben la visita de su abuela y de Milagros, la mujer que cuidó a su padre cuando era pequeño. A través de esta mujer, obtiene el vislumbre de algunos secretos, empieza a imaginarse ese Sur del que provienen como un lugar donde es posible vivir otro tipo completamente distinto de existencia. Al día siguiente, el ateo, el anticlerical de su padre, hace un esfuerzo por ella. De incógnito, oculto  entre las sombras del final de la iglesia, acude a la ceremonia de su hija.  

Ese padre quiere a su hija desde la distancia, desaparecido en su ensimismamiento. Necesita reencontrase con una vida que en absoluto puede compartir. Estrella descubre en su escritorio una hoja en la que él ha escrito repetidamente un nombre enigmático: Irene Ríos. ¿Quién es esa mujer? Una noche ve la moto de su padre aparcada frente al cine. En los afiches, en letra más pequeña que la de los protagonistas de la película, figura el nombre de esa mujer a la que ahora le podrá poner rostro. Cuando sale su padre, lo sigue hasta el bar donde, desde la calle, lo sorprende escribiendo lo que parece que es una carta. En la película se superponen la visión subjetiva de la narradora y otra que nos sirve para completar parcialmente las incógnitas que acongojan a una niña que no podría comprender las disonancias de los adultos. Así sabemos que esa carta se la escribe a Laura, que es el nombre real de actriz que solo ha conseguido pequeños papeles en la gran pantalla.

Una de esas muchas secuencias en las que, desde una extrema economía de elementos, se nos muestra la indeleble hondura de un momento de existencia, es en la que nos encontramos a Agustín recostado en una cama, fumando, pensativo o expectante. No hay palabras, solo un sonido, el de los trenes que parecen salir de una estación contigua. Adivinamos que se halla en la habitación de una pensión, y cuando más tarde se duerme y la hostelera llama a su puerta para avisarlo de que se va el tren y él no reacciona, sabemos que está renunciando, tal vez definitivamente, a una posibilidad de enlazar con su pasado, con esa mujer a la que se siente unido a través de las cartas, con ese Sur que habría de rehabilitarlo. Cuando más tarde se levanta, no le quedan cigarrillos. Se vuelve a acostar, y al hacerlo, parece como si estuviese ensayando su pose en el lecho de muerte. Ya no hay vida por delante, tan solo inercia banal y autoinfligida soledad.

Estrella crece hasta los quince años. Pero el misterio permanece. Sabe que su padre sigue queriéndola, pero desde una separación solo breve y superficialmente salvable. Pocas veces está íntegramente allí, en esa casa, con su mujer, con su hija. Y eso le duele a esa niña que en vano lo espera, que nada comprende, que solo sospecha la terrible consistencia de esas sombras que insisten en su amenaza.

A su padre lo sigue viendo desde muy afuera. Una vez, lo encuentra en la calle, lo observa intentando, desde su notoria embriaguez, encenderse inútilmente un cigarrillo. Ella lo espía, desde su tristeza, desde su confusión. Lo ve detenerse ante un escaparate de una tienda de fotografía y mirar atentamente un retrato suyo que hay en él. Sí, sabe que la quiere; pero, de qué le sirve si permanece tan lejos, tan oscuro.

Estrella cree haber asumido las rarezas de su padre, haber renunciado a desvelar su enigma. Sorprendentemente, un día la recoge del instituto y la invita a comer en un restaurante. Allí tienen un encuentro frente a frente. Como contrapunto a ese raro momento de intimidad,  propiciado por un hombre tan distante, oímos los sones de una boda que entran desde el salón contiguo. “¿Seguro que no quieres preguntarme nada? A mí, en cambio, me gustaría preguntarte tantas cosas…” Ella le habla de Irene Ríos. Él mantiene la sonrisa, una apariencia de receptiva calidez que a ella no le sirve, pues ese atrevimiento suyo no consigue forzarlo más que a una superficial y evasiva confesión. De pronto, él se levanta. En el lavabo se refresca la cara. Se mira en el espejo, se siente acuciado, se extraña de sí mismo. Pero, de vuelta a la mesa, retoma su disposición a la cercanía. La invita a que falte a su clase para estar más tiempo juntos. Estrella no lo comprende. La sigue despistando. Siente que a la vez que la quiere reniega un poco de una hija que lo importuna. De pronto, él reconoce, en el pasodoble que suena en la boda, el que bailó con su hija en la fiesta de su primera comunión. Fue un instante feliz, un paréntesis luminoso entre las infinitas oscuridades. Ella se va con una reafirmada tristeza. Ese afectuoso intento de él no ha sido suficiente para recomponer la desordenada e incompleta imagen que tiene de su padre. Cuando se marcha, se vuelve un momento y lo ve en su mesa. Lo siente irremediablemente desvalido: “Lo dejé allí, sentado junto a la ventana, escuchando aquel viejo pasodoble, solo, abandonado a su suerte. ¿Pude hacer por él más de lo que en ese momento hice? Es lo que siempre me he preguntado. Porque esa fue la última vez que lo vi”.

Estrella no ha podido socorrerlo. Él no ha podido sacarla del pozo de su incomprensión. Un barrido de la cámara nos lleva desde el melancólico paisaje del río, junto a la pequeña ciudad, a la bicicleta caída en la tierra, y allí, el cuerpo de un hombre, su escopeta a su lado. Suponemos que la bicicleta es la de Estrella y que el cuerpo es el que de sí mismo ha dejado arrumbado ese hombre incapaz de algún camino de salvación. Para ella, solo queda el viaje hacia el Sur, la incierta posibilidad de un iluminador descubrimiento.

En el relato de García Morales, la niña viajaba al Sur, a Sevilla, para indagar en los orígenes de su padre. Allí conocía a su amante, que se llamaba Gloria del Valle y no era actriz, pero, sobre todo, a su hijo Miguel, del que ella deducía que también era de su padre. El problema era que su hermanastro se enamoraba de ella. Víctor Erice, aunque de otra manera, añadiendo un personaje que sería el hermano de Irene Ríos, interpretado por Fernando Fernán Gómez, tenía proyectado ese viaje como última parte de la película. Problemas con el productor impidieron su rodaje. Así pues, por lo que nos dice su director, El sur es una obra inacabada. Para muchos espectadores, es una de las películas españolas más conseguidas, un prodigio de poesía en cada una de sus milimetradas escenas, desde su potentísima y aquilatada intensidad. @mundiario