Vivir bajo la mirada de una cámara

Escritora. / Yerson Retamal. / Pixabay
Escritora. / Yerson Retamal. / Pixabay

Una pareja conversa sentada en un bar, cada uno con el celular en la mano. Hablan de lo que ven que publican sus amigos, sus hijos, miran la vida de otros, opinan. Se sacan  una foto juntos, la publican.

Vivir bajo la mirada de una cámara

Escribo un párrafo de mi novela, fluye la idea que no se me había ocurrido, las palabras mejor combinadas, mi narrador me hace a un lado y desaparezco, por unos cuantos minutos. De golpe, la musa se frena,  miro el celular. Veintitrés mensajes en whatsapp. Chequeo, ignoro los grupales, me enredo en un chat, de paso, una mirada por Instagram, muy por arriba, Facebook. Vuelvo. Los personajes retoman el diálogo y la otra historia, la de la novela, cobra vida fuera de la mía y de la de las redes.

Una nueva forma de escribir. También de leer.  Conviven el libro y el celular arriba de la mesa donde tomo un café. La atención del lector de hoy es más corta, hay otro ritmo. Tenemos entrenada  una habilidad que era impensable en la época en que a mi amigo lo llevaban, a los ocho años, al dentista. A duras penas el odontólogo se las ingeniaba para hablar por teléfono — de aquellos negros, con cable y disco para componer los números — mientras con el torno torturaba  a su pacientito, que temblaba con la boca abierta.

Una pareja conversa sentada en un bar, cada uno con el celular en la mano. Hablan de lo que ven que publican sus amigos, sus hijos, miran la vida de otros, opinan. Se sacan  una foto juntos, la publican.

Milan Kundera cuenta, en ‘La inmortalidad’: “La madre (de Agnes), que era creyente, le decía “Dios te ve” y pretendía enseñarle así a no mentir, a no comerse las uñas, a no meterse el dedo en la nariz, pero ocurrió algo diferente: precisamente cuando se dedicaba a hacer algo malo o vergonzoso, Agnes se imaginaba a Dios y le enseñaba lo que estaba haciendo. Pensó en la hermana de la reina de Inglaterra y llegó a la conclusión de que hoy el ojo de Dios ha sido reemplazado por la cámara. El ojo de uno ha sido reemplazado por los ojos de todos. La vida se ha convertido en una gran orgía en la que todos participan.”

Nadie publica una foto en Instagram escarbándose la nariz, o desde un perfil que no le es favorable.  Se eligen los mejores momentos,  y se mira, a veces con envidia, el jardín del vecino que siempre florece para las fotos.

Agnes le enseñaba a Dios lo que estaba haciendo, como María Antonieta a su madre, María Teresa de Austria, cuando la alejaron de ella para vivir en Francia y casarse, a los catorce años, con Luis XVI.  Sin pudor, le confesaba día a día la ausencia de intimidad con su  marido, el delfín,   durante siete años de matrimonio. El libro “Correspondence entre Marie-Thérèse et Marie-Antoinette”  abunda en  detalles que fueron mantenidos en secreto hasta su publicación. No conforme con los relatos de su hija, y preocupada por su vida pública, María Teresa tenia un ojo visor encargado de informarle lo que la reina de Francia le ocultaba:  el conde Mercy, embajador de Austria en Paris.  Era una época en la que los embajadores podían abrir las cortinas de una alcoba, examinar la ropa de cama e interrogar a la servidumbre y damas de compañía sobre los más mínimos detalles. “The Truman Show” del siglo XVIII.

La marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont, en “Relaciones peligrosas”,  de Laclos, entretejen sus hazañas amorosas a través de un intercambio epistolar maquiavélico que utilizan como herramienta para manejar la vida de los demás personajes, según su conveniencia, incluso enfrentándose. Ellos son la cámara que se apropia de la intimidad ajena y enreda a todos en un juego de seducción que los llevará a un final trágico.

Cuando viví en España, en los setenta, había prometido a mi novio escribirle para contarle, todos los días, lo que hacía. Iba desde Ciudad Universitaria hasta el Palacio de la Cibelles, antiguo Correo Central, para despachar las cartas en los sobres “vía aérea”, bordeados con la bandera española. Así me aseguraba que en quince días estarían en sus manos. El tiempo es un simple accidente: nos comunicábamos con la misma ansiedad que hoy.  Con ese material,  un Stefan Zweig  podría relatar mi vida de estudiante hasta el mínimo detalle. Claro que yo no era María Antonieta y la correspondencia de las dos reinas le resultó mucho más interesante.

Clara sube al tren después de vivir una semana de  amor loco en Paris.  No ve la hora de contárselo a su amiga, imagina  las palabras que mejor lo reflejarán, Mientras el paisaje pasa a toda velocidad por la ventanilla, la historia real desaparece y da lugar a otra: la mostrada.

Melvin Apple, el lector de Amélie Nothomb en la novela “Una forma de vida”,  empezó a escribirle para llamar su atención, se inventó una identidad de soldado en Irak, explicó su obesidad como rebeldía hacia la guerra, y la escritora se interesó en él. Surgió una amistad con un ser fabricado por la imaginación. En realidad vivía con sus padres en Baltimore y nunca había estado en el frente.

Es, quizá, menos mitómano que Clara, porque él es consciente de su falsedad.

Hay  muchos Melvins en las redes, nos hacemos “amigos”, miramos las vidas que nos muestran. Ni nos interesa conocer la verdadera. Así leemos una novela. ¿Hay alguien más mentiroso que un escritor?

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