La virtud indecible de la lectura

W. H. Auden
W. H. Auden.

Contrariamente a lo que se piensa y considera, los verdaderos artífices de la literatura son los lectores. Esta afirmación no es baladí. En cada lectura y lector hay una reinterpretación literaria en potencia.

La virtud indecible de la lectura

Qué opinión podemos señalar como válida con relación a la crítica literaria. El honesto  cuestionamiento, antes que cualesquiera otros, pertenece en primera instancia al propio escritor. Y ese destello de lúcido interrogante con respecto a su obra, declina cualquier oprobio o loa. Entender la escritura como mero objeto del deseo --ya se sea crítico o escritor, o ambas cosas-, faculta, a quien así lo cree, a la vivencia del acontecimiento literario como una mera prospección más o menos ambiciosa, pero sin alma. Siendo la ambición un recurrente subterfugio para limar torpemente las asperezas de un inflamado ego. Acentuar lo velado es una aproximación juiciosa a la literatura. El misterio sincretiza el aspecto que la embarga de futuro. Apreciemos, entonces, la significación de esa celosía en Las mil y una noches. El poder caprichoso y tiránico del sultán  Schahriar es vencido por la oralidad prodigiosa de Schahrasad, una mujer sentenciada a muerte. O, más cercana a la visión occidental, en el Cantar del Mío Cid, donde la restitución de la honra es precedida del destierro ordenado por el rey Alfonso VI al que se enfrenta Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.

Matar al autor

La lectura es un país meditado. Una nación silenciosa que vela por el librepensamiento. Una comunidad que cultiva su libérrima afección entre páginas impresas.  En este estado sin bandera ni himno, aún pervive la reflexión. La referencia de esta se vincula directamente con el texto que nos invita a hacerlo. Es un hecho premeditado. Como lo es para Guy Montag. El bombero encargado de quemar libros en Fahrenheit 451, se cuestiona su propia identidad ante el infierno que desata. Los libros son una amenaza, “Un libro es un arma cargada en la casa de al lado... ¿Quién sabe cuál puede ser el objetivo del hombre que ha leído mucho?” En realidad en cada lectura la muerte del autor se proclama como culminación del proceso selectivo que solo compete a los lectores. La significación simbólica del hecho lector sobrepasa la autoría de quien lo generó y se reencarna en quienes la devuelven a su estado primigenio. Cada lectura es un rehacer la invención anónimamente.

Porque de lugares innombrables somos oratorio

En la vivencia literaria los síntomas de su existencia son máculas sagradas. Estigmas que encienden el pensamiento apátrida y lo señalan como marcapáginas que ajustan su liturgia. El autor construye un edificio de cristal y al acceder a él el lector advierte el decurso de los acontecimientos, ora poéticos ora narrativos, donde fluye su conciencia. Solo él posee la facultad privilegiada de abandonarla en el remanso que asegure su vuelta a la vida convencional o seguir expectante al rumor que desentraña su quehacer lector. El arte de leer, edición de Andreu Jaume y con traducción de Juan Antonio Montiel, recopila ensayos interesantísimos sobre lectura y escritura. Su autor el poeta y ensayista británico W. H. Auden, entreabre este misterio, “A menudo obtenemos un gran provecho leyendo un libro de un modo distinto al que pretendía su autor, pero eso solo sucede (superada la infancia) si nos damos cuenta de que eso es justamente lo que estamos haciendo”. Los libros los reescriben los lectores. Su escritura de tinta invisible leída en silencio, les dota de alma. Alma que emerge de ese rumiar antiguo que acompaña al ser humano, desde siempre y hasta siempre, en las historias que cuenta. @mundiario

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