La violencia como estructura en la novela Generaciones, de Lucille Clifton

Lucille Clifton./ Efeminista
Escribe la autora de Generaciones: "¿Quién recuerda los nombres de los esclavos? Solo los hijos de esclavos. Los nombres son Caroline y Lucy y Samuel, digo. Nombres de esclavo".

Publicada por Tránsito, Generaciones es la narración de una estirpe que sobrevive al determinismo de la afrenta y la humillación históricas.

La novela de Lucille Clifton es contundente por su efecto devastador a la hora de mostrar sin ambages el alcance de la violencia como patrón de conducta que atraviesa toda una generación.

"Cuando mamá Ca´line y los demás llegaron a Virginia (...), dividieron la cáfila de esclavos y la vendieron a un hombre llamado Bob Donald. Alguien de una ciudad cercana se llevó a su hermano, a quien adiestraron para ser herrero, y su hermana fue vendida a una plantación cercana a la de Bob Donald, (...)". (pág. 35)

" Nuestras madres se conocían todas, habían sido amigas. Nosotras también éramos amigas. Mis hermanas y yo. Y mi madre nos había criado a todas". (pág. 44)

La autora hace un ejercicio de valentía al exponer los estigmas que han ido marcando la piel de una biografía en la que la esclavitud y la marginación ha convivido con su escritura. Quizá la escritura de Clifton nace de esa necesidad de purgar esos demonios que han ido asaltando las relaciones familiares y las interacciones con otras sociedades y comunidades en el espacio público. Tras la muerte de su padre, la autora saca a la luz cartas, páginas de diarios, álbumes y testimonios que reconstruyen la intrahistoria de su familia, de toda una estirpe de mujeres guerreras, dahomeyanas, que no han acatado el poder dominante y represor del patriarcado.

"Mamá mamá, susurraba entre lágrimas, mamá, es 1969, y aquí seguimos. Le cogí la mano con fuerza. Lucille y Lucille./ Mi padre rebotó contra la tierra. Como una roca". (pág. 85)

"¿Estás bien, mamá?, ¿Cómo te sientes, mamá?, que ya no salíamos tanto. Una vez le pregunté si estaba bien y me dijo que estaría perfectamente si la dejaba en paz". (pág. 103)

Este trabajo narrativo destaca por su intensidad emocional, donde la  brevedad de los capítulos y la severidad de algunos enunciados deja constancia de lo sangrante y demoledora que puede llegar a ser la adversidad. Y lo consigue con una estructura sintáctica sin rebuscamiento, basada en la depuración formal, en la desnudez. Una simplicidad calculada e incisiva que no busca la condescendencia. La esclavitud y la violencia intrafamiliar predestinan a todo este clan a un horizonte funesto en el que el mayor logro es la supervivencia de las mujeres.

Sin embargo, frente a esa adversidad vesánica e impía, destaca la resiliencia de las madres y las hijas. Pero es ahí en esa constancia de la supervivencia donde Clifton manifiesta también los resquicios de luz en los que la convivencia sostiene sus nexos y redes. Pese a la vehemencia de esa violencia que proviene de los propios hombres del clan y de los explotadores que subyugan desde las fábricas y las plantaciones, hay un atisbo de esperanza, una sujeción a la vida, un intento continuo por evitar que el sostén de la sororidad ceda al oprobio y al abuso.

Por esa razón, Generaciones destaca por un realismo en el que lo zafio no acaba con el relato de la esperanza. Asfixia, somete, encarcela, pero no condena. No extingue. Los lazos de afectividad se perpetúan y toda la ponzoña queda fija en una memoria documental que representa la historia de Estados Unidos, una disección aguda y reveladora sobre el envés del industrialismo y el progreso. Porque el progreso también es un testimonio de la subordinación y de la injusticia social que, dentro de las familias como la de Clifton, se traduce por un bloqueo emocional, por la pérdida del principio de la realidad y por la imitación de un régimen autocrático en el seno de las familias, especialmente de padres hacia su prole.

"Y colgaron a Lucy. Colgaron a la señora cuyo nombre me habían dado como un regalo, una cuerda le estiró el cuello hasta que se le rompió y veo a mamá Ca´line de pie tiesa como un soldado en la verde Virginia (...)". (pág. 56)

Son las mujeres las que aseguran la perdurabilidad de los hijos y las hijas, las que resisten, las que aguantan la ráfaga de golpes en la soledad de las cocinas, en la cautividad de las estancias. Sin embargo, no hay posibilidad para la claudicación. Porque la violencia no puede con todo. Las marcas son una escritura. Los estigmas son un testamento. Lo turbio arraiga en el mismo terreno en el que lo hacen las utopías, su temblor, su endeble textura. @mundiario