Violencia, de Bibiana Collado, reflexiona sobre los estigmas de la usurpación

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Violencia, de Bibiana Collado. / Further

Violencia, de Bibiana Collado, publicado  por La Bella Varsovia, mira el maltrato como un estigma heredado del que ni siquiera la poesía puede librarte.

 

 

Violencia, de Bibiana Collado, reflexiona sobre los estigmas de la usurpación

No me andaré con chiquitas. Violencia, de Bibiana Collado, es un poemario que refiere dos constantes temáticas que inspiran su escritura: la culpabilidad que asume la víctima para poder comprender el daño como atentado contra la integridad física y moral del sujeto, y la herida de esa virulencia como herencia cultural y espiritual entre generaciones: "¿Y si al escribirlo, y si solo con el mero intento/ de escribirlo, lo fijo a mí para siempre?/ Si soy yo ya veneno, sombra construida en la falta" (pág. 31)

La poesía de Collado no cae en ninguna clase de sentimentalismo conmovedor, al que podría sumarse un tema tan complejo y desasosegante como la violencia ejercida sobre el cuerpo, sobre la mujer y sobre los aprendizajes de la infancia.

Violencia no cae en la trampa la conmiseración cristiana que no soluciona nada, al contrario, busca -en el consuelo y en la vanidad- la fingida curación y el improbable olvido de víctima y verdugo.

La empatía, en estos casos, puede ser una derrota en el plano semántico de un poemario que va de cara para exponer que la violencia es inherente al hecho de ser humano; y eso es insoportable, si se oculta o se ignora: "Un negro callar de lo íntimo,/ del hacer del cuerpo y su quebradura./ Un círculo que aislaba mi casa/ de todas las casas,/ mi lengua de todas las lenguas". (pág. 49)

No hay ni un solo poema que no busque más allá de la herida en la carne y del insulto, que menoscaba incesante, hasta lograr que la víctima calle para siempre. Hay una tensión en el propio lenguaje de Collado que hace que, en algunos poemas, los cultismos sean una manera de probar que la damnificación se oculta como también lo puede hacer el propio lenguaje que se abstiene de mostrar y de nombrar, y de acusar, y de explicar, y de enumerar, y de describir hasta dónde alcanza el daño, la técnica del daño. Su propósito: "Vientumbre, noctefonía, melalgia, hombrírico, anguláceo, tristante" (pág. 59).

No hay escapatorias en estos casos, donde la violencia doméstica se convierte en un ejemplo clarividente del mal radical: "La memoria/ de la carne golpeadora/ ya estanca/ el dolor/ por la carne golpeada./ La conciencia del gesto repetido/ y su horror blanco./ La seguridad de que mi hija recordará,/ como yo recuerdo". (pág. 55)

No hay escapatorias, sino formas de sentir que, en algún momento, el lenguaje puede aliviar el sufrimiento del presente y el sufrimiento heredado, pero sin abandonar jamás el duelo. El duelo que ronda los espacios y los años. Detrás de las puertas y por los siglos: "Y mi insistencia en no mirar/ la superficie de la puerta/ que aún retiene/ el hueco del daño, el puño,/ opaco testigo de nada". (pág. 65).

Violencia, de Bibiana Collado, reflexiona sobre los estigmas de la usurpación
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