La vida de Mary Shelley en colores

Poster oficial de Mary Shelley. RR SS.
Poster oficial de Mary Shelley. / RR SS.

La película es un ejemplo de calidad formal. Colores intensos, aunque en una Gran Bretaña eternamente nublada y gris. Y una recreación magistral de las calles, los landós y los edificios antiguos de aquella romántica. 

La vida de Mary Shelley en colores

No soy muy entusiasta de lo audiovisual. Solamente veo películas que me recomiendan mucho, algunos clásicos cinematográficos y, en mis momentos de ocio, uno que otro documental histórico o biográfico en YouTube. Pero la otra noche, fatigado luego de un intenso día de trabajo, tanto como para ya ni encender mi lamparita y leer, encendí el televisor (¡funesto invento del ser humano!) y me puse a curiosear el catálogo de Netflix. Puse en el buscador “literatura” y luego “ciencia”, y me mostró pósteres de algunas obras maestras de la narrativa llevadas al cine (Mujercitas, Anna Karenina, Orgullo y prejuicio), de un documental biográfico (Gabo: la magia de lo real), de una serie biográfica (Freud) y de dos películas biográficas (Marie Curie y Mary Shelley). Resignado a no poder hacer otra cosa que ver la tele para hallar el sueño, escogí la película de la vida de quien escribiera Frankenstein, libro que leí con gran placer en 2018 y que me dejó una honda impresión.

Es de esas películas que, como las buenas novelas, te atrapan desde el comienzo. Buen vestuario. Buena fotografía. Actores de primer nivel. Ambientación también de primera de la Gran Bretaña de principios del siglo XIX.

Elle Fanning (hermana de Dakota), que encarna a la jovencísima Mary Godwin, de ojos azules, tez clara y cabellos de oro, es perfecta para representar a la gran autora universal. Además de su oportuno físico, su actuación natural nos hace ver en carne y hueso y a colores a la autora de aquel prodigio llamado Frankenstein o el moderno Prometeo.

La historia comienza con una jovenzuela de dieciséis años que se mete en los depósitos de libros de su padre (que es librero y escritor) para leer casi a ocultas novelas e imitar estilos y escribir. Luego conoce a su futuro marido, el poeta romántico Percy Shelley. Se casan, tienen una hija, la hija muere. Hay desengaños pasionales y peleas domésticas. Penurias económicas. Conocen a Lord Byron. Mary escribe su Frankenstein. Pelea por los derechos de autor y por figurar como la autora del genial libro. Y nace al mundo la estrella literaria. Una historia conmovedora de cómo una mujer puede ser brillante y digna por su inteligencia, desafiando con la espada de la palabra todo avatar que se presente en su camino.

Rodada en 2016 en Dublín y estrenada en 2017, la película es un ejemplo de calidad formal. Colores intensos, aunque en una Gran Bretaña eternamente nublada y gris. Y una recreación magistral de las calles, los landós y los edificios antiguos de aquella Gran Bretaña romántica. Una película que comparé mucho con Goethe in love! de 2010.

Lo interesante del film es que no se enfoca tanto en la vida literaria o creativa de Shelley cuanto en su vida de antes de escritora: su enamoramiento apasionado, las contrariedades de su matrimonio con Percy, el dolor maternal por la muerte de su hija, sus decepciones de la vida en general y —solo al final— sus primeros sinsabores en el mundo literario al no encontrar ningún editor interesado en publicar su novela Frankenstein (¡oh sino de todos los grandes escritores!).

Una de las más bellas escenas de la película es la que representa el momento en que Mary, Percy y Claire (hermana de Mary) se encuentran y conocen a Lord Byron. La representación que de éste hace Tom Sturridge es tan buena como la que hace Elle Fanning de Mary, o más. Byron, personalidad y celebridad literaria caracterizada por su excentricidad, su extravagancia, su polémico y sarcástico carácter en la sociedad y los escándalos que cosechó en su vida, halla en Sturridge a su perfecto representante. Además, el vestuario de Lord Byron, el poeta de Manfredo, es adecuado y oportuno: llamativos y vistosos abrigos de terciopelo, botas brillosas, elegantes pañoletas en el cuello, un peinado desordenado y bohemio, el bigotito bien acicalado y, para rematar, unos ojos penetrantes pintados con delineador.

Byron, personalidad avasallante y locuaz, poeta las veinticuatro horas del día, termina teniendo una relación secreta con Claire y embarazándola. Pero, alma libre o, más bien, libertina sin remedio, niega hacerse cargo del niño, aunque sin desentenderse de sus obligaciones financieras de padre.

Elle Fanning va asumiendo el papel con mucha madurez ya que en cada escena el semblante de la protagonista se va haciendo más adusto, más serio e impávido ante el destino. Percy Shelley no es lo que ella esperaba. La vida es algo más dura de lo que se dice. Pero ahora hay que enfocar la mirada ya no en el amor, sino en las ambiciones artísticas y literarias. Tiene la necesidad de narrar una historia.

Ante una sociedad que ve como menos a la mujer, huérfana de madre, luego de haber perdido a su hija y con un sinsabor interno por su matrimonio venido a menos, Mary Shelley comienza a escribir denodadamente, con el lenguaje propio del romanticismo, su obra Frankenstein. La novela es propia de una pluma madura y una vida de profunda reflexión. Lo sorprendente y maravilloso es que se termina en 1817 y se publica en 1818, ¡cuando Shelley tiene tan solo veinte años! (como Austen escribiendo Orgullo y prejuicio a los diecinueve. ¡Oh brillantes mentes femeninas prematuras!). En la obra, la autora da cuenta de una sólida formación literaria autodidáctica, citando, por ejemplo, El paraíso perdido de Milton, el Werther goethiano o las Vidas de Plutarco.

El primero en leerla es Percy, quien queda sorprendido por la maestría y la pulcritud de la prosa. En el ínterin, Mary se vuelve a encontrar a su padre, quien, escaseado de dinero, intenta vender en una feria callejera una edición de la Ilíada en griego. Mary busca editores pero todos le dicen que no. Finalmente, a fuerza de perseverancia, logra publicarla, pero primero sin aparecer ella como autora. Tendrá que esperar para que el mundo sepa que es Mery la madre de aquel prodigio. Shelley debe la idea primigenia de la obra a Byron, quien, cuando aquélla estaba de visita en casa de éste, instó a sus invitados a escribir historias de terror. Pero el mundo debe a ella el haber dado a una historia de terror características románticas (en el sentido amoroso), de nobleza y de conexión con la divinidad y —siguiendo al Prometeo esquiliano— de rivalidad con ésta. En este sentido, el doctor Víctor Frankenstein es el prototipo del hombre moderno que apela a la ciencia como forma de ensayar nuevos experimentos de la naturaleza humana, trastrocando la misma.

Cierro el libro de tapa dura editado en Barcelona por Orbis en 1989, y al hacerlo veo la frase que en la primera página escribí con bolígrafo azul en mayo de 2018: «Una de las más bellas obras jamás leídas por mis ojos, IV de R». @mundiario

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