Cuentos de fantasía

El viaje de las dunas de oro

El loro vivía en la trastienda. / Cedida.
Comenzó a jugar solitarios de naipes con el animal al hombro, para estimular su inteligencia. El animal gemía cuando el hombre gemía, lo que parecía lo más corriente. / Cuentos de fantasía

La historia de Joe William es la de todo veterano que ha dado su sudor y pasión por la patria, renunciando a la experiencia de la paz en la vida, ¡abandonando incluso la vida, por servir al Dios del imperio! ¿De dónde surgió su vocación?

Él nació en El Paso, no obstante en un lujoso rancho, en el seno de una familia de magnates. Sin embargo, al ser el pequeño de cuatro hermanos, se dio a caprichos como la caza… A duras penas resistía leer o sentarse en un sofá para mirar la televisión, y sufría de ataques de ansiedad a la juntanza del almuerzo. Su familia le permitió asentarse en California y llevar una vida solitaria como sheriff de un condado, de suerte que enamoró a una mexicana muy extraña que servía cafés en un restaurante de lujo y jamás hablaba en español.

El matrimonio duró lo que la infancia de su único hijo, el cual balbuceaba con una entonación como afrancesada, sentía grima por la granja de Joe William y se fue a un destino desconocido con su madre…

Después de eso, el hombre fortaleció sus valores de servicio alistándose en la Marina, en que vivió las más encomiables experiencias de su vida. Puertos hedientes de alcohol y frito en su memoria, misiones sin munición, el hastío del mar… Hasta que, después de una navidad en que conoció a sus cuñados y sobrinos, se le resintieron los riñones por consumo excesivo de champán.

Obtuvo, pues, la condición de veterano. Condujo una moto Harley Davinson a lo largo de su amada California, en cuyo café matinal de todo tugurio en el que iba a dar fue guardando recortes de periódicos para, en la vigilia, recrear estrategias políticas que nunca desvelaría.

Se detuvo un otoño en la pródiga ciudad de San Francisco, donde obtuvo una suerte de revelación: el hombre, en soledad, debe dominar a la naturaleza. La urbe comenzó a parecerle vertiginosa, demasiado cívica, poco adecuada para su residencia. Pues él era, al fin y al cabo, un cowboy en su tiempo.

Aún así, un día departió puntos de vista con un vendedor de flores de un comercio costero, en el que destacaba un aroma extasiante que delató la inclinación mística del hombre.

“Ela é carioca, carioca!”, exclamó una voz al fondo.

─ Desde luego, América es un crisol de culturas ─ le trasladó al tendero.

Colibríes pululaban sobre sus cabezas, el aire entraba por la puerta llevando la frescura del Pacífico.

─ Está usted en lo cierto, no hay un ápice de la humanidad que no haya recaído en nuestro gran país. Pero no se importune, el brasileño que ha gustado de usted no es más que un loro. Vive en el ventanuco de la trastienda, a veces canta la Guantanamera… Es quizá un rebelde en el cuerpo de un hermoso plumaje…

─ Déjeme establecer contacto con ese animal, ¡he luchado contra hinduístas en el pasado!

Joe siguió las huellas que el señor dejaba en la arena de la baldosa, un poco supersticioso, un poco inseguro como si fuese un niño.

─ ¡Carioca! ¡Mira un amigo!

─ Living is easy with eyes closed… ─ cantó el loro.

─ ¡Beatles! ─ chilló el cowboy con asombro. ─ ¡Es una criatura eminentemente sentimental!

─ ¡Criatura! ¡Mira un amigo! ─ repitió el animal.

El loro no tardó en posarse en el hombro de Joe William, quien pagó todo el dinero que llevaba en la cartera para quedárselo. “Es una gran pérdida para mí, pero, desde luego, al loro le gusta viajar”, le dijo el tendero al despedirse. Al cruzar la puerta sonó un cascabel, el loro aleteó… Y susurró: “¡Pam, pam!”. A Carioca le encantaban las onomatopeyas.

El loro revoloteaba la cabeza del hombre en las travesías como una ensoñación, y se posaba junto a la copa en las barras de los bares, compartiendo impresiones sobre el mundo.

─ ¿Qué hay después del mar? ─ le importunó el loro un día, como un pequeñajo.

─ Lo más seguro, es que haya una playa llena de atunes.

─ ¿Qué es el atún?

─ ¡Cállate, desgraciado! ¡Hasta los pájaros comen hamburguesas!

Por autopistas entre bosques y desiertos se pasearon en la moto malviviendo, y entablando una preciosa amistad en aquella América del diablo, que tantas pasiones había atornillado a las entrañas de John William.

A punto de caer el invierno, el cowboy decidió tomar rumbo a los Estados del norte, donde más solo y aislado pudiese protegerse de sus pensamientos… En el corazón del de país, Montana, un paisano le cedió una cabaña de ladrillo a la que habilidosamente ensambló unas tablas presto a las nevadas.

El paisaje norteño era hermoso, como un sueño hecho realidad.

Llegó un temporal de viento y nieve. John se sentaba en el hendido sofá de terciopelo a mirar la televisión, Carioca jugaba a tintinear las botellas de vino con las patas; y tenían suficiente comida y vino para afrontar las vicisitudes que la simple naturaleza ofrecía.

─ Tengo frío ─ le decía Carioca al vaquero cada mañana para hacerle despertar.

Cada vez que salía el sol, el hombre lanzaba tiros al aire con su escopeta. “Espero no derribar un avión de pasaje”, pensaba.

Al comienzo de la liga de fútbol, bajó al pueblo a por cacahuetes.

─ Miren, ¡un lorito! ─ exclamó la vendedora de lotería.

“¡Ela é Carioca!”, cantó la mascota, después de tanto tiempo.

John William empezó a pensar que al loro le fallaba el juicio. Era capaz de ser feliz con cualquier cosa, y eso lo consideró un síntoma de demencia.

Comenzó a jugar solitarios de naipes con el animal al hombro, para estimular su inteligencia. El animal gemía cuando el hombre gemía, lo que parecía lo más corriente.

Entonces, en un honoroso y pujante día de verano, un viernes- se recordaría, llegó por la carretera una furgoneta cuyo altavoz exclamaba: “¡atún! ¡Atún fresco en su cocina!” Ante lo cual, Carioca dirigió el vuelo.

─ ¡Bastardo! ¿Te has creído ser un buitre? ─ comenzó a gritar su dueño, alterado.

Pero el loro se fue carretera abajo, en busca de la orilla del mar, hacia la playa de atunes soñada…

“¿Y qué importancia tiene el oro, en este mundo de arena?”, rezó el triste John William, como si toda su vida hubiera emigrado. “Del as al rey, todas las cartas juegan… Pero, al final, es todo una pérdida de tiempo, ¡una pérdida de tiempo! ¿Me oyes?” Le dijo al tabernero.

─Déjelo, no era más que un pájaro…─ le dijo el tabernero. @mundiario.