Vetas profundas, una particular aproximación de Fernando Aramburu a la poesía

Fernando Aramburu y la cubierta de su libro Vetas profundas
Fernando Aramburu y la cubierta de su libro Vetas profundas.

Fernando Aramburu analiza, pero, más desde el interés y el respeto de quien observa y se sumerge, que desde una altura que juzga

Vetas profundas, una particular aproximación de Fernando Aramburu a la poesía

El placer que me deparan las diversas ramificaciones del hacer literario de Fernando Aramburu lo he sentido felizmente renovado con la lectura de sus Vetas profundas. Reúne este libro cuarenta textos que se fueron publicando en El Correo con una periodicidad mensual.  Cada uno de ellos es un comentario acerca del poema que lo antecede, escogido por el autor entre sus favoritos, y siempre de habla hispana. 

Cada artículo está enfocado hacia una distinta forma de aproximación, de penetración en el objeto poético, y muy particularmente también en su sujeto. Aramburu, como entregado lector que es, ama los poemas que le alcanzan y ensaya una suficiente empatía con sus autores que, a través de esas creativas ventanas, ofrecen un atisbo de su más decisiva interioridad. Estos comentarios suponen un ejercicio arriesgado, pues cada lector —consciente o inconscientemente —tiene su propia poética. Cuando se habla de un libro entero, no se confronta –al menos inmediatamente- el sentido del texto con la obra; pero aquí, la brevedad y la exposición aledaña del objeto literario comentado, permite una comparación inmediata que es difícil que pueda converger totalmente con la del lector.

Cuando se va avanzando en esa personal selección, se constata que los poemas elegidos son casi siempre autobiográficos, o que, al menos, expresan —aunque sea desde un presupuesto de imaginación— un anhelo interior nada fingido. Todos ellos remiten al hombre que los ha compuesto con verdad. La gran mayoría tiene un valor indiscutible, aunque seguro que cada lector podrá diferir y pensar en algún trastrocamiento. Lo que es seguro es que todos resultan genuinos e íntimamente emocionantes; y, si alguna vez no compartimos, en un principio, el entusiasmo por esos versos, las palabras de Aramburu nos sensibilizan, implicándonos en una reflexión que los supera y los convierte en providencial punto de arranque.

Conocía a la mayoría de los poetas seleccionados, pero, sin embargo, hay otros menos difundidos o más recientes que yo no había buscado y que el escritor donostiarra me ha dado a conocer. Entre ellos, me ha impresionado el poema de Isabel Bono, Fragmentos de un mundo personal, de cuya poesía dice el autor que es “un vertido incesante de experiencia interior”, o que: “Es sorprendente que una suma de claridades produzca sombra”.

Fernando Aramburu analiza, pero, más desde el interés y el respeto de quien observa y se sumerge, que desde una altura que juzga. “Pienso que el valor de un texto se decide tanto en la fase de composición como en la hora de su desciframiento. Si bien se mira, la poesía no se consuma en el poema, sino en el ser humano que acierta a encontrarla donde se supone que el poeta la depositó”. Aquí siempre se busca deslindar la expresión auténtica, se descarta a ese poeta que recurre a sentimientos impostados con tal de de disponer de material con el que ampliar grandilocuentemente su obra.  

Hay en Vetas profundas una numerosa representación de poemas tristes, algunos de ellos pertenecientes a poetas que —con seguridad o muy probablemente— se suicidaron, y que anunciaban en sus versos, con mayor o menor inminencia, su convicción finalizadora. Entre estos: Alfonsina Storni (“pese a la angustia y los embates de la depresión, reunió la serenidad suficiente para medir los versos y componer con lucidez un soneto, eligiendo a conciencia unas palabras libres de coraje, de resquemor, de desprecio a la vida que tanto sufrió. No todo el mundo sabe morir con elegancia”.), Alejandra Pizarnik, Francisco Ruiz Udiel, o Félix Francisco Casanova (“albergaba una profunda, una densa oscuridad interior”). Entre los poetas absolutamente tristes estaría la gallega Rosalía de Castro.

Estoy totalmente de acuerdo con la actitud de Aramburu a la hora de escribir estos textos, con esa intención aligerada de lo teórico, que se vuelca en una indagación aclaratoria promovida por la directa sensibilidad, por la íntima cultura, más allá de la frialdad clasificadora.  “Juzgo inadmisible que los lectores hayan de establecer forzosamente una vinculación digamos profesional, de presuntos expertos, con la poesía”. “La poesía no procede tan solo de lo que dice el poema. La manera como repercute en nosotros, los lectores, depende, sí, de lo que puso el poeta en el poema, y de cómo lo puso; pero depende asimismo de nosotros”. “La poesía se nota, se huele, se siente y después, si lo creemos oportuno, la podemos estudiar y diseccionar en busca de conocimiento”. Aprovecha cada ocasión para reafirmarse en esa idea de la personal experiencia lectora: “Pero la poesía no es una cumbre a la que solo se puede llegar por una ladera”. Y, si no, acude a otras voces insignes, como la de Novalis: “La crítica de la poesía es un absurdo”.

Sus propios comentarios resultan a veces poéticos, porque la buena poesía poetiza a su lector, lo recompone en una mirada agudizada, que parte de esos resortes que son los versos y se interna en la propia experiencia, fijando un sentimiento perdurable. En Quevedo —como en otros poetas— distingue los textos destinados únicamente a provocar la admiración ajena: “Uno los lee, los aprueba, se maravilla con las geniales ocurrencias del artífice; pero al final no logra desprenderse del incómodo convencimiento de haber sido espectador pasivo  de un juego que no le infiere el menor rasguño en la conciencia”. Pero Aramburu se detiene en esas piezas —a veces excepcionales en un autor— que rezuman autenticidad antes que afán de deslumbramiento.

La atenta y amorosa lectura genera en Aramburu profundas —aunque nunca áridas— meditaciones. Le interesa ese hombre o esa mujer que se sirve de su amor a las palabras para expresar lo más recóndito de sus sentimientos. Y valora el mantenimiento de la dignidad en instantes difíciles. Sobre Francisco Brines, comenta: “Hay, no obstante, un rasgo de grandeza moral (yo al menos así lo percibo) en el hecho de negar la felicidad sin negar la vida, lo que salvaguarda la perversión de convertirse en un poema simplemente negativo”. 

Interpretar un poema es muchas veces difícil. Los hay herméticos, crípticos, pero, aun los de más clara intención, albergan importantes imágenes que no comparecen en los versos, orígenes que tenemos que obviar y quedarnos con la vibración que producen, con ese sentimiento compartible. Dice Aramburu de César Vallejo: “Nos golpea el ánimo a causa de su elevada temperatura emocional, aun cuando el lector no termine de entenderla por completo”. Y sigue, hablando del poeta peruano: “El poema se asume o nos negará su sustancia poética”. Porque: “No pretendo suplantar la poesía, sino entenderla y, por tanto, arrebatársela al poeta, con mayor razón ahora que está en su nada”.

Aramburu nos confiesa: “Ya uno, a los dieciocho años e incluso antes, leía y escribía poemas con regularidad”. No nos dice si lo sigue haciendo. Estaría bien que nos sorprendiera con un libro de poemas, con una vertiente más de su excelente hacer literario. Mientras tanto, en sus dos últimos libros —al menos—, en muchos momentos, se ha expresado desde su ser más poético, porque, como bien dice: “El hombre poeta no es solo el que se expresa en sus versos”.

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