El verso poderoso de 'Las personas del verbo', de Rafael González Serrano

Rafael González Serrano, autor de las personas del verbo.
Rafael González Serrano, autor de las personas del verbo.

Las personas del verbo es un libro poderoso, profundo, que crece con cada relectura. Cada imagen es un fogonazo que nos alcanza en el centro de nuestra sensibilidad.

El verso poderoso de 'Las personas del verbo', de Rafael González Serrano
Las personas del verbo (Editorial Celesta, 2020), es el último poemario de Rafael González Serrano. El enérgico caudal de su poesía irrumpe en el lector penetrándolo con su sustancia sugestivamente enunciadora, que se presenta como una apretada sucesión de imágenes inéditas, encontrando un cauce donde verterse seguro, sin accidentes de ritmo, desbordante de ideas que transgreden el mero pensamiento, encumbrándolo hasta las más arriesgadas exploraciones. Allí, en aquellos terrenos, el paralelismo de la realidad parece inasible. Los versos del poeta asumen el logro de una mirada muy singular, una perspectiva única, un arranque de potente luz que brota en la puntual incidencia de lo insoslayable. Es la búsqueda de una descripción que rebase la inflexible compartimentación de los conceptos, la manida y preceptiva explicación de lo extraño.

La poesía de Rafael González valientemente se presenta desasida de ostensibles narraciones que pudieran aflojar la tensión que impone a sus versos, hechos de rigurosos vislumbres, de presentimientos que llaman a los recovecos de lo más propio. Su cadencia se instala en una celebrante imaginación, en una orgía de la continua metáfora que no aspira a la exacta correspondencia sino a una certera pulsación de lo concerniente. Y es que esta voz se asienta en el ámbito de la palabra, en su pequeño universo dispuesto a una perpetua expansión creativa: “La palabra me buscaba / entre sus sílabas / con la persistencia y el afán / del explorador de acentos, / para saber si era / un devoto del verbo. / Pero había desertado / hacía tiempo / al lugar / carente de signos”.

El poema crea un paisaje imprevisto, una sucesión de voces que marcan el territorio del sentimiento: “Me persigo por ensenadas / de perfumes muertos, / por laberintos donde / los soles nacen al ocaso…atravesando inconsciente / pasillos de gasa negra, / para acabar retornando / a la orilla de mi máscara”. Son las nuevas sensaciones, o las viejas recuperadas de su postergación en lo oscuro. Es el dúctil camino de la palabra: “Buscamos en el verbo / fervores de imágenes / y esqueletos de metáforas, / en un laberinto de sospechas”.

Nos hallamos ante una poesía extremadamente alejada de lo prosaico, que se esfuerza en fundar un nuevo aliento del lenguaje. Lo inédito es aquí un camino abandonado al que se nos invita a entrar y en el que nos sentimos sorprendidos por una nueva enunciación de laberintos. No son poemas que estén escritos para una superficial atención. Si su música y su poco definida sugerencia suenan muy bien desde el principio, su superior riqueza solo se capta —o se atisba— en una o varias lecturas detenidas. No hay demasiadas pistas sino sutiles descripciones de lo realmente imaginado. 

La primera parte del poemario, Desanudando el yo, nos introduce en las variables de la propia personalidad. De esta parte, destacaría el poema (ninguno tiene título) que se inicia con los versos: “Yo salí de mi patria / hace ya siglos, / y conté a los hombres / lo oscuro de la sintaxis / y el engaño de la palabra”. Y finaliza, en ese ejercicio de introspección, adherido al lenguaje, porque la palabra es, al fin y al cabo, la herramienta que sustancia nuestro pensamiento, el intento de aprehensión de la mirada primigenia, la forma que tenemos de interactuar con el mundo: “Al final no quise ver / a nadie, comí / de la flor del loto, bebí / de la fuente de la amnesia, / y me dispuse a enfrentarme / a mi mirada. / Aunque, a cada intento, / aparto el rostro de mí”.

En la segunda parte, Tu pacto con la letra, hay una indagación propia a través del “tú”: “Tú no eres tú / sin enfrentarte al espejo de los otros, / en el borde de un océano / de planetas / que giran sobre el eje / de una mirada indiferente”. Es un “tú” que sería la contemplación del “yo” caído, aparecido en el mundo: “Inventas una ventana / cada vez que miras el cielo / para poder enmarcar / la ciudad de los dioses, / y poner un poco de mirada / —de pupila y de calor— / en su cruel indiferencia”.

En Acecha su pronombre, el poeta se interna en aquello que no tiene un sujeto preciso, o no es algo personal sino a veces una indefinida presencia oscuramente ominosa: “Llegó como un puñal / que rasgase la túnica / de un consuelo inerte, / que hiriese la piel / de la imposible queja, / haciendo del aullido / la razón del firmamento”.

Coral de acercamientos / Plural de incertidumbres, es el último apartado del libro y el que contiene unos poemas cuya voz parece situarse en una exterioridad del presente, desde la que se divisan las acciones claudicadas, y revelan el sustento que transparenta las conexiones con el irreductible secreto, con la recíproca clandestinidad. “Adelgazar el verso / hasta que ellos no sepan / dónde nos escondemos / o si vosotros  nos / habéis acogido en el exilio”. Y es que hay una sensación de posición indefensa ante las abrumadoras fuerzas de lo fatalmente gregario: “Llegarán para quedarse / entre ceremonias de dominio / y atlas huérfanos  de meridianos; serán aclamados por la ofrenda / de la piedra desnuda de sal / y estómagos ahítos de banderas”.

Las personas del verbo es un libro poderoso, profundo, que crece con cada relectura. Cada imagen es un fogonazo que nos alcanza en el centro de nuestra sensibilidad, nos impacta haciéndonos sentir invitados a unas estancias en las que queda arrasado el melifluo discurso cotidiano y se alzan nuevos enclaves para la irreverente verdad.  “Queremos salvarnos con las palabras / que nombren la desdicha del silencio / y que abran la puerta del secreto”.  @mundiario

El verso poderoso de 'Las personas del verbo', de Rafael González Serrano
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