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Verano

Recuerdo que cuando el traste viejo llegaba a la parada de Universidad Centroamericana, exactamente en donde fueron reprimidos los estudiantes que protestaban contra el régimen Ortega-Murillo, pasó un chavalo... Cuento. 

Esculturas en un estanque de agua.
Esculturas en un estanque de agua.

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Eugenio Tórrez

Eugenio Tórrez

El autor, EUGENIO TÓRREZ, es colaborador de MUNDIARIO. Es docente y decano de la Universidad UPONIC. Escribió una novela corta para el Miami Herald y ganó un concurso de cuento. En los años 90 comenzó a escribir para la prensa de Nicaragua y en la revista Ángel Pobre de la Universidad Centroamericana. @mundiario

Hacía calor en Managua, un calor con unos polvazales que me ponían todo sofocado, el verano estaba en lo fino. Aquel día iba metido en un bus de  la ruta de Ciudad Sandino, de aquellos que tiran un montón de humo y que el motor y la carrocería hacen una tremenda bulla. Son de aquellos que tienen grabada en la espalda de los asientos las palabras inglesas Blue Bird, ¿ya sabes?

La cosa es que el bus va lleno de gente, repleto, hasta la pata como dicen algunos. Con la radio a todo volumen, con el sudor maloliente, y la empujadora, la habladera, la lloradera de los niños  y los gritos de la gente golpeando el sarroso metal. “Parada, parada,  idiay hijueputa aquiora te vas a parar”, todo eso me lleva todo loco y aturdido. ¿Me entendes?

Recuerdo que cuando el traste viejo llegaba a la parada de Universidad Centroamericana, exactamente en donde fueron reprimidos los estudiantes que protestaban contra el régimen Ortega-Murillo, pasó un chavalo empujando con fuerza a todos los que íbamos de pie, y detrás, una rubia oxigenada gritando “ladrón, el ladrón, agarren al ladrón”, pero cuando el monstruo metálico se comienza  a mover, el chavalo ya se encuentra plantado en mitad de la acera contando el billete, y la mujer termina gritando a todo pulmón: “Chavalo jodido, esos son los riales que me gane putiando…”, mientras el conductor impávido, como una lechuga, continuó su ruta como un energúmeno.

Yo, por mi parte, me tenía que bajar en la próxima parada y entonces comienzo a luchar con el mar de gente, los olores, los gritos, la lloradera de los niños y todo lo demás. Hasta que en la rotonda Rubén Darío me sucedió algo inaudito cuando la fuerza centrípeta me obligó a pegarme como garrapata en la espalda de una voluptuosa morena con trasero de mula, que con el rabo del ojo me miró y sonriendo me dijo: “sos bien bandido”. Yo, un poco nervioso me disculpé de corazón, y al llegar a la parada de Metro centro luego de una lucha tenaz con el encabritado animal, al fin logre zafarme hasta poder al fin  salir a empellones por la puerta de atrás, mientras la bayunca morena se despidió de mí diciéndome adiós con las manos.

Afuera hacía calor, un calor tipo Somalia, pero me sentí mejor, gente, persona, homosapiens, ser social. Y al cruzar la transitada avenida, la rubia de oropel viene ahora a mi lado secándose las lágrimas y el sudor con una toallita tropical que le devolvió sus quince y pico de años, y al llegar al otro lado me dijo mirándome fijamente: “Esta es la hora del diablo (2:00 Pm), por eso voy a la catedral para que la sangre de Cristo me dé un trabajo en esta semana santa, porque en este país ya no se puede ni putiar con seguridad”. Yo me quede serio, vertical sin decirle nada y simulando ver el vuelo de un Zanate en el adusto cielo, ella me siguió la mirada por un instante y sin decir palabras estirando su pornográfico vestido blanco se alejó oscilando sus delgadas caderas, mientras el viento desde algún lugar nos traía un tango del inmortal Gardel (Volver). @mundiario